Excodra Barcelonra
UV (Universidad de Valencia)

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La Universitat de València de hoy es el resultado de más de cinco siglos de historia que han permitido acumular unos saberes y unos tesoros documentales únicos, y que la han convertido en una de las mejores universidades españolas. Desde el siglo XIII se impartían en la ciudad de Valencia estudios superiores, pues en 1245 el rey Jaume I había obtenido del papa Inocencio IV la institución de un Studium Generale. Sin embargo, no fue hasta el 30 de octubre de 1499 cuando los jurados de la ciudad de Valencia redactaron las Constitucions de lo que iba a ser la primera Universitat de València, una institución autorizada por la Bula del 23 de enero de 1501, firmada por el papa valenciano Alejandro VI, y por el privilegio real de Fernando II el Católico, concedido el 16 de febrero de 1502. A lo largo de más de quinientos años, el desarrollo de la Universitat de València ha corrido en paralelo al crecimiento de la ciudad, y ha formado una parte inextricable de su trama urbana, generando espacios para la docencia, la investigación, la creación y difusión de cultura y ciencia, así como para la transferencia de conocimiento. http://www.uv.es/

Entrevista con el Dr. J. Emili Aura Tortosa

Fuente: Excodra | Publicado: 25-02-2017
Algunos yacimientos conservan prolongadas ocupaciones humanas, incluyendo sepulturas y arte. Este es el caso de Cueva de Nerja, utilizado como campamento, como necrópolis y como santuario por grupos de cazadores paleolíticos y también de agricultores neolíticos.
Derechos: Cueva de Nerja. Se puede explorar el interior de la cueva en http://www.cuevadenerja.es/visitavirtual
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Emili, para comenzar y ponernos en contexto, muy generalmente, ¿qué disciplinas del conocimiento empleáis para el estudio de la Prehistoria?


Las que hoy participan en el análisis arqueológico de la Prehistoria posiblemente duplican las utilizadas hace 100 años y otro tanto ocurrirá dentro de una generación, pongamos por caso. Por este motivo será mejor detenernos en el origen fundacional, para luego pasar a la división disciplinar. Estudiar el pasado de los humanos requería demostrar la gran antigüedad de la historia geológica y biológica del planeta. A partir de Charles Lyell se pudo contar con ese tiempo que antes se reducía a calendarios míticos, de días o de algún milenio como mucho. Ch. Darwin, lector de Lyell, también aportó lo suyo.



Esta relación inicial con lo que entonces se denominaban Ciencias Naturales fue decisiva. Los restos arqueológicos, particularmente los instrumentos de piedra, tuvieron la consideración de “fósiles”: eran característicos de una capa o estrato y los cambios en su forma y técnica de fabricación eran susceptibles de una ordenación taxonómica, que primero se organizaron en edades por asociación a la fauna (del mamut, del reno…), posteriormente en periodos y finalmente en “culturas”.


A medida que se iban reconociendo estas “culturas” se advirtió que existía una gran diversidad de soluciones técnicas y de trayectorias. Aunque el concepto era todavía instrumental, pues no tenía contenidos etnológicos, sociales o históricos, abarcar estos aspectos se convirtió en una aspiración disciplinar. La Arqueología no sólo debía ordenar la materialidad del pasado –desde un simple objeto doméstico al más sofisticado–, también debía investigar sobre los procesos de cambio, sobre sus causas o la misma complejidad de las sociedades humanas y sus diferentes trayectorias.
Por estos orígenes solemos decir que la Arqueología prehistórica es un espacio de frontera, entre las ciencias naturales y las sociales-humanas (Antropología, Etnografía, Historia…). De hecho, muchas observaciones etnológicas abren el enfoque del análisis arqueológico: desde el uso de herramientas a los modelos sociales de interacción entre grupos.
Este camino explica su larga tradición de colaboración con muchas disciplinas implicadas en la reconstrucción paleoambiental de los yacimientos (Geología, Paleontología, Paleobotánica…). Sin olvidar el propio estudio sobre el origen, evolución y expansión de los humanos por el planeta o la necesidad de situar estos procesos en el tiempo, de ahí surge el interés desde mediados del siglo XX por los sistemas de datación físico-químicos, permitiendo obtener cronologías numéricas de fenómenos tan diferentes como las pisadas de Laetoli o los primeros pobladores de América. En las últimas décadas se ha consolidado el término Arqueometría para describir el conjunto de estas aplicaciones y también el de Arqueología molecular: recuperación de ADN antiguo, estudio de paleodietas a partir de isótopos o de los residuos conservados en las herramientas y equipos.
Seguro que me dejo disciplinas y además, paso por alto la incorporación de protocolos y técnicas que aportan cada una de ellas.

Mirando vuestros artículos me ha llamado muchísimo la atención la relevancia de la geografía, de dar la ubicación exhaustiva y exacta en nuestro planeta del lugar en el que lleváis a cabo un estudio. Me ha dejado pensando en algo muy básico… en que dependemos de nuestro entorno y que formamos parte de él, entonces, ¿cuál es la importancia de la región geográfica, y del clima, en la evolución hasta lo que somos hoy en día?

Quizás en la larga respuesta anterior he contestado en parte a tu pregunta. No asumimos ningún determinismo geográfico, pero el análisis de cualquier proceso requiere acotar una escala regional y también temporal. Por ejemplo, las regiones biogeográficas eurosiberiana y mediterránea existen ahora y también en el Pleistoceno. Si comparamos las especies animales y vegetales que se registran en los yacimientos paleolíticos de la región cantábrico-pirenaica con los de la mediterránea encontramos diferencias que nos remiten a parámetros climáticos. Por tanto, las estrategias económicas tuvieron que adecuarse a un paisaje y a una estacionalidad, en definitiva a la gestión de los recursos de cada región. Y, en relación con esto, otro tanto ocurrió con las estrategias de movilidad y relación entre los grupos humanos.
Otro ejemplo, el nivel de las aguas marinas ha cambiado del orden de 125 metros en los últimos 20.000 años, pero su impacto ha sido desigual según regiones. En aquellas con playas bajas arenosas la costa estuvo situada a más de 30 km mar adentro respecto de su posición actual. Un aumento de la temperatura y de la humedad produjo un rápido ascenso del nivel del mar. Ahora está volviendo a ocurrir, pero no dentro de un ciclo natural.
¿Cuál es el impacto de estos cambios en lo que ahora somos? Los ejemplos anteriores son relativamente recientes, pero las adaptaciones humanas han sido acumulativas, generando soluciones para habitar todo el planeta: desde el Trópico al Ártico. Existen condicionantes geográficos, pues por ejemplo, una gran parte de los equipos de los esquimales no son adecuados ni funcionales para los bosquimanos africanos.



La invención y dispersión de las innovaciones técnicas se ha producido por procesos de transmisión y aprendizaje. Para algunos investigadores los procesos de herencia biológica y herencia cultural son comparables, siendo los segundos más versátiles, una vez desplegadas las capacidades cognitivas.


Habéis estudiado en profundidad la Cueva de Nerja, en Málaga, ¿cuáles han sido los hallazgos sobre nuestro pasado que más impacto han tenido para la compresión de nuestra evolución?

Algunos yacimientos conservan prolongadas ocupaciones humanas, incluyendo sepulturas y arte. Este es el caso de Cueva de Nerja, utilizado como campamento, como necrópolis y como santuario por grupos de cazadores paleolíticos y también de agricultores neolíticos. Su estudio nos ha reunido a muchos investigadores de diferentes centros y campos disciplinares, en el intento de completar un proyecto de investigación iniciado por el Prof. F. Jordá Cerdá desde la Universidad de Salamanca y que Jesús F. Jordá Pardo y yo mismo hemos mantenido vivo desde nuestras universidades.



Los datos de Nerja nos han permitido analizar cómo vivían los humanos al borde del mar en una de las regiones más cálidas de Europa en los últimos 25.000 años. Hemos estudiado cómo los cazadores de cabras montesas y ciervos, pero también de conejos, pues sus restos son muy numerosos en la región mediterránea ibérica, incorporaron los recursos marinos a su dieta, hasta merecer ser considerados como una de las primeras referencias de pescadores prehistóricos en Europa.


El estudio de los restos paleobotánicos ha permitido a nuestra colega Tina Badal identificar, en la misma costa, pisos bioclimáticos de vegetación que hoy día se encuentran en el interior, a gran altitud. La recogida selectiva de piñas para consumir sus piñones es otra aportación que permite repensar el valor de los vegetales en el Paleolítico superior.
Estudiar los cambios en la posición de la línea de costa durante estas ocupaciones ha señalado a Nerja como un sitio especial, casi relicto, pues muchos campamentos costeros del Paleolítico están hoy bajo las aguas. El trabajo de Adolfo Maestro ha permitido evaluar cómo cambió su posición con respecto al mar. Actualmente la cueva está a poco más de 1 km, pero durante el Último Máximo Glacial, existió una franja litoral de unos 7 km.
Sus habitantes consumieron grandes cantidades de moluscos, hasta acumular centenares de miles de restos que llamamos concheros. Algunas de las especies marinas consumidas están extinguidas o tienen una distribución Boreal en la actualidad. Los restos del alca gigante, un pinguïno de cerca de 5 kg, se documentan en Nerja hace unos 15.000 años, asociadas a peces como el eglefino o el abadejo que hoy viven en las aguas del norte de Europa. Incluso se han reconocido unos pocos restos de salmón en niveles más antiguos. Datos que confirman cambios del orden de 10º en la temperatura de las aguas superficiales del Mediterráneo occidental con respecto a las actuales.
Una de las sorpresas ha sido la diversidad de especies de mamíferos marinos. Manuel Pérez Ripoll identificó dos especies de foca, la moteada y la mediterránea y también de delfines. Más recientemente, Esteban Álvarez reconoció dos especies de balanos de ballena que son una evidencia indirecta de como los cazadores-pescadores del final del Paleolítico aportaban a sus campamentos grandes trozos de estos mamíferos varados, para aprovechar su piel, grasa y carne. Lo asombroso es que estas especies viven actualmente sobre las ballenas francas australes, lo que permite plantear que al final del Tardiglaciar la distribución de estos mamíferos era diferente de la actual, llegando hasta el Mediterráneo.



La relativa estabilidad del yacimiento respecto a la posición de la línea de costa nos han permitido relacionar los cambios tecnológicos y la paleodieta humana. Una parte importante de los equipos fabricados en piedra y hueso corresponde con lo que solemos denominar como utillaje doméstico, para trabajos de procesado, curtido de pieles, elaboración de vestido, etc. Otra parte corresponde a los equipos de caza-pesca (puntas de piedra y hueso, arpones, anzuelos) y aquí es donde se pueden ver de forma más clara las implicaciones de la reorientación radical hacia la explotación de los recursos marinos que se produjo en Nerja hace unos 15.000 años.


Estos cambios se registran también en el aumento de la densidad de restos arqueológicos, incluso en los adornos y equipos de procesado. Su interpretación no puede realizarse desde un único yacimiento, pero los datos indican que la alta movilidad de los cazadores de cabras y ciervos se redujo y los campamentos de la costa fueron más estables, aprovechando la gran diversidad de los recursos marinos. Coincidiendo con el final de la evolución de los cazadores-pescadores, se recuperan algunos restos humanos, incluso algún enterramiento, y se inicia el uso de la cavidad como espacio funerario que se conoce mejor a partir del Neolítico.
También se registra aquí el impacto de la llegada de nuevas poblaciones portadoras de una agricultura y ganadería primitivas, desarrolladas a partir de especies domésticas extra-europeas (cabras, ovejas, bueyes, cereales, etc.). Nerja es hoy en día una referencia en los modelos sobre el proceso de neolitización del Mediterráneo occidental y sus vías de expansión. Se ha demostrado que la técnica y estilo decorativo de su cerámica es diferente de la observada en Valencia y otros territorios, lo que puede interpretarse en términos culturales, de identidad grupal.
Por último, desde Cueva de Nerja es posible ver las montañas del norte de Marruecos, recuperando una pregunta muy vieja pero recurrente en la Arqueología peninsular: ¿Iberia prehistórica fue el cul de sac de las influencias europeas occidentales o uno de los puentes entre África y la Europa? Posiblemente fue las dos, en diferentes momentos.

Por lo que he podido ir viendo, hay aún muchos períodos de tiempo en los que hay un gran vacío sobre cómo vivía el ser humano, no estoy muy seguro, ¿pero es en el Mesolítico de donde más datos se obtendrán para saber cómo pasamos del uso de la naturaleza al control de ella?

Depende de lo que entendamos por los términos uso y control. Si por control de la naturaleza entendemos la manipulación de determinadas especies hasta completar su domesticación, seleccionando aquellos individuos más dóciles y/o productivos, ciertamente esto lo encontramos en el Neolítico. La domesticación implicó cambios morfológicos y de tamaño de los animales, espigas y semillas domésticas, pero, también produjo otros impactos. El uso del fuego para abrir campos y pastos favoreció los procesos erosivos, produciendo el arrastre de los suelos hasta calas y estuarios o favoreciendo también determinadas asociaciones vegetales. En definitiva, la domesticación estableció una interdependencia entre plantas, animales y humanos.
El otro término, el uso de la naturaleza, puede incluir rangos diversos. Conocemos casos de cazadores-recolectores-pescadores prehistóricos que explotaron recursos abundantes y concentrados, animales o vegetales. Eran predecibles por ser estacionales y podía planificarse una inversión en equipos y trabajo que los convertían en muy productivos, en términos ecológicos. Otros ejemplos se encuentran en la selección de los individuos que van a ser cazados en cada estación, eligiendo presas con una determinada edad y sexo, aplicando decisiones cercanas a lo que hoy se denominaría como sostenibilidad. Por tanto, constatamos un uso controlado de la naturaleza a partir de la información sobre dónde y cómo se encuentran los recursos a explotar, interviniendo también decisiones tácticas y estratégicas. Estas situaciones han sido reconocidas desde el final del Paleolítico; por tanto, desde antes del Mesolítico.



Dentro de este contexto, el tránsito Mesolítico-Neolítico es una referencia europea para el inicio del fin de los cazadores prehistóricos. En otros continentes existen procesos similares que también se detienen, más o menos, con la domesticación de diferentes especies animales y vegetales, salvo en el caso de Australia. Esta “transición” ha tenido una duración muy larga, superando las sociedades industriales y digitales, pues hoy pervive un 0,0…% de la población mundial que sigue practicando estas formas de subsistencia.


En el caso europeo, la agricultura primitiva tardó siglos, incluso algún milenio, en asentarse en las regiones más septentrionales con respecto a las mediterráneas. Su expansión definitiva no puede ser explicada sin considerar relaciones de competencia, incluyendo la violencia, y también de cooperación entre los últimos cazadores y los nuevos colonos. El reconocimiento de esta alteridad ha servido para explicar el desarrollo de algunas expresiones de contenido simbólico e identitario: adornos, decoraciones de objetos y rituales funerarios, básicamente.
Las causas de la adopción de la agricultura y ganadería, desarrolladas en paralelo a la desaparición del exitoso sistema cazador no son simples. Mantener el crecimiento demográfico de los últimos cazadores requería incrementar la productividad de sus territorios, tanto diversificando la dieta como especializándose en aquellos recursos concentrados que eran susceptibles de conservación para su consumo aplazado, no inmediato. Estos cambios tuvieron trayectorias muy diversas en Próximo Oriente, Europa o la costa NW americana, por citar ejemplos conocidos; pero, sobre todo, requirieron de nuevas reglas sociales, políticas y de organización.

Y por divagar un poco, ¿qué se produjo en nosotros para poder llegar a este cambio de mentalidad sobre nuestro entorno?

Seguro que existen muchos enfoques a la hora de responder y algunos, seguro que los desconozco.
Los cognitivos se habían producido mucho antes, acompañando las migraciones desde África a Eurasia y los sucesivos desarrollos regionales que se produjeron en latitudes y ecosistemas diversos.



Para situar las pruebas que tenemos de nuestra capacidad de observar y transmitir información sobre la naturaleza, se debe mencionar que en la segunda mitad del pasado siglo se interpretaron las marcas incisas sobre huesos como calendarios lunares o contadores, al configurar patrones y diferentes series. Una práctica que sería coherente con la observación y el interés sobre los ciclos naturales que sabemos necesitan los grupos de cazadores para su propia supervivencia. Los autores de estas marcas y también de lo que se ha interpretado como los primeros “mapas” eran ya humanos anatómicamente modernos del Paleolítico Superior.


Existen dos ejemplos de mapas que se han dado a conocer en estos últimos años, proceden de dos yacimientos paleolíticos de Iberia y tratan temas diferentes. Pilar Utrilla identificó accidentes naturales (ríos, relieves, charcas...) grabados sobre un bloque de piedra que son reconocibles en el entorno de Abauntz, la cueva navarra donde se encontró. Por su parte, Marcos García y Manuel Vaquero consideraron una serie de signos semicirculares grabados en una plaqueta de piedra del Molí del Salt como cabañas de un campamento al aire libre. Por tanto, estaríamos ante un paisaje natural y otro antropizado.
No es casual que estas expresiones se produzcan en estos contextos. En el uso controlado de la naturaleza, al que nos hemos referido en la pregunta anterior, está en el aumento del tamaño de los grupos humanos, también de su sedentarismo y territorialidad, como nos indica la generalización de cementerios entre los últimos cazadores prehistóricos europeos. Al desarrollar esta práctica se está reafirmando la relación entre el grupo y un territorio y probablemente es resultado de observar el entorno como algo limitado.
El proceso de transformación de un entorno grupal o étnico, por decirlo de alguna manera, a un paisaje antrópico se inició con claridad en el Neolítico, como ya se ha comentado antes. No obstante, se han identificado episodios de fuego (incrementos de especies relacionables con incendios y microcarbones) en varios sondeos de turberas del norte de Europa, incluso con cronologías claramente pre-neolíticas. Su explicación plantea una doble alternativa: o se trata de incendios naturales o cabe plantearse si los cazadores prehistóricos utilizaron el fuego para clarear bosques y abrir pastos para favorecer la fauna salvaje que era la base de su subsistencia.

Imagino que gracias al rápido desarrollo que han ido teniendo los análisis de ADN en las últimas décadas el árbol de la evolución del ser humano y sus ancestros cada vez se hace más frondoso… o bueno, con más raíces. Entonces, si gracias a estos avances tecnológicos vamos descubriendo más sobre nuestro pasado como especie, ¿qué nuevas técnicas, o tecnologías, crees que podrán surgir y que darán, o podrían dar, un vuelco a lo que ahora damos por supuesto que ha sido nuestra evolución?

Creo que la respuesta está en el tejado de los paleoantropólogos, biólogos evolutivos y genetistas. Los resultados recientes de recuperación del ADN antiguo han cambiado la antigua filogenia ordenada como cajones que se abren y cierran, asociando cada “especie” a unas capacidades cognitivas y a determinados procesos culturales. Los datos que se van acumulando indican que los procesos de extinción o sustitución que antes sustentaban las dinámicas generales pierden capacidad explicativa al comprobar que los humanos actuales somos resultado de combinaciones en las que intervinieron poblaciones de sapiens africanos, neandertales euroasiáticos, denisovanos y sin que se puedan descartar otros posibles linajes.
La fluidez genética entre poblaciones que estos datos muestran puede suponer un punto de inflexión para la Arqueología del Pleistoceno. La organización de las modos técnicos del Paleolítico se ha basado en el estudio de los equipos de herramientas fabricados en piedra. Sobre sus cambios se ha organizado su evolución, paralelos, convergencias y divergencias. A partir de ahora, se puede disponer de evidencias directas sobre relaciones entre habitantes de regiones muy alejadas que, sin duda, abrirán nuevas cuestiones. La dialéctica entre biología y cultura encuentra nuevas bases de discusión.

Comentando sobre la tecnología, pero ahora yendo hacia atrás en los años, me llama mucho la atención que, en el Neolítico, no sólo se perfeccionan los utensilios para el campo, la caza y la pesca, sino que se han encontrado, en mayor abundancia y detalle, gran cantidad de adornos para el cuerpo, ¿qué función tenían brazaletes, collares, etc.? Creo que tiene mucha más importancia de la que podría parecer.

El uso de adornos, también de lo que denominamos arte, ha sido considerado como uno de los indicadores del comportamiento de los humanos modernos. Se trata de símbolos de un lenguaje codificado que puede ser reconocido por aquellos que conocen y participan de su significado. Pero, estamos hablando de fechas relativamente recientes. Las bases biológicas del lenguaje son más antiguas, ahí están los trabajos de I. Martínez sobre Atapuerca. También lo son las genéticas, con la recuperación del gen FOXP2 por C. Lalueza en las muestras neandertales de El Sidrón.



Su implicación en las estructuras neuronales del lenguaje pueden completar un círculo sobre el que se investiga desde ópticas muy diversas.


Volviendo a los adornos, no tienen una finalidad estrictamente funcional y han merecido diferentes niveles de análisis. El primero es su misma distribución geográfica, que puede ser analizada en términos etno-linguísticos, utilizando el término de F. d’Errico. Su cartografía permite reconocer aquellos grupos que utilizan una combinación de adornos-colgantes (determinados gasterópodos, bivalvos, dientes…) o seleccionan determinados tipos de materiales (ámbar, marfil...). En definitiva, que utilizan un lenguaje similar.
Un segundo nivel, analiza estos objetos como evidencia de intercambios entre regiones. En función de la distancia y dispersión respecto de su núcleo originario se puede evaluar su valor. Menciono esto porque al final del Neolítico se conoce la circulación de objetos con un valor añadido y cuya adquisición se consigue convirtiendo bienes de consumo (animales, cereales, cuero, lana…) en lo que se ha convenido en denominar como símbolos de prestigio. Documentar estos procesos tiene muchas implicaciones y es muy informativo de los cambios sociales y políticos: cómo se generan estos excedentes, quién decide destinarlos a este fin o se apropia de ellos… Son cuestiones muy modernas, incluso actuales.
Un último nivel lo encontramos cuando estos objetos son amortizados al ser utilizados como ajuares funerarios. Las prácticas funerarias permiten evaluar el nivel de complejidad y estructuración social de las sociedades que las promueven tal y como señaló L. R. Binford. Además, en algunos casos es posible analizar los ajuares desde una perspectiva de género y también de edad, pues la transmisión del rango por herencia es un tema discutido desde bases arqueológicas.

Al hilo de esto, sobre vuestra última publicación, “Funerary practices or food delicatessen? Human remains with anthropic marks from the Western Mediterranean Mesolithic”, en Journal of Anthropological Archaeology. Llaman mucho la atención nuestras prácticas alimentarias pasadas relacionadas con el canibalismo, como recurso último para la supervivencia, como hábito o como rito. ¿Qué relación hay entre nuestra manera de alimentarnos, la formación de sociedades y nuestro discurrir como especie?

El consumo de proteínas de origen animal fue decisivo para la expansión cognitiva de un cerebro que requería mucha más energía que la que su tamaño o peso podían hacer prever. También el DHA de la serie omega-3 se ha relacionado con el desarrollo cerebral y el aumento de la esperanza de vida de madres y niños. Se encuentra sobre todo en los recursos marinos, de ahí el interés por conocer cuando empezamos a consumir grandes cantidades de moluscos, peces y mamíferos marinos. Las algas no se han conservado, o al menos no hemos sabido recuperarlas hasta ahora, pero los recursos vegetales también fueron importantes, aunque su proporción se relaciona con parámetros climáticos y a nuestra capacidad de recuperarlos e identificarlos.
Las combinación de alimentos está ligada a la explotación de diferentes entornos (la costa, los valles interiores, las grandes llanuras continentales…) y estaciones, pero también a la capacidad para conservar y trasladar los alimentos. Existen propuestas que relacionan la primera expansión humana desde África a Eurasia utilizando las propias migraciones de animales como vectores para la colonización de las latitudes templadas.



Respecto al canibalismo, las dos opciones que mencionas han sucedido en el pasado. Su práctica con fines nutricionales puede relacionarse con episodios de estrés alimentario. En la otra dirección, su identificación como una práctica ritual establecida precisa conocer si los individuos así tratados son del propio grupo o son de otros grupos, si es endógeno o es exógeno. P. Saladié y A. Rodríguez-Hidalgo acaban de publicar una recopilación exhaustiva de los casos conocidos para Europa.


En el caso estudiado por nosotros hay varios elementos que contextualizan su interpretación. Los restos pertenecen al menos a dos individuos, separados por algunos siglos de antigüedad; existe un tercer individuo, infantil, representado por un único resto sin marcas. Se trata de fragmentos, no hay ningún hueso entero, y se encuentran mezclados con los de la fauna consumida (cabra montés, ciervo, jabalí, zorro, conejo…); por supuesto no se trata de un enterramiento, ni siquiera de un depósito de restos humanos. Además, las marcas de manipulación antrópica identificadas por J. V. Morales-Pérez son similares, idénticas incluso, a las de los restos de estos animales (cortes, fracturas, dentelladas y exposición al fuego). Esta descripción podría encajar con casos puntuales de estrés alimentario. Sin embargo, existen otros elementos a valorar y que más que responder a la cuestión, la dotan de mayor complejidad.
En las capas en que hemos recuperado los restos humanos se encuentra una amplia variedad de especies de mamíferos, algunas aves, peces y moluscos marinos, y restos carbonizados de semillas y bayas silvestres. Es un espectro de fauna y vegetales que indican una dieta variada. Otro elemento a considerar es su contexto cultural, pues coincide con el arranque del Mesolítico, un momento de cambio, en el que caben episodios de competencia grupal e individual. Si hasta ahora el número de restos humanos y de enterramientos era casi anecdótico, a partir de este momento es cuando se incrementa notablemente la documentación de enterramientos y la presencia de restos humanos “sueltos”. Por lo tanto, las alternativas requieren de un mayor contraste, analizando más casos.

Para terminar, Emili, ¿qué aprendemos de nuestros ancestros para enfrentar nuestro futuro?

En 1968 se publicó Man the Hunter con los trabajos etnográficos sobre los grupos de cazadores que todavía pervivían en nuestro planeta, expulsados en su gran mayoría a áreas marginales desde la mirada de estados y corporaciones. Su impacto ha sido decisivo a la hora de promover estudios antropológicos, etnográficos y arqueológicos, recuperando no sólo técnicas y formas sociales. Sin duda rescató un interés multidisciplinar por nuestra mente de cazadores-recolectores-pescadores, organizada para explicar la naturaleza y para relacionarnos, pero que también fue domesticada con el Neolítico.



Desde la mirada interesada de un arqueólogo, hoy en día sigue asombrando la capacidad del género Homo para colonizar todas las latitudes y su flexibilidad para organizarse durante los últimos 2,5 millones de años. La relación entre las bases biológicas y la emergencia de la tecnología ha sido importante, pero la transmisión y socialización de los conocimientos resultan decisivas.


Los humanos somos parte del planeta, no sus administradores interesados. En la escaleta de las noticias suelen ser una anécdota, admirable, la posición de las naciones indígenas de América o de cualquier otra tierra sobre el trazado de oleoductos, la protección de bosques primigenios o las cuotas de caza de ballenas con artes tradicionales. Son un recuerdo que nos permite considerar que existen otras formas de tomar decisiones.
El término resiliencia se ha incorporado también en Arqueología para describir cómo las sociedades de pequeña escala hicieron frente a sucesivos cambios ecológicos, desde lo que conocemos como glaciaciones a los interestadiales. Las soluciones técnicas, pero sobre todo las demográficas, sociales y políticas son una referencia sobre la capacidad para perpetuarse biológica y socialmente con éxito, tejiendo una reciprocidad que permitió construir redes por las que circularon personas, técnicas, mitos y relatos.
La Arqueología hace ya mucho tiempo que asumió que su campo de estudio requiere enfoques y colaboraciones interdisciplinares. Se trata de procesos que necesitan de datos robustos para elaborar modelos que nos ayuden a comprender el pasado, gracias a la generosidad y colaboración de muchos investigadores. Estos términos son esenciales para entender lo que nos ha hecho humanos.


 

Comentarios:
 
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    J. Emili Aura Tortosa

    J. Emili Aura Tortosa

    Catedrático de Prehistoria de la Universitat de València. Licenciado con grado en Geografía e Historia en la Universidad de Salamanca (1983) y Dr. en Historia por la Universitat de València (1988). Imparte clases en el Grado de Historia, en el de Biología y en el Máster en Arqueología. Sus líneas de investigación están centradas en las dinámicas tecno-económicas y socioecológicas de los últimos cazadores-recolectores-pescadores prehistóricos de la Península Ibérica, con especial atención al estudio de los sistemas de producción de los equipos líticos y óseos, a los cambios económicos y a la contextualización de las prácticas funerarias. Ha participado y dirigido proyectos, trabajos de investigación y tesis doctorales, formando parte de consejos de redacción de revistas nacionales e internacionales. Fuera del ámbito académico, ha sido director técnico del Museu Arqueològic Municipal d'Alcoi.

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