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Palabras al lienzo: VI. Vincent van Gogh

Fuente: Fran Norte | Publicado: 14-10-2017
Siempre que pienso en van Gogh pienso en la genialidad y en la locura de los artistas, imagino que a todos nos ocurrirá lo mismo al recordarle, como si su figura fuera una de las representantes más esenciales del mito del genio loco, y en su caso, el del pelo rojo tan arraigado en nuestro imaginario.
Derechos: Un par de botas, 1886. Vincent van Gogh.
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Siempre que pienso en van Gogh pienso en la genialidad y en la locura de los artistas, imagino que a todos nos ocurrirá lo mismo al recordarle, como si su figura fuera una de las representantes más esenciales del mito del genio loco, y en su caso, el del pelo rojo tan arraigado en nuestro imaginario. Hay cuatro cuadros suyos que me acompañan en la memoria muy fuertemente: el de sus botas sucias y antiguas con los cordones desatados, del que tiene varias versiones; la soledad de su habitación casi infantil, de la que también hizo variantes; la noche estrellada, que siempre me deja pensando en que todo esté unido entre sí, que cada uno de nosotros y todo nuestro entorno se encuentren conjugados en un todo del que es imposible separarse y la calavera que pintó fumándose un cigarro, sólo a él se le podría ocurrir tamaña originalidad que respira vida y humor, sencillez, candidez, inocencia, ganas de disfrutar de su talento y sonreír con él, gracias a él.



Pero Vincent van Gogh pintó muchísimo, paisajes rurales y también de la ciudad, escenas vivas del campo, arquitecturas, naturalezas muertas, sus míticos girasoles, cipreses majestuosos y mágicos, oníricos, su rostro de mil formas expresado, y de manera impresionante la tristeza, pintó los campesinos más tristes y fatigados, las mujeres en sus casas y en el campo dobladas de pena y de labores sin fin, cabizbajos siempre, sosteniendo sus rostros con las manos de manera pesada e infinita, sin resolución para sus endurecidas y embrutecidas vidas, imagino.


Su conocido Los comedores de patatas resume su entorno, la manera en que lo debía de concebir, como fotografía familiar de la desesperanza, como un fotograma sacado de una película sobre la más común, rutinaria y olvidada familia del campo de sus tiempos. Escena congelada de épocas frías, oscuras, debían de serlo, de días de hierro acumulándose sobre días de fango.

Vincent van Gogh nació en 1853 en Groot-Zunder, Holanda, y murió en Francia, en Auvers-sûr-Oise, en 1890. Tan sólo 37 años, muriendo con una bala incrustada en el pecho, que en principio, él mismo se habría disparado, aunque circula también la posibilidad de que hubiera sido un disparo accidental de unos muchachos que conocía. Suicidio o accidente, 37 años fueron. Se podría decir que su corta vida presenta determinados hitos absolutamente peculiares que hacen a uno imaginar que su vida fue mucho más extensa. Y las controversias, como su oreja cortada, sin saber aún el porqué exacto de su amputación, sólo vienen a aumentar su mítica leyenda como pintor de vida singular y atormentada. La versión de que se la cortó él mismo con una navaja de afeitar tras una discusión con su amigo Gauguin, para dársela después a una prostituta y que ésta se la entregara a Gauguin como señal de reconciliación, sin duda es la más llamativa, colorida, genial, brutal.



Es su oreja en todo caso la oreja más famosa de la Historia. Imaginarlo camino del prostíbulo, igual atravesando los mismos campos que dibujaba, manchadas sus ropas de sangre, con la oreja en una mano, tal vez envuelta en un trapo, tal vez desnuda, o metida en un bolsillo, o junto a sus utensilios de pintar en su mochila, es todo un cuadro en sí mismo. Qué podría estar pensando en esos momentos. La versión que cuenta que fue Gauguin en una discusión quien se la ventiló con un sable también se hace pintoresca.


Su muerte y su oreja no serían las únicas escenas de corte de leyenda que nos dejaría su biografía. La locura, sus manías persecutorias, agorafobia y alucinaciones, según se narra, el ingreso en hospitales, la ingesta masiva de alcohol a diario, su extrema pobreza, la constante ayuda económica y afectiva de su hermano Theo para poder sobrevivir, sus enamoramientos al límite, van trazando la ruta de un joven pintor en apariencia aplastado por la vida que habría de tener a la pintura como salvación. Algo así podemos pensar de su existencia, llegando a una producción artística de más de ochocientos cuadros.



También se le esboza a uno media sonrisa al leer que en ocasiones se comía sus pinturas, se viene a construir una personalidad como la de un animalillo salvaje y desmedido, incomprendido en sus extrañas e inquietantes acciones, con un talento fuera de órbita cuando agarraba sus pinceles y creaba.


Pasaron bastantes décadas desde su muerte hasta que su pintura comenzó a cobrar importancia, así como la forja de una identidad diferente, como un creador instintivo, impulsivo, inadaptado a la sociedad, de corazón enorme y con la locura a la medida de sus pasiones y su genio. Vincent van Gogh se terminó convirtiendo en un ejemplo de cómo se arma una leyenda alrededor de un artista, sustentada, eso sí, en un arte que hace tambalearse los cimientos de quien lo contempla. Hay una fuerza y un equilibrio en sus pinturas, mezcla de la mirada de quien sueña y de quien pretende escapar, de pincelada gruesa y rápida, de hipnóticos juegos de espirales, remolinos de color, con esos amarillos que hacen el efecto de una manta en el frío envolviendo cálidamente al observador. Las miradas agrias de los campesinos, la extensión solitaria de sus campos, esa especie de fusión del sujeto con su entorno, como en continuación del cuerpo con el exterior, como si el paisaje y la lejanía fueran una capa ondulante al viento de las personas y primeros planos que pintaba, la deformación armónica de los contornos, el temblor de ciertas arquitecturas a punto de caerse o a punto de elevarse por los aires, el uso de curvas en su trazo que recuerdan a lo que producen las caricias, la cierta invitación a la observación inocente de la vida. Su pintura desbordaba vitalidad, cuesta imaginar cómo una vida en principio tan desequilibrada pudiera crear con tanta profusión y solidez.

Vincent van Gogh, legendario ya y humano en demasía, tal vez, sus pinturas bebían así en lo pasional como en la excelencia. Su retrato del Dr. Gachet se escribe que se vendió en 1990 por 82,5 millones de dólares. Su florero con girasoles, por 74,5 millones. El precio de la leyenda.


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Fran Norte

Fran Norte

Fran Norte, nacido en Vilagarcía de Arousa, 1978, es licenciado en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela. Actualmente es profesor en la universidad y escribe para varios medios on-line sobre todo artículos de historia de la Grecia Clásica, de la que es especialista. Es autor del libro de relatos Clubs, la cual es su primera publicación en el mundo de la ficción.

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