Excodra Barcelonra

Palabras al lienzo: V. Toulouse-Lautrec

Fuente: Fran Norte | Publicado: 28-08-2017
Fran Norte - Henri de Toulouse-Lautrec siempre ha tenido un halo muy encantador en torno a él, como viéndole refugiado en ese rincón cálido que ofrece una vida bohemia ante una existencia de dificultades, con cierto toque de persona excluida por los suyos de manera ingrata, perteneciendo él a la nobleza y descendiente de los condes de Toulouse.
Derechos: Mujer subiéndose una media. Henri de Toulouse-Lautrec.
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Henri de Toulouse-Lautrec siempre ha tenido un halo muy encantador en torno a él, como viéndole refugiado en ese rincón cálido que ofrece una vida bohemia ante una existencia de dificultades, con cierto toque de persona excluida por los suyos de manera ingrata, perteneciendo él a la nobleza y descendiente de los condes de Toulouse, que según se cuenta habían participado con gran importancia en la conquista de Jerusalén durante la Primera Cruzada. Su familia fue muy poderosa en el sur de Francia, aunque su generación parece ser que ya no tenía tanto dominio sobre el territorio como antaño. Fue hijo de primos primeros y esto lo pagó su salud con los problemas derivados de la consanguinidad. Con catorce y quince años sufrió fracturas en los huesos de sus piernas, debido a la debilidad ósea de su frágil estado, deteniéndole el crecimiento de las extremidades inferiores. Medía un metro con cincuenta y dos centímetros pero de tronco normal. Tuvo que sentirse bastante desgraciado por su malformación, se escribe que sufría en demasía por ello, por él mismo y por sentirse repelido por los de su clase, igualmente, se entregó a la pintura, y se entregó en cuerpo y alma a la camufladora noche parisina del barrio de Montmartre en plena Belle Époque, y al alcohol, también, causa de su muerte temprana y de sus desgraciados últimos años de vida, intento de suicido inclusive y con varias hospitalizaciones previas delirium tremens mediante, matando arañas imaginarias con su pistola.



Fue un aristócrata y bohemio pintor francés nacido en Albi en 1864. Murió en el castillo que tenían en Malromé, en 1901. Entre el venir y el irse pintó con toda la magia que poseía, y era mucha.


En mi imaginario personal siempre que pienso en bohemia pienso en Henry Miller y en él. Hubiera sido muy grande que hubieran coincidido en el tiempo. Henri y Henry, habría sido grandioso. Miller tenía diez años cuando Lautrec murió, aún estaba su historia por construirse. Lautrec, por su lado, pudo cruzar su vida con otro de los grandes, con su amigo Vincent van Gogh, de quien nos dejó un hermoso retrato de su serio semblante de perfil. También nos regaló un inquietante retrato de Oscar Wilde estando de visita en Londres. Pero sobre todo retrató bailarinas y prostitutas y damas de la noche del espectáculo parisino, desde el prostíbulo de la Rue des Moulins al Moulin Rouge, pasando por los también míticos Le Chat Noir, el Mirliton y el Moulin de la Galette. Lautrec fue huyendo de la vida sin apenas moverse del lugar.



Estuvo muy influenciado por su admirado Degas pero él era otro estilo, más informal, más de la calle, más desquiciado, aún así de Degas se llevó el gusto por el momento preciso, por el cuadro como fotografía de una acción particular, peculiar, deteniendo el tiempo en un instante muy concreto y muy vivo de determinada acción.


Además fue uno de los grandes cartelistas de su época, haciendo carteles como los tan admirados en que mostraba a su amiga y gran bailarina Jane Avril o a la icónica Louise Weber “La Goulue”. Se sabe que fue muy popular por su vertiente de creador de carteles para espectáculos y por sus ilustraciones para revistas, aunque también vendía sus óleos, pero el gran reconocimiento como pintor se lo fue otorgando el paso del tiempo, acompañado de unas gotitas de leyenda como desplazado por la alta sociedad, resguardado por los suburbios de París, los cabarets, los circos, los prostíbulos, donde se sentiría uno más, como perteneciente a la fauna y flora desplazada por la sociedad más común. Es curioso ver cómo una vida se determina por según qué rasgos físicos, por exclusión de unas zonas por tales factores e inclusión en otros habitáculos de existencia donde se siente el cobijo. Al final, lo que cuenta, es sentirse querido. Recuerdo en mi juventud cómo bromeaba con que Lautrec era un maldito de libro, rechazado por los suyos, nocturno, depresivo, enano, borracho, putero y pintor. Las tenía todas, con el añadido de tener un talento fuera de órbita. No fue un incomprendido, ni un pobre loco genial al que el transcurso de los años podría en su lugar, fue querido por su entorno de acogida, pero sí un apartado de los suyos para encontrar en los rasgos de la vida bohemia y de bajos fondos su hogar. Sus excesos con el alcohol lo arrancaron pronto de la vida. Treinta y siete años. No son nada.



Pintó con verdadera pasión el cuerpo humano, sobre todo el de la mujer, bailarinas, cabareteras, prostitutas, trabajadoras de las clases bajas. Su cuadro La lavandera, para quien posó una de sus musas, Carmen Gaudin, tan pelirroja, tan hermosa, es una obra de arte de una sensibilidad extrema.


El uso del blanco en su camisa, oleaje tierno, bello, marejada de claras tonalidades, sus mechones cayendo cubriendo de misterio a la mirada, la fuerza de su pelo recogido, apoyada sobre la mesa, arremangada, cansada o hastiada, en espera, contemplando, dulce, es una joya labrada con pincel. La retrató en múltiples ocasiones y todas con genialidad, sensualidad, melancolía.

Otro de sus cuadros que no se me borra de la retina es el de la mujer subiendo una de sus medias, desnuda, arqueada con levedad y sutileza, con sólo una prenda verde esmeralda y suave alrededor del cuello y las medias puestas, con ese uso del blanco como luz y destello del cuerpo desnudo, y esa cabellera pelirroja que arde, esbozando su rostro una sonrisa diminuta, pero con la mirada baja, como saliendo de una derrota, donde todo es curva en perfecto equilibrio, erotismo, dulzura, belleza y tristeza en armonía. Lautrec era un escultor arrebatado cuando pintaba.

La modista, posando Louise Blouet d'Enguin, es otra joya, parece un fotograma sacado de una película muy dura y muy triste, un cuadro que refleja un pasado tormentoso, una historia increíble por contar, un cuadro que narra, que deja pensando en el rostro de la mujer, en cómo ha llegado hasta ahí y en qué le sucederá después, con esa expresión de quien dormita tras muchísimos esfuerzos, sobresaliendo su rostro blanco entre las tinieblas azuladas de su entorno, con ese mechón anaranjado que resbala con melancolía y corona su belleza y su descanso.

La pintura de Lautrec recuerda a la poesía. Inspira poesía y es poema en sí. Esculpía con colores, trazaba versos con sus pinceles, era un poeta que pintaba.


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Comentarios:
 
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Fran Norte

Fran Norte

Fran Norte, nacido en Vilagarcía de Arousa, 1978, es licenciado en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela. Actualmente es profesor en la universidad y escribe para varios medios on-line sobre todo artículos de historia de la Grecia Clásica, de la que es especialista. Es autor del libro de relatos Clubs, la cual es su primera publicación en el mundo de la ficción.

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