Excodra Barcelonra

Un clásico, una rareza: El diablo cojuelo, de Vélez de Guevara

Fuente: Rubén Darío Fernández | Publicado: 17-10-2019
Curiosamente no se sabía mucho, hasta fechas muy recientes, en el 2017, acerca de la vida de Luis Vélez de Guevara, el insigne autor de esta obra que os presentamos: El diablo cojuelo. Ahora se sabe que nació en Écija, en Andalucía, en agosto de 1579, y que murió en Madrid, en noviembre de 1644, además de poder conocer gran cantidad de datos biográficos hasta hace poco desconocidos.
Derechos: El diablo cojuelo y don Cleofás.
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El autor

Curiosamente no se sabía mucho, hasta fechas muy recientes, en el 2017, acerca de la vida de Luis Vélez de Guevara, el insigne autor de esta obra que os presentamos: El diablo cojuelo. Ahora se sabe que nació en Écija, en Andalucía, en agosto de 1579, y que murió en Madrid, en noviembre de 1644, además de poder conocer gran cantidad de datos biográficos hasta hace poco desconocidos, gracias al trabajo de Marina Martín Ojeda y C. George Peale en el año citado. Llama la atención el que hayan tenido que pasar tantos años para poder tener noticias ciertas sobre su vida, pues en el siglo XIX, por ejemplo, se creía que había nacido en 1574 y muerto en 1646. Sin embargo, parece ser que no se ha encontrado ningún retrato suyo, por lo que su rostro es del todo desconocido, quedando en el ámbito del silencio. En vida tuvo un reconocimiento notable, tanto, que hasta se ganó el elogio de escritores como Cervantes, Lope de Vega, Quevedo y otros escritores contemporáneos. Su gran éxito llegó con la novela El diablo cojuelo, publicada en 1641, hacia el final de su vida, obra que fue tan bien valorada en su tiempo que se tradujo al francés en 1707. Esta traducción, décadas después, sería la que arribó a manos de Goethe, y que quedó tan impresionado con ella, que fue el punto de partida de su Fausto y, de hecho, las obras tienen grandes similitudes, tanto en carácter como en argumento, pues el papel de Mefistófeles aquí lo desarrolla el Diablo Cojuelo, quien de su mano enseña el mundo a un estudiante, como Mefistófeles con su Fausto. Aunque la historia del doctor Fausto venía de tiempo atrás, quién sabe si fue gracias a El diablo cojuelo de Guevara que Goethe diese en escribir su Fausto, obra sin la cual, tampoco tendríamos, posiblemente, otra gran obra de la literatura como El lobo estepario de Hermann Hesse.

La obra y su inicio

Antes de seguir, querido lector, te advertimos que desgranamos toda la obra hasta el final, trayéndonos al texto el arte de Vélez de Guevara como muestra de su escritura. Si no leíste El diablo cojuelo y tu curiosidad ya se ha encendido, si prefieres no saber de qué trata antes de su lectura, retrocede y, al ataque con la obra, que se puede leer en digital por varios medios. Al final de la reseña ponemos dos lugares donde puede leerse. Pero si prefieres continuar y leer aquí bastante de lo que escribió el señor Guevara, como anticipo, adelante. Sigamos.

El libro cubre el papel de las películas de culto más escondidas que se puedan encontrar, siendo a la vez un clásico de nuestra literatura, al mismo tiempo que una rareza, pues fue perdiendo el hilo de los nuevos tiempos, quedándose relegado al ámbito académico como joya de nuestras letras, pero alejado de las lecturas del común de los mortales. Lo cual, es una pena, porque es un verdadero tesoro plagado de genialidades, os iremos poniendo muchas de sus palabras para que se pueda apreciar cómo es el texto, pues está escrito en un riquísimo castellano antiguo, aunque aquí está actualizado en su ortografía, ya que antes se escribía muy diferente a como lo hacemos ahora.

Los protagonistas de esta novela son dos, el estudiante don Cleofás y el Diablo Cojuelo, y en las magníficas palabras de Vélez de Guevara, don Cleofás compone esta silueta:



Don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, hidalgo a cuatro vientos, caballero huracán y encrucijada de apellidos, galán de noviciado y estudiante de profesión, embarazado con un broquel y una cortadora espada, aprendía a gato por el caballete de un tejado, huyendo de la justicia que le venía a los alcances por un estupro que no le había comido ni bebido, que en el pleito de acreedores de una noble doncella al uso estaba graduado en el lugar veintidoseno, pretendiendo que el pobre licenciado escotase solo lo que tantos habían merendado.



Así que nuestro estudiante don Cleofás, huyendo injustamente de la justicia por los tejados, va a dar, con los pies y la boca a un mismo tiempo, al desván propiedad de un astrólogo, el cual tiene encerrado en sus dominios a un demonio. Merece la pena rescatar el encuentro y la presentación de nuestro diablo cojuelo:

—¿Quién diablos suspira aquí? —respondiéndole al mismo tiempo una voz entre humana y extranjera:

—Yo soy, señor Licenciado, que estoy en esta redoma, adonde me tiene preso ese astrólogo que vive ahí abajo, porque también tiene su punta de la mágica negra, y es mi alcaide dos años habrá.

—Luego, ¿familiar eres? —dijo el Estudiante.

—Harto me holgara yo —respondieron de la redoma— que entrara uno de la Santa Inquisición para que, metiéndole a él en otra de cal y canto, me sacara a mí de esta jaula de papagayos de piedra azufre. Pero tú has llegado a tiempo que me puedes rescatar, porque este a cuyos conjuros estoy asistiendo me tiene ocioso, sin emplearme en nada, siendo yo el espíritu más travieso del infierno.

Don Cleofás, espumando valor, prerrogativa de estudiante de Alcalá, le dijo:

—¿Eres demonio plebeyo, o de los de nombre?

—Y de gran nombre —le repitió el vidrio endemoniado—, y el más celebrado en entrambos mundos.

—¿Eres Lucifer? —le repitió don Cleofás.

—Ese es demonio de dueñas y escuderos —le respondió la voz.

—¿Eres Satanás? —prosiguió el Estudiante.

—Ese es demonio de sastres y carniceros —volvió la voz a repetirle.

—¿Eres Bercebú? —volvió a preguntarle don Cleofás.

Y la voz a responderle:

—Ese es demonio de tahúres, amancebados y carreteros.

—¿Eres Barrabás, Belial, Astarot? —finalmente le dijo el Estudiante.

—Esos son demonios de mayores ocupaciones —le respondió la voz—: demonio más por menudo soy, aunque me meto en todo: yo soy las pulgas del infierno, la chisme, el enredo, la usura, la mohatra; yo traje al mundo la zarabanda, el déligo, la chacona, el bullicuzcuz, las cosquillas de la capona, el guiriguirigay, el zambapalo, la mariona, el avilipinti, el pollo, la carretería, el hermano Bartolo, el carcañal, el guineo, el colorín colorado; yo inventé las pandorgas, las jácaras, las papalatas, los comos, las mortecinas, los títeres, los volatines, los saltambancos, los maesecorales y, al fin, yo me llamo el Diablo Cojuelo.

Llamado así porque, como nos dice él:



Fui el primero de los que se levantaron en la rebelión celestial, y de los que cayeron y todo; y como los demás dieron sobre mí, me estropearon, y así quedé más que todos señalado de la mano de Dios y de los pies de todos los diablos, y con este sobrenombre.



Así, y nada más dar inicio el relato, empiezan la aventura juntos don Cleofás y el Diablo Cojuelo. Su aventura es una aventura de exploración de su presente, pero que a nuestros ojos, cuatro siglos después, nos revela con total exactitud cómo era el pasado, nuestro mundo castellano en el siglo XVII, pues esta obra, gracias a la radiografía que hace de su época, tiene doble valor: literario, porque está escrita a las mil maravillas, e histórico, porque nos recrea con precisión la sociedad de su presente, nuestro ayer. Así le dice el cojuelo al estudiante: te he de enseñar todo lo más notable que a estas horas pasa en esta Babilonia española, y comienzan su andadura levantando los techos de los edificios por artes diabólicas, para ver la carne del pastelón de Madrid, que es desde donde arrancan sus peripecias exploratorias, para después ir recorriendo varias localidades, principalmente Madrid y Sevilla, en las que, con mano de poeta atento e inspirado por trescientas musas, Vélez de Guevara nos detallará palmo a palmo cómo vivíamos hace cuatrocientos años: caballeros y señores que hanse pasado a los extranjeros, porque los trataban muy mal estos príncipes cristianos; taberneros de la corte; parturientas en sus casas dando a luz a hijos de terceros; alquimistas ilusionados; hechiceras preparando aquelarres; letrados bigotudos; ladrones con llaves maestras porque las ganzúas son a lo antiguo; maridos y mujeres que viven en su coche de caballos; bodegoneras ricachonas que tiene, a dar rocín por carnero y gato por conejo a los estómagos del vuelo, seis casas en Madrid, y en la puerta de Guadalajara más de veinte mil ducados, y con una capilla que ha hecho para su entierro y dos capellanías que ha fundado, se piensa ir al cielo derecha; marqueses que, escalera en mano y a tiro de ventana, se disponen a asaltar la honra de las doncellas, criados de un señor a una mujer de un sastre que ha jurado que los ha de coser a puñaladas; hidalgos y peleas espada en alto; vizcondes, boticarios, barberos, cazadores, hambrientos, obispos y el relato sigue y sigue, derrochando humor e ingenio, con la pluma afilada, muy afilada y con veneno, para dibujar su presente entre ironías y sarcasmos incendiarios:

Ya comenzaban en el puchero humano de la Corte a hervir hombres y mujeres, unos hacia arriba y otros hacia abajo, y otros de través, haciendo un cruzado al son de su misma confusión, y el piélago racional de Madrid a sembrarse de ballenas con ruedas, que por otro nombre llaman coches, trabándose la batalla del día, cada uno con designio y negocio diferente, y pretendiéndose engañar los unos a los otros, levantándose una polvareda de embustes y mentiras, que no se descubría una brizna de verdad por un ojo de la cara.

O como dice de la gente de la Corte:



Pero salgámonos muy aprisa de aquí; que con tener estómago de demonio y no haberme mareado las maretas del infierno, me le han revuelto estas sabandijas, que nacieron para desacreditar la naturaleza y el rentoy.



De esta guisa van desfilando personajes de todo tipo, y Vélez de Guevara es crítico, y mucho, con la alta sociedad de su época (pero no así con el rey, a quien elogia, pues estaba bajo su protección, además de ensalzar a algunas grandes familias), pero nobleza a la que ataca sin morderse la lengua y con descaro, sin quedarse ahí, y da palos, que no de ciego, a todos los estratos sociales de su presente, pues nadie hay libre de no verse guiado por los demonios, y esta es la historia en que un diablo, cojuelo, le enseña el mundo tal cual es a un estudiante, sin haber ni uno que se quede sin vicios y maldades que exponer. El mundo que nos pinta Vélez de Guevara va más allá de un mundo de picaresca y de sálvase quien pueda, es un mundo caricaturesco hasta el tuétano, que convierte con humor mordiente en un circo demoledor. Sus párrafos van de la poesía al machetazo, sin inmutarse, todo le vale para reírse de todo, y de todos; así, en su introducción, describe al pueblo llano que va al teatro:

Que aun del riesgo de la censura del leerlo [se refiere a su texto, El Diablo Cojuelo] está privilegiado por vuestra naturaleza, pues casi ninguno de vosotros sabe deletrear; que naciste para número de los demás, y para pescados de los estanques de los corrales, esperando, las bocas abiertas, el golpe del concepto por el oído y por la manotada del cómico, y no por el ingenio. Allá os lo habed con vosotros mismos, que sois corchetes de la Fortuna, dando las más veces premio a lo que aun no merece oídos, y abatís lo que merece estar sobre las estrellas; pero no se me da de vosotros dos caracoles.

Y más adelante, carga contra la realeza de nuevo:



—¿Qué escuadrón es este tan lucido, con joyas de diamantes y cadenas y vestidos lloviendo oro y perlas —prosiguió el Estudiante—, que llevan tantos pajes en cuerpo que los alumbran con tantas hachas blancas, y van sobre filósofos antiguos que les sirven de caballos, de tan malos talles, que los más son corcovados, cojos, mancos, calvos, narigones, tuertos, zurdos y balbucientes?

—Estos son —dijo el Cojuelo— potentados, príncipes y grandes señores del mundo, que van acompañando a la Fortuna, de quien han recibido los estados y las riquezas que tienen, y, con ser tan poderosos y ricos, son los más necios y miserables de la tierra.



El viaje y la huida

Veamos un poco de su viaje, que terminará por ser una huida, para retratar aquí lo pintoresco de su recorrido. Después de pasar la noche viendo Madrid al desnudo sin los techos de los edificios, el diablo cojuelo vuelve a ponerle la tapa a la ciudad y pasean por ella, yendo a lugares tales como una plaza donde se dan en venta apellidos de renombre, y se otorga el don, para poder pertenecer a la alta sociedad de la Corte. Y es muy curioso enterarse que todos estos apellidos fueron de la gente pobre entre los castellanos: Hernández, Martínez, López, Rodríguez, Pérez, González, etc., en contraposición a los Guzmán, el Mendoza, el Enríquez, el Cerda, el Cueva, el Silva, el Castro, el Girón, el Toledo, el Pacheco, el Córdoba, el Manrique de Lara, el Osorio, el Aragón, el Guevara, haciéndose un guiño a sí mismo.

Después van a una casa de locos de nuevo cuño en Madrid, con personajes como ese gramaticón que perdió el juicio buscándole a un verbo griego el gerundio o el cantante que está preso en esta cárcel de los delitos del juicio porque siempre cantaba, y cuando le rogaban que cantase, dejaba de cantar. El fin de la mañana lo pasan en una tienda de venta de ataúdes, donde los futuros inquilinos se los van probando, todo descrito, por supuesto, con la mayor de las gracias.

A mediodía entran en un figón, un mesón de poca monta, mientras que al astrólogo que tenía encerrado al diablo cojuelo le visita otro demonio, un demonio zurdo, para cubrir el puesto vacante, a la vez que en el infierno se reúnen varios jueces demonios para hacer justicia contra el cojuelo, por haber abandonado al astrólogo saliendo de la redoma. En esto, nuestros protagonistas no pagan por la comida, porque no tienen ni un real, y porque son cosas de demonio el irse sin pagar, y se escapan del figón volando hacia Getafe, en demanda de Toledo, y dentro de un minuto en las ventillas de Torrejón, y en un cerrar de ojos, a vista de la puerta de Visagra, dejando la real fábrica del hospital de afuera a la derecha mano […] Y cuando estaban hablando en esto, llegaban al barrio que llaman de la Sangre de Cristo, y al mesón de la Sevillana, que es el mejor de aquella ciudad. El Diablo Cojuelo le dijo al Estudiante:

—Esta es muy buena posada para pasar esta noche y para descansar de la posada; éntrate dentro y pide un aposento y que te aderecen de cenar; que a mí me importa llegarme esta noche a Constantinopla a alborotar el serrallo del Gran Turco y hacer degollar doce o trece hermanos que tiene, por miedo de que no conspiren a la Corona, y volverme de camino por los Cantones de los esguízaros y por Ginebra a otras diligencias de este modo, por sobornar con algunos servicios a mi amo, que debe de estar muy indignado contra mí por la travesura pasada; que yo estaré contigo antes que den las siete de la mañana.

Mientras el cojuelo hace de las suyas por Constantinopla y otros lugares, en la posada, un dramaturgo muy pesado con sus obras los asusta a todos al grito de fuego mientras ensayaba su texto sobre la guerra de Troya, haciéndose todos a la calle en paños menores, y en éstas, regresa nuestro diablo, dándole otra cuchillada al mundo en que vive, el cristiano en oposición al musulmán:



—Hice todo a lo que fui, y mucho más —respondió el genízaro recién venido—, y si quisiera, me jurara por Gran Turco aquella buena gente; que a fe que alguna guarda mejor su palabra, y saben decir verdad y hacer amistades, que vosotros los cristianos.



Su viaje, mediado el texto, se transforma en huida: don Cleofás huyendo de su dama, que se llama doña Tomasa, quien quiere recuperar su honra ajusticiando al estudiante, y el Diablo Cojuelo huyendo de los diablos justicieros, leámoslo de su pluma:

Entré en Madrid, y supe que unos parientes de tu dama te andaban a buscar para matarte, porque dicen que la has dejado sin reputación; y lo peor es lo que me chismeó Zancadilla, demonio espía del infierno y sobrestante de las tentaciones: que me andaba a buscar Cienllamas con una requisitoria; y soy de parecer, para obviar estos dos riesgos, que pongamos tierra en medio. Vámonos a Andalucía, que es la más ancha del mundo; y pues yo te hago la costa, no tienes que temer nada; que con el romance que dice: «Tendré el invierno en Sevilla / y el veranito en Granada», no hemos de dejar lugar en ella que no trajinemos.

Y parten volando para Sevilla, ciudad donde concluye su aventura. Allí van de nuevo a otra posada, escenario desde el cual Vélez de Guevara nos describirá derrochando inspiración la sociedad y el mundo de su tiempo:

Y sentándose los dos al paso que lo decían, fue todo uno, trayéndoles el Ventero la porción susodicha, con todas sus adherencias e incidencias, y comenzaron a comer en compañía de los extranjeros, que el uno era francés; el otro inglés; el otro italiano, y el otro tudesco, que había ya pespuntado la comida más aprisa a brindis de vino blanco y clarete, y tenía a orza la testa, con señales de vómito y tiempo borrascoso, tan zorra de cuatro costados, que pudiera temerle el corral de gallinas del Ventero. El italiano preguntó a don Cleofás que de adónde venía, y él le respondió que de Madrid. Repitió el Italiano:

—¿Qué nuevas hay de guerra, señor Español?

Don Cleofás le dijo:

—Ahora todo es guerra.

—Y ¿contra quién dicen? —replicó el Francés.

—Contra todo el mundo —le respondió don Cleofás—, para ponerlo todo él a los pies del Rey de España.

En la posada pasan sus horas, escondidos de la dama de don Cleofás y de los demonios justicieros, y desde allí ven un desfile simbólico de distintas personalidades, que irá apostrofando el Cojuelo. Vélez de Guevara nos regala párrafos como estos:

Estos que vienen ahora a pie, con fieltros blancos terciados por los hombros, son lacayos de la Fortuna, que son los mayores ingenios que ha tenido el mundo, entre los cuales va Homero, Píndaro, Anacreonte, Virgilio, Ovidio, Horacio, Silio Itálico, Lucano, Claudiano, Estacio Papinio, Juvenal, Marcial, Catulo, Propercio, el Petrarca, Sannazaro, el Taso, el Bembo, el Dante, el Guarino, el Ariosto, el caballero Marino, Juan de Mena, Castillejo, Gregorio Hernández, Garci Sánchez, Camoes y otros muchos que han sido en diferentes provincias príncipes de la Poesía.

—Por cierto que han medrado poco —dijo el Estudiante—, pues no han pasado de lacayos de la Fortuna.

—No hay en su casa —dijo el Cojuelo— quien tenga lo que merece.

[...]



—Esa otra que viene —prosiguió el Cojuelo—, que parece que va preñada, es la Ambición, que está hidrópica de deseos y de imaginaciones. Esa otra es la Avaricia, que está opilada de oro, y no quiere tomar el acero, porque es más bajo metal. Aquellas que vienen, con tocas largas y antojos, sobre minotauros, son la Usura, la Simonía, la Mohatra, la Chisme, la Baraja, la Soberbia, la Invención, la Hazañería, dueñas de la Fortuna. Los que vienen galanteando a estas señoras todas y alumbrándolas con antorchas de colores diferentes son ladrones, fulleros, astrólogos, espías, hipócritas, monederos falsos, casamenteros, noveleros, corredores, glotones y borrachos.



[...]

Y en un balcón grande de la fachada va la Esperanza: una jayana vestida de verde, muy larga de estatura, y muchos pretendientes por abajo, a pie, soldados, capitanes, abogados, artífices y profesores de diferentes ciencias, mal vestidos, hambrientos y desesperados, dándole voces, y con la confusión no se entienden los unos a los otros, ni los otros a los unos.

[...]

Ahora sigue todo este aparato una infinita tropa de carros largos, llenos de comida y vestidos de mujeres y de hombres, que es la guardarropa de la Fortuna; y con ir tantos como la siguen desnudos y hambrientos, no les da un bocado que coman ni un trapo con que se cubran, y aunque los repartiera con ellos, no les vinieran bien; que están hechos solamente a medida de los dichosos.

Mientras el Cojuelo y el Estudiante observan la vida, van haciendo sus respectivos caminos el diablo Cienllamas, jefe de los justicieros, y Doña Tomasa, que no olvidando los desaires de don Cleofás, trataba con otra requisitoria de venir a Sevilla, con un galán nuevo que tenía, soldado de los galeones, para tomar venganza casándose con el licenciado Vireno de Madrid la Olimpia de mala mano, sabiendo que se había escapado allá.

Y aprovechando Vélez de Guevara para retratarnos Sevilla en un par de magistrales frases, reflejo de lo que supuso descubrir las Américas:



Don Cleofás y su camarada no salían de su posada, para desmentir las espías de Cienllamas y de Chispa y Redina, y subiéndose a un terrado una tarde, de los que tienen todas las casas de Sevilla a tomar el fresco y a ver desde lo alto más particularmente los edificios de aquella populosa ciudad, estómago de España y del mundo, que reparte a todas las provincias de él la sustancia de lo que traga a las Indias en plata y oro (que es avestruz de la Europa, pues digiere más generosos metales), espantándose don Cleofás de aquel numeroso ejército de edificios, tan epilogado, que si se derramara, no cupiera en toda la Andalucía.



El desenlace

Desde Sevilla, mediante una genialidad de Vélez de Guevara, les hace ver Madrid en un espejo, en una retransmisión en directo, mirando en él como si fuera una bola de cristal donde ver el mundo distante:

—Fácil cosa será verle —dijo el Diablillo— tan al vivo como está pasando ahora: pide un espejo a la Huéspeda y tendrás el mejor rato que has tenido en tu vida; que aunque yo, por la posta, en un abrir y cerrar de ojos, te pudiera poner en él, porque las que yo conozco comen alas del viento por cebada, no quiero que dejemos a Sevilla hasta ver en qué paran las diligencias de Cienllamas y las de tu dama, que viene caminando acá, y me hallo en este lugar muy bien, porque alcanzan a él las conciencias de Indias.

[...]

—No dicen mal —dijo el Cojuelo—; pero, con todo eso, señora Rufina María, de tan gran talento se pueden fiar los que yo quiero enseñar a mi camarada. Esté atenta.
Y tomando el espejo en la mano, dijo:
—Aquí quiero enseñarles a los dos lo que a estas horas pasa en la calle Mayor de Madrid, que esto solo un demonio lo puede hacer, y yo. Y adviértase que en las alabanzas de los señores que pasaren, que es mesa redonda, que cada uno de por sí hace cabecera, y que no es pleito de acreedores, que tienen unos antelaciones a otros.
—¡Ay, señor! —dijo la tal Rufina—, comience vuesa merced, que será mucho de ver; que yo cuando niña estuve en la Corte con una dama que se fue tras de un caballero del hábito de Calatrava que vino a hacer aquí unas pruebas, y después me volvieron mis padres a Sevilla, y quedé con grande inclinación a esa calle, y me holgaría de volverla a ver, aunque sea en este espejo.
Apenas acabó de decir esto la Huéspeda, cuando comenzaron a pasar coches, carrozas, y literas y sillas, y caballeros a caballo, y tanta diversidad de hermosuras y de galas, que parecía que se habían soltado abril y mayo y desatado las estrellas. Y don Cleofás, con tanto ojo, por ver si pasaba doña Tomasa; que todavía la tenía en el corazón, sin haberse templado con tantos desengaños. ¡Oh proclive humanidad nuestra, que con los malos términos se abrasa, y con los agasajos se destempla! Pero la tal doña Tomasa, a aquellas horas, ya había pasado de Illescas en su litera de dos yemas.
La Rufina María estaba sin juicio mirando tantas figuras como en aquel teatro del mundo iban representando papeles diferentes.

Después de hacer un genuino repaso por los grandes nombres de su presente, abandonan el terrado en que estaban y se adentran, a la mañana siguiente, primero, en una reunión de poetas, academia de los mayores ingenios de Sevilla, y después, en una casa de mendigos, o garito de los pobres, como lo define Guevara, plagada de pobres y de pobras, a la que llegan los diablos justicieros pero que se llevan, por error y casualidad, a un mendigo apodado con el mismo nombre que nuestro protagonista, Diablo Cojuelo, regresando al día siguiente a la Academia de poetas, donde ofician la reunión, y donde aprovecha Vélez de Guevara para dibujarnos e ironizar sobre el mundo de la literatura, mediante un bando que leen el Estudiante y el Diablo Cojuelo, dejándonos por el camino frases como éstas:



»Item, mandamos que las comedias de moros se bauticen dentro de cuarenta días, o salgan del reino.

»Item, que ningún poeta, por necesidad ni amor, pueda ser pastor de cabras ni ovejas, ni de otra res semejante, salvo si fuere tan Hijo Pródigo que, disipando sus consonantes en cosas ilícitas, quedare sin ninguno sobre qué caer poeta; mandamos que en tal caso, en pena de su pecado, guarde cochinos.

»Item, que ningún otro poeta sea osado a hablar mal de los otros sino es dos veces en la semana.



Allí les aparece un alguacil, llevado por doña Tomasa, para arrestar al Estudiante, pero éste lo soborna con trescientos escudos, satirizando lo comprable que era la justicia por entonces, quedando libre de ajusticiamientos por deshonra. Finalizando de sopetón el libro, tal vez la única pega que podría ponérsele, su desenlace tan veloz, tras llevarse al Diablo Cojuelo preso al infierno, con que da fin esta novela, y su dueño gracias a Dios porque le sacó de ella con bien, suplicando a quien la leyere que se entretenga y no se pudra en su leyenda, y verá qué bien se halla.

Final

Y verá qué bien se halla. Así es, después de leer El diablo cojuelo, uno se encuentra perfectamente, en comunión con la literatura, lleno de literatura. Hemos querido, aquí, dejar hablar a la obra por sí misma, esperando que os acerquéis a este texto tan particular y fecundísimo de nuestro Siglo de Oro, una de las raíces de nuestra literatura moderna, plagada de destellos irrepetibles, posible fuente de inspiración del Fausto de Goethe, antesala de grandes textos que vinieron después, herencia valiosísima de nuestro pasado literario.


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Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-diablo-cojuelo--0/html/fee8f6b6-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html y http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000015576&page=1
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Luis Vélez de Guevara

Luis Vélez de Guevara

Écija, provincia de Sevilla, 1 de agosto de 1579–Madrid, 10 de noviembre de 1644, dramaturgo y novelista español del Siglo de Oro, autor de El diablo cojuelo. Se ubica dentro de la estética del Barroco, conocida como conceptismo, fue padre del también dramaturgo Juan Vélez de Guevara. Y en palabras de su editor francés del siglo XIX: "Todavía se repiten entre nosotros algunos de sus dichos graciosos y satíricos, que han pasado a ser proverbiales. El último periodo de su vida fue muy trabajoso, falleció a principios del año de 1646 (ahora se sabe que fue en el 44) a los 72 años de edad ya cumplidos, y fue enterrado en el monasterio de Agustinos de Doña María de Aragón de Madrid, en la sepultura de los duques de Veragua. Dejó un hijo llamado Don Juan, heredero no tanto de su patrimonio como de sus gracias y numen poético". El Diablo Cojuelo fue publicado en 1641. Publicó más de cuatrocientas comedias.

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