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Palabras al lienzo: II. Edvard Munch

Fuente: Fran Norte | Publicado: 16-07-2017
Fran Norte - Edvard Munch, antes de explorar con sus pinceles la pena, naciendo en Loten, en Noruega, en 1893, vivió la desgracia desde la más tierna infancia. Murió su madre cuando él tenía cinco años, de tuberculosis, como su hermana, dos años mayor que él y nueve años después de la muerte de su madre. Recorrió la vida por las sombras de la angustia. Desde su infancia, sus raíces, fueron negras y quebradas.
Derechos: Pintura de Edvard Munch.
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Edvard Munch, antes de explorar con sus pinceles la pena, naciendo en Loten, en Noruega, en 1893, vivió la desgracia desde la más tierna infancia. Murió su madre cuando él tenía cinco años, de tuberculosis, como su hermana, dos años mayor que él y nueve años después de la muerte de su madre. Recorrió la vida por las sombras de la angustia. Desde su infancia, sus raíces, fueron negras y quebradas. Su padre, según se dice, le sometió además a una rígida y fuerte presión religiosa. Su madre muerta, su hermana muerta, su padre oprimiendo, reprimiendo. El marco emocional no es de los mejores para vivir, para disfrutar de la vida, pero sí de los mejores para explotar la creatividad que pretende sanar una vida de dolor, una creatividad que trata de apaciguar la vida como al fuego, como se refleja en sus cuadros, domesticando la angustia. Aún así no fue sólo su infancia su único torrente, su única fuente de daños. Se dice, también, se escribe, que tuvo turbulentas relaciones amorosas, así lo plasmó en varias de sus pinturas. Como la pena. Como la ansiedad. Como la desesperación. Como el grito, del que escribió pura poesía en un sencillo comentario sobre su mítico cuadro:



“Caminaba yo con dos amigos por la carretera, entonces se puso el sol; de repente, el cielo se volvió rojo como la sangre, me detuve, me apoyé en la valla, indeciblemente cansado. Lenguas de fuego y sangre se extendían sobre el fiordo negro azulado. Mis amigos siguieron caminando, mientras yo me quedaba atrás temblando de miedo, y sentí el grito enorme, infinito, de la naturaleza.”


Llegó a estar ocho meses en un psiquiátrico en Copenhague, tras sufrir un colapso nervioso. Vivió también en Alemania, en Berlín, pero visitó mucho París y pudo conocer las obras impresionistas de primera mano, según se cuenta. Él comenzó siendo realista y tuvo su evolución, se fue al impresionismo y cómo no, lo desmontó con su manera angustiosa de sentir la vida, mostrando el mundo interior que emanaba desde sus desgracias. Mostró lo interiorizado, la emoción. Lo subjetivo. Pintó lo que nos hace sentir la realidad, sobre todo el dolor ante la muerte, el dolor ante el amor, el dolor ante la pérdida, ante el pánico, deformando la realidad, lo que veía, con lo que sentía. Abrió la puerta y de par en par para el expresionismo. Fue su suelo, su precursor. Pasó por el impresionismo pero llegó a Gauguin y a van Gogh, que ya venían haciéndolo avanzar y él dio un paso más, subió un nuevo escalón para la historia de la pintura. Mostró la expresión ante la existencia, como un niño que dibuja su emoción, pero como un niño pintando lo que siente cuando llora, como un niño con dolor, abatido, con mucho dolor, un dolor que necesita ser apagado, liberado desde la expresividad, abriendo la válvula de escape por la que sale la presión que nos condena, nos reprime, nos limita. Pintó con pena y también con mucho alcohol, se dice, se comenta, que era un bebedor de los que llegan a los límites de la cordura.



Su padre también se fue más o menos pronto, cuando Munch tenía veintisiete años. Pero no sabemos si esto fue una liberación, o una pena que a su vez libera de la opresión. La vida a veces es extraña, demasiado. Pero Munch pintó como un niño apenado y acurrucado temblando, pintó como un hombre atormentado, deprimido, bebido, sofocado, pintó con tanta pena sangrando, con tanta soledad.


Se dice que murió completamente solo, y aunque en su vida tuvo reconocimiento a su arte y no fue un incomprendido, sí sufrió la persecución de algunas de sus obras, obras retiradas de galerías por ser tachadas de arte degenerado. Era la Alemania bajo en el régimen nazi, ya muy cerca de su muerte. Murió a las afueras de Oslo, solo, se dice, se comenta, se escribió, en 1944. En el cuarenta y dos llegó a exponer en New York.

Munch se abrió el pecho y sacó de dentro a nuestros sentimientos dolorosos, dejándolos pintados para mirarlos bien desde afuera y analizarlos, comprenderlos haciéndolos palpables, tangibles, arrancándose el interior quebrado y lanzándolo sobre el lienzo sin miramientos. Dándole una nueva esencia a los sentimientos: Para poder verlos, para amortiguarlos con la caricia, más allá de sólo sentirlos debajo de nuestras costillas. Liberarse. La vía de escape, decíamos. Mutar al dolor en belleza.

Su trazo pintaba contornos emocionales, fondos sentimentales, cuerpos en sufrimiento, en soledad, con dolor. Deformaba la realidad con la realidad emocional. Radiografió la angustia con tanto talento. Hacía que los contornos de las cosas se fundieran en un mismo sentimiento, que los puntos de fuga nos llevaran hacia el infinito sufrir, hacia el infinito lamento. Pintó la ruptura amorosa con la mano sangrando en el corazón. Pintó la belleza de una mujer triste. Pintó muchísimo, en sobreabundancia, su obra es tremenda y tremendamente rica, apasionada, comprometida con su angustia. Liberando, constantemente, lo que bullía en sus adentros, lo que entraba por su miraba y hacía filtrar por sus recuerdos hasta su mano suave, de colores que tiemblan siempre. Pintaba los ojos más tristes y tenebrosos del mundo. Las bocas más dolidas, cuando no ausentes, pues nada había que hablar pero sí todo que sufrir bajo nuestra piel, en silencio, con silencio. Pintó los brazos más caídos, más lánguidos, como una lágrima que cayera rodando por el cuerpo, despacio, lamentablemente.



La naturaleza cuando grita siempre es devastadora. Pintó la locura y también el trauma. Tiene cuadros tan exactos de determinados sentimientos que impresiona su expresión, nos mostró el sello que deja en nosotros la melancolía, el sello del pánico, del duelo, del sentirse loco, del sentirse solo. Pintó la desnudez de la tristeza humana. Pintó con tanto carácter el silencio.


Pero Munch no pintaba, Munch directamente sangraba sobre el lienzo, lloraba sobre él. Sangró de todas las formas y lloró con todos los colores, sangró y lloró líneas curvadas de agonía, líneas que soportaban el peso de la vida, del estar vivo y padecerlo. Tuvo que tener una existencia tan compleja, tan cargada de emociones que no habría deseado tener. Lo sangró todo y de todas las maneras. Sangró tan vivamente la muerte. Su grito no fue sólo El grito, sino que abarcó toda la gama del quebranto, del estar partido, hecho añicos, como un espejo destrozado, como si necesitara entender todo tipo de dolor. Fue sin duda el gran pintor de nuestros oscuros adentros. El pintor de nuestras entrañas cuando están sangrando. Fue el Nietzsche de la pintura, la mano que acariciaba al dolor. Para calmarlo, para suavizar la ferocidad de la vida. Qué enorme fuiste, Munch, cuánto arte nos has regalado transformando los dolores en paisajes.


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Fran Norte

Fran Norte

Fran Norte, nacido en Vilagarcía de Arousa, 1978, es licenciado en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela. Actualmente es profesor en la universidad y escribe para varios medios on-line sobre todo artículos de historia de la Grecia Clásica, de la que es especialista. Es autor del libro de relatos Clubs, la cual es su primera publicación en el mundo de la ficción.

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