Excodra Barcelonra

Palabras al lienzo: I. Paul Gauguin

Fuente: Fran Norte | Publicado: 07-07-2017
Fran Norte - En la Polinesia buscará lo opuesto a la civilización, lo salvaje, los orígenes, pero se encontró con que en las colonias aún se ejercía más presión en la vida diaria y fue constantemente perseguido por las autoridades por su defensa de los indígenas. Todo calamidad, Gauguin.
Derechos: Y el oro de sus cuerpos. Cuadro de Paul Gauguin.
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Leer sobre la vida de Gauguin (París, 7 de junio de 1848-Atuona, Islas Marquesas, 8 de mayo de 1903) es absolutamente fascinante y laberíntico. Creo que se podría decir con toda calma que fueron dos los hechos principales, dos los marcos emocionales, que marcaron el devenir de su vida y de su pintura. Por un lado, la muerte de sus progenitores a temprana edad: la muerte de su padre cuando él contaba tan sólo con tres años y en pleno viaje de escape a Perú, a Lima, pues su padre era periodista y se escribe que temía el cambio debido a su posicionamiento político tras el Golpe de Estado de Napoleón III; y luego la muerte de su madre cuando tenía veinte años, ya un hombre, pero demasiado joven para perder al otro de los bastones con los que nos apoyamos para estar en la vida, para seguir en la vida con la presencia familiar. Por otro lado, si algo también marcó su manera de pintar y de huir, que vendría a ser lo mismo en su caso, de viajar lejos de la civilización barcos y pintura mediantes, fue la continua miseria en que se iba encontrando sin cesar sin tener noticias de eso conocido y tan querido como la buena suerte y la estabilidad.



Su vida fue ajetreada buscando la calma, laberíntica, decíamos. Nació en París y a los tres años se trasladaron a Lima con la muerte de su padre durante el viaje. De allí vuelven a Francia, a Orleans y luego a París, donde se enrola en la marina mercante y viaja por el mundo entero.


Después se hace agente de bolsa y parece ser que fue cuando mejor estuvo en cuanto a estabilidad económica, casándose con Mette Gad, danesa, con quien tuvo cinco hijos en muy poco tiempo. Era un burgués de libro por esas fechas. Pero acontecería una gran crisis bursátil que llevó a múltiples despidos, contando el suyo entre ellos. Aquí comienza su nueva vorágine tras un periodo de acogedora calma y serenidad económica y familiar, después de cargar a sus hombros la temprana muerte de sus padres. Sin recurso económico alguno se volcó en la pintura tratando de hacer de ella su vehículo de vida, pero no lo logró. Su arte se engloba en el movimiento conocido como postimpresionismo, y está muy bien la etiqueta, porque se sale del impresionismo pero lo lleva por las venas, venas por las que también fluirán matices de arte oriental y egipcio, del sintetismo, de la síntesis de la realidad, de la planitud, de captar la esencia de lo que hace a las cosas ser lo que son, lo mínimo del ser, la seña de identidad de las cosas, que mezclaría con la sensación que nos produce la realidad tan característica del impresionismo.



Llegó a exponer en las últimas exposiciones del famoso grupo de impresionistas de la mano de Camille Pissarro pero no le sirvió de mucho, no le sirvió sobre todo para salir de su personal crisis económica y comienzan y se suceden los traslados buscando mejorar sus condiciones de vida.


Se mudan primero a Ruán, después a Copenhague, y desde ahí, con su hijo mayor dejando al resto de familia en Dinamarca, vuelve a Francia, con idas y venidas entre París y Pont-Aven. Su miseria continúa y retorna a su hijo a Copenhague y él se embarca hacia Panamá, y de ahí a Martinica. Comienza aquí el viaje interior y exterior por el exotismo que tamizaría su arte con vigor y maravilla. Pero como su vida estaría marcada por los viajes y la pobreza y la mala suerte, allí enfermó y regresó de nuevo a Francia, pasando por París, pero instalándose después en Le Pouldu. Por supuesto, esto sólo sería un transito, uno más, y llegó a vivir con Vicent van Gogh en Arles, relación de amistad que por lo que se quiere intuir llevó a la famosa pérdida de una oreja de van Gogh tras fracasar su amistad. Imaginarlos en convivencia es como imaginar viviendo juntos a Baudelaire y a Rimbaud. Pura dinamita de marcados temperamentos habitando bajo un mismo techo, explosión de creatividad, sí, pero pura locura de carácteres fuertes conviviendo. Al menos nos quedó un hermosísimo cuadro donde Gauguin retrata a su amigo van Gogh pintando sus míticos girasoles. Un joya para la historia del arte, como si alguien hubiera pintado a Goya mientras pintaba su Saturno devorando a su hijo. Genialidades. Pero seguimos con las huidas infinitas de Gauguin. Tras pasar por van Gogh y por más miserias se encamina hacia donde, por fin, pero no sin más vueltas, terminaría sus días, a la Polinesia, a Tahití, y de ahí a las islas Marquesas.



En la Polinesia buscará lo opuesto a la civilización, lo salvaje, los orígenes, pero se encontró con que en las colonias aún se ejercía más presión en la vida diaria y fue constantemente perseguido por las autoridades por su defensa de los indígenas. Todo calamidad, Gauguin.


Allí vivió con una joven mestiza pero trató, tras un periodo de cierta calma, buscar su reconocimiento y estabilidad de nuevo en París. Parecía que las cosas iban a ir por fin bien, como se merecería un artista de su talento, pero fue lo contrario. Organizó una exposición con una herencia que le cayó del cielo con la muerte de un familiar nada más llegar pero no fue ningún éxito y volvió a la ruina y a la Polinesia. Hay vidas que llegan hasta su límite de aguante y la de nuestro querido Gauguin fue una de ellas, llegando hasta tal límite que se intentó suicidar con arsénico pero fracasó, parece ser, por usar precisamente demasiado y así como vino, por exceso lo vomitó y se fue del cuerpo a tiempo. Y fue bueno para el arte porque aún tenía mucho por pintar y por enseñar. La vida parece ser que le mejoró un poco económicamente pero no demasiado en lo demás, y se dice que murió solo, enfermo de sífilis, alcoholizado, de paro cardíaco con una botella de láudano al lado. Hay vidas que son en sí un cuadro, una pintura devastadora. La de Gauguin así lo fue, así lo asemeja, así lo deja en nuestro sentimiento, tras saber de su vida, tras empaparnos de su obra.
Entre tanto laberinto, tanto viaje, tanta búsqueda de calma y de reconocimiento, tanta huida del mundo civilizado hacia el lado primigenio de nuestra existencia, Gauguin pintó sin cesar alcanzando una vasta producción de obras de arte, y lo hizo comenzando en el más puro impresionismo, en ese dar la sensación de lo que se ve alejándose del realismo que dominaba la época, para llegar a su puro estilo personal que marcaría sobre todo y fuertemente a las vanguardias como el simbolismo y el expresionismo.



Utilizó marcados contornos, colores planos, distanciándose de los gradientes de color, buscando justamente esa esencia concreta de las cosas, la que las hace ser lo que son, con lo simbólico, lo esquemático orbitando su obra. Utilizó colores puros, suprimió gran parte de los sombreados, sintetizó, fue más allá del impresionismo y buscó la escena en cierto movimiento, pero la esencia de la escena, con el primer plano potente y el fondo de colores lisos como marco sólido a lo que sucede, resaltando aún más la acción, lo que desea mostrar.


Nos trajo la sensualidad exótica de la Polinesia huyendo por fin de la realidad burguesa de su época. Pintó como quien viaja para huir. Su pintura es el viaje, el retorno a nuestros orígenes, la búsqueda incesante de su calma, de la naturalidad, de la belleza sosegada. Rompió con la tradición realista y desmontó el impresionismo haciéndolo crecer por nuevos caminos. Pintó lo genuino de la vida de los indígenas, sus tradiciones, sus desnudos naturales, no sexuales, no erotizados, o no demasiado, sino monumentos a lo natural del ser humano. Pura hermosura, belleza en estado puro, belleza ingenua, sencilla, desnuda, salvaje, de origen. Nos trajo inmensas figuras en primer plano y bien delimitadas de la belleza al natural del ser humano. Llegó a la frontera con el expresionismo y allí se detuvo, pintó la realidad en su estado primigenio de humanidad, pintándolo con lo que sus ojos sentían, con lo que su tierna mano ofrecía, alejándose de lo civilizado, adentrándose en el inicio del ser, esquematizando lo real, resumiendo la belleza alejada de la civilización moderna, burguesa y establecida en un Occidente que tanto le oprimió, que tan poco le reconoció. Pintó como pintan los genios, rompiendo moldes desde sus adentros, sin ser reconocido como se debía en su época, pero perdurando en el tiempo. Lástima que a la muerte no lleguen las noticias, Gauguin, pero por si acaso y para que lo sepas, fuiste genial y admirable, admirado y querido. Uno de los grandes.

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Fran Norte

Fran Norte

Fran Norte, nacido en Vilagarcía de Arousa, 1978, es licenciado en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela. Actualmente es profesor en la universidad y escribe para varios medios on-line sobre todo artículos de historia de la Grecia Clásica, de la que es especialista. Es autor del libro de relatos Clubs, la cual es su primera publicación en el mundo de la ficción.

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