Excodra Barcelonra

Una pequeña gran trilogía de la modernidad

Fuente: Jordi Corominas | Publicado: 10-01-2015
Jordi Corominas - Supongo que no se ha consensuado entre los centros, pero resulta interesante comprobar cómo ahora mismo en Barcelona hay tres exposiciones que recorren con acierto la modernidad del primer siglo XX. El hecho es insólito y constituye un motivo de esperanza tras un cierto periodo donde la calidad de las muestras temporales dejaba mucho que desear entre las limitaciones presupuestarias por culpa de la crisis.
Derechos: MNAC
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Supongo que no se ha consensuado entre los centros, pero resulta interesante comprobar cómo ahora mismo en Barcelona hay tres exposiciones que recorren con acierto la modernidad del primer siglo XX. El hecho es insólito y constituye un motivo de esperanza tras un cierto periodo donde la calidad de las muestras temporales dejaba mucho que desear entre las limitaciones presupuestarias por culpa de la crisis, la sensación de haber perdido la estela de Madrid y un cierto provincialismo de fondo acorde con el contexto socio-político de estos últimos años.



La trilogía que recorre este tramo fundamental de la pasada centuria debe visitarse con cierto orden. Su primera parada está en el MNAC, espacio que merecería más consideración tanto por lo inmenso de su fondo como por la variedad de propuestas que ofrece. En este caso es noticia por la remodelación de su sección de Arte Contemporáneo, dividida en cuatro apartados que para ser aprehendidos con sentido merecen más de un viaje al Palau Nacional de Montjuic.



Una de las mayores novedades en esta redefinición es la de potenciar a una serie de pintores que pese a su importancia habían quedado excluidos del canon tradicional. De este modo nombres como los de Lluïsa Vidal, Ismael Smith, Joan González o Pere Tornés cobran una dimensión inesperada que les permite codearse de igual a igual con los paradigmáticos Santiago Rusiñol y Ramón Casas. Este último se erige en maestro absoluto de la colección, que no sólo contiene cuadros. Entre las maravillas presentadas al espectador podemos contemplar desde una serie de postales de las iglesias quemadas durante la Semana Trágica de 1909 hasta un buen surtido de mobiliario modernista, bello y asimismo relajante porque propicia un relax tras tanta densidad inicial, con salas cuyo único defecto radica en ofrecer demasiado, y ya se sabe que en ocasiones los grandes tiberios terminan por ser indigestos sin que importen mucho los contenidos del menú.


Abandonamos el MNAC y enfocamos nuestros pasos hacia la Fundació Miró para adentrarnos en Barcelona, zona neutral, una más que excelente exposición que repasa los años de la Primera Guerra Mundial y su importancia para el desarrollo de la urbe mediterránea. Su montaje es magnífico, entre otras cosas porque no se basa sólo en lo previsible, el traslado de muchos artistas de París a Barcelona durante el conflicto, sino que arma un buen cuadro global para desplegar el abanico de sus problemáticas durante cuatro años que fueron de letal intensidad hasta cambiar por completo el panorama. Europa no volvió a ser lo mismo, pero Barcelona tampoco por una serie de azarosas coincidencias que trastocaron el mapa e internacionalizaron su cielo a través de una neutralidad útil para apuntalar progresos intuidos durante los decenios anteriores.


La situación política durante ese breve lapso, también reflejada en la muestra mediante vídeos y periódicos del momento, era muy inestable y en cierto sentido puede recordar a la de nuestros días porque el sistema se descomponía. La exposición no está pensada para ahondar en esos aspectos y prefiere centrarse en la doble vertiente del auge de determinados creadores catalanes y la eclosión de una Barcelona más abierta de miras que acogió tanto a exiliados como a una serie de actividades impensables sin la conflagración bélica entre las que no está de más mencionar la gran muestra de arte francés de 1917 y la maravillosa irrupción del Ballet Parade en el Liceo. La muestra no dice si el público entendió bien aquella idea de Cocteau, Picasso, Satie y Diaghilev, aunque poco importa porque contemplamos fotos del montaje, los vestidos de Massine y con eso y los carteles que aluden a los ballets rusos, cosmopolitas con un aire a totalidad, nos sentimos satisfechos por lo completo de un conjunto donde Rodin se junta con Anglada Camarasa y la publicidad con los fusiles, duetos comprensibles en la era de la metamorfosis.



La última pieza del rompecabezas que les propongo está en la Pedrera, donde la entrada del antiguo domicilio del señor Milà se ha convertido en marketing por su fachada y la entrada en un reducto secreto donde entras si avisas de tus intenciones. Las mías son muy simples. Accedo al primer piso y me recibe El Lissitzky, un hombre que supo capear el temporal del siglo XX pese a su heterogénea mezcla de atributos que amenazaban su estabilidad, judío, ruso y apolítico en el marasmo de la revolución de octubre y su continuación entre la Guerra Civil entre rojos y blancos, el auge de Stalin y la eclosión de la Segunda Guerra Mundial con el peligro nazi a las puertas de Moscú, instante que sufrió mientras agonizaba víctima de la tuberculosis.



Lo más interesante de su legado es ver cómo su mente teje una fina línea que casi suprime la frontera entre la pintura y la arquitectura. Esto es bien visible en sus Proun, bautizo real de una actividad que no se limitó al dibujo y fue más allá desde la creencia que cualquier arte puede fundirse con otra porque el todo es una forma de integrar las teselas en un grandísimo mosaico que en su caso le llevó a innovar en el diseño, la fotografía, la tipografía y la arquitectura en círculos vanguardistas de Alemania y la Unión Soviética justo antes que estos países chocaran de frente por culpa de sus discrepancias ideológicas pese a un común gusto dictatorial. El Lissitzky aprovechó la espiral positiva de los primeros años de la posguerra y aprovechó una energía que pretendía cancelar fronteras desde la imperecedera idea de hilvanar para unir y propiciar el progreso de la Humanidad.


Esta trilogía iluminará el otoño barcelonés y constituye una hermosa metáfora del camino que deberían tomar las entidades a la hora de concebir sus futuras propuestas, donde sin duda ganaríamos todos si se proyecta lo local desde una óptica expansiva capaz de juntar lo mejor de casa con elementos foráneos que acrecienten nuestro conocimiento desde lo insólito o aquello que por múltiples motivos nunca llegó hasta nuestras puertas. Esta última reflexión no existiría de no ser por cómo analizo el rumbo de los acontecimientos. Desde que han sonado las campanas de la crisis se privilegian una serie de discursos donde lo interno cuenta mucho más que lo exterior, y es una lástima. La colección de Arte Contemporáneo del MNAC es un buen síntoma para comprender un malestar presente que en el pasado se arregló con la normalidad de conjugar lo mejor de casa con aprendizajes extranjeros. Esta combinación propició una voz propia que deseo no perdamos porque encogerse y encerrarse es un absurdo que debilita el organismo y desde esa perspectiva es vital que los centros expositivos sigan brindándonos una oferta que rehuya lo provinciano y nutra a nuestros ojos de lo irreverente que nació porque ya había asimilado la tradición. De otro modo avanzar es disfrazarse de tortuga. Tomen nota, no tengan miedo y aprendan más sin apretarse el corsé.

Comentarios:
 
avtG2kLehe
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03-07-2016 12:07
 
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It's always a pleasure to hear from someone with exrestipe.
04-07-2016 01:07
 
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31-10-2017 01:10

Jordi Corominas

Jordi Corominas

Escritor nacido en Barcelona, 1979. Es una de las voces más innovadoras y poliédricas del actual panorama español. Autor de más de una decena de libros, ha cultivado géneros bien distintos. Ha publicado tres novelas, dos en catalán y una en castellano, entre las que destaca José García. Es considerado un ensayista de prestigio, con obra publicada tanto en Italia (Macrina la Madre, 2005) como en castellano, "Barcelona 1912: El caso Enriqueta Martí", que vio la luz en otoño de 2014 de la mano de la editorial Sílex. Asimismo Corominas es reconocido internacionalmente como poeta. Mediante su proyecto Loopoesía ha roto el muro de la solemnidad del verso para acercarlo al público con una propuesta que mezcla recitación en directo, mezclas musicales, audiovisuales y escenografías hasta crear desde lo diverso una unidad absoluta. Entre sus poemarios más destacados figuran Paseos Simultáneos (Vitruvio, 2010), Oceanografías (Vitruvio, 2012) y la trilogía de suites loopoéticas publicas en Versos y Reversos: El gladiador silenciado, Los lotófagos y Al Aire Libre. Corominas desarrolla una importante labor de crítica literaria y social en varios medios, entre los que cabe mencionar Radio Nacional de España y eldiario.es. Entre sus últimas publicaciones figuran la obra de teatro "El teclado" (Excodra, 2014), el poemario de Loopoesía, "Laocoonte" (Versos y Reversos, 2015), que se centra en la idea de tiempo y ruina y la traducción de los poemas de Jean Cocteau al castellano, "La mentira que siempre dice la verdad" (Salto de Página, 2015). www.corominasijulian.blogspot.com

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