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Entrevista a José Luis Zerón Huguet

Fuente: Rubén Darío Fernández. Noviembre, 2017. | Publicado: 25-01-2020
He leído recientemente que la identidad es un proceso subjetivo de elaboración personal que se construye simbólicamente en interacción con los otros. La identidad propia se forma a través de un proceso dialéctico a partir de la representación imaginaria de ella (autodefinición) y de la asunción de valores, de creencias, de rasgos característicos del grupo o los grupos de pertenencia. Algo así como un pacto entre la identidad personal, o sea la diferencia con respecto a los otros, o lo que nos creemos que nos diferencia de los demás, y la identidad social o colectiva, es decir, la igualdad con los demás.
Derechos: José Luis Zerón Huguet.
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José Luis, en términos generales, ¿qué representa para ti la identidad de una persona y, ¿cómo te identificarías a ti mismo?

He leído recientemente que la identidad es un proceso subjetivo de elaboración personal que se construye simbólicamente en interacción con los otros. La identidad propia se forma a través de un proceso dialéctico a partir de la representación imaginaria de ella (autodefinición) y de la asunción de valores, de creencias, de rasgos característicos del grupo o los grupos de pertenencia. Algo así como un pacto entre la identidad personal, o sea la diferencia con respecto a los otros, o lo que nos creemos que nos diferencia de los demás, y la identidad social o colectiva, es decir, la igualdad con los demás.


Hoy debemos tener en cuenta que la noción de identidad como integral o unificada se ha ensanchado demasiado, o incluso diría que atomizado. Para diversas disciplinas la identidad ya no se presenta como fija e inmóvil, sino que se construye como un proceso dinámico, relacional y dialógico que se desenvuelve siempre en relación a un “otro”. Autores como Taylor, Bauman , Goffman y Arfuch, entre otros, consideran a la identidad una manifestación relacional: identidad y alteridad mantienen una relación dialéctica. Es lo que se llama La identidad como “fluidez”, generada en la interacción social y construida y reconstruida constantemente en los intercambios sociales.



Partiendo de estas premisas creo que somos y no somos en cuanto que, como individuos, hay un constante equilibrio entre el proceso de subjetivación (lo que queremos ser) y la realidad exterior (lo que los demás ven en nosotros o esperan de nosotros). Creo que la identidad ha de estar abierta al contagio; el yo ha de ser abierto, saber acoger y a la vez dejarse alterar. La identidad está relacionada con la elegancia, término cuya raíz denota la capacidad de elegir, de decidir desde un equilibrio entre la realidad interior y exterior.



En cuanto a mí, prefiero que me definan los demás. Solo diré que trato de ser un hombre abierto, comprensivo, empático, y evito encerrarme en mi burbuja a pesar de mi tendencia a la contemplación; que soy impulsivo ma non troppo, pues busco una vecindad entre intuición y reflexión; que soy un hombre nervioso que ansía la serenidad; que procuro sobrellevar con dignidad mis neurosis y conciliar mis contradicciones, mis dudas y certezas. Hablo de propósitos, claro está. No se sí si son logros.

Me han llamado mucho la atención estos versos tuyos:

“Si soy conciencia expansiva, ¿por qué este ser mío
aprendió a decir yo soy
y a sentir el vértigo de su propia identidad?”

¿Hasta qué punto podemos modelarnos a nosotros mismos, alejarnos, tal vez, si fuera necesario, del vértigo de lo que seamos, forjarnos una identidad propia, tan inmersos como estamos en la colectividad a la que pertenezcamos?

Es difícil modelarnos a nosotros mismos completamente porque estamos influidos por lo que nos rodea, empezando por el factor educativo impuesto desde que nacemos. Un modelo de socialización irremediablemente coercitivo. Por eso decía que hay que ser receptivo y al mismo tiempo saber escoger. Ser uno mismo sin perder de vista a los demás. La genuidad no es tarea fácil, pues la constatación de ser individuos únicos con todos nuestros conflictos personales e intransferibles, nos provoca vértigo. A mí al menos me sucede. Tenemos la necesidad de autoafirmarnos, de significarnos, de encontrar una salida en el laberinto de nuestra propia identidad. Necesitamos de cuando en cuando desenjaular el animal que llevamos dentro para que nos desubique del conformismo en el que nos hemos asentado.



Nos urge reivindicar nuestra individualidad a la vez que la tememos, y ese temor (o vértigo) nos salva del autismo, del solipsismo, de la burbuja aislante, y a la vez nos permite explorar el mundo y relacionarnos con los demás que, paradójicamente, son los que reafirman nuestro yo (aunque también pueden destruirlo). Por eso debemos aprender a decir yo y a sentir ese vértigo, ese estupor que nos provoca nuestra propia existencia, motivo de fascinación y temor de tantos artistas y escritores.



Es necesario preguntarnos por nuestra identidad, (Recordemos ese “¿Quién soy yo?” que resuena en la primera línea de la novela autobiográfica Nadja de André Breton y retumba en el título de uno de los célebres poemas de León Felipe), reconocernos uno y múltiple como Whitman escribió (“Yo soy inmenso, contengo multitudes”). Cuando la identidad individual es monolítica, intransitiva, absoluta, inconmovible, deviene fanatismo. Si esto mismo sucede con las identidades colectivas (políticas, religiosas, etc.): surgen los totalitarismos y fundamentalismos.


Siguiendo este hilo, sobre la infancia y la primera juventud, ¿cuánto le debe nuestra personalidad, nuestro ser, a los pequeños individuos que fuimos? ¿Cómo sientes que sea el proceso de construcción de la identidad en nuestros primeros años, los factores más relevantes que intervienen?

Nuestra personalidad le debe mucho, para bien y para mal, a la infancia y a la primera juventud. Es cierto que la identidad se forja en el tiempo y es la suma de nuestras satisfacciones y decepciones, pero una parte importante de esa suma procede de nuestros primeros años en el mundo. Son muchos los factores que influyen en la construcción de la identidad en el principio de nuestras vidas, desde la educación que recibimos de nuestros padres y maestros hasta la relación con los compañeros de clase, los hermanos, los primeros amigos, así como el concurso de numerosos azares, sin olvidar el surgimiento de la sexualidad. Convivimos –y a veces entramos en conflicto– con el que fuimos y con el que hubiéramos deseado haber sido. Vivimos entre el infierno del que pretendemos huir (la realidad más cruda y rugosa) y el paraíso al que intentamos acceder (constituido por el conjunto de nuestros anhelos y ensoñaciones de adultos y de nuestros asombros infantiles). A veces resurge lo que creíamos lejano o superado y nos encastillamos en la nostalgia. Yo creo que una identidad propia bien forjada consiste, sobre todo, en hacer habitable el presente.


Preparando este número no puedo dejar de pensar en la enorme influencia de los medios de comunicación en la forja de la identidad de las personas, en el pensamiento único, en la alienación, ¿cómo sientes este tira y afloja entre lo que en ocasiones se pretende que seamos y lo que uno siente que es o que debe ser?


Sí, claro, tienes razón. Cuanto más evolucionan los medios de comunicación, más influencia ejercen en las personas. Hay algunos -escasos y, por desgracia, minoritarios- que están diseñados para informarnos y rescatarnos de la prisión del pensamiento único, pero la mayoría tratan de dirigirnos, de alienarnos, de controlarnos. La era de la tecnología digital nos permite acceder de manera directa a lo que sucede en el mundo, pero también nos hace más vulnerables a la manipulación y el engaño. El exceso de información desinforma y genera confusión y ansiedad. Cada vez nos cuesta más distinguir entre lo que es verdad, mentira o solamente veraz.



Por otra parte, los medios de comunicación están contribuyendo a la creación de una sociedad hiperactiva, acelerada y excluyente. Ese tira y afloja del que hablas es necesario pero no saludable, me temo. Los que mostramos resistencia salimos derrotados, y la derrota implica el sentimiento de soledad, de no estar al día, de ir contracorriente, de estar fuera de sitio.



Pese a todo, hay que ser inconformistas y aprender a cuestionar valores incuestionables de la sociedad mediática y consumista, aunque ello suponga quedar al margen del mainstream que dictan los que manejan los hilos del poder.

¿Por qué crees que es tan fuerte, o puede serlo, el sentimiento de identidad nacional, de pertenencia a un pueblo determinado, a una geografía dada, a tal cultura?

Es una pregunta difícil de responder, entre otras cosas porque ni siquiera se ponen de acuerdo, sociólogos, antropólogos y demás expertos. Es inevitable sentirse parte del país o de la cultura a la que perteneces, otra cosa, son los nacionalismos y los patrioterismos, que no comparto en absoluto y me parecen desfasados, aunque vuelven a estar en auge. Yo creo que ese sentimiento de identidad nacional tan fuerte responde a patrones emocionales e incluso irracionales, como está sucediendo en Cataluña, por ejemplo. Asimismo, influyen mucho en la creación de paradigmas identitarios los discursos ideológicos populistas y manipuladores. Cuando una colectividad alude a su identidad (cultural, étnica, nacional) suele desconocer o negar su propia diversidad interna.
Por otra parte, estos tiempos de soledad, deriva y confusión que estamos viviendo alientan la necesidad de integración ciega en la tribu.

A mí personalmente creo que lo que más me ha hecho mella en lo que siento como mi identidad, en mi manera de ser, ha venido de la mano de ciertos libros, de la palabra escrita, del lenguaje en la literatura. Siguiendo este camino, ¿la identidad no es más que un discurso, una sucesión de conceptos, palabra sobre palabra, unas frases a las que nos agarramos? ¿Cómo sientes la relación entre lenguaje e identidad?

Estoy de acuerdo contigo. Yo también fui labrando mi identidad a través de los libros, de la palabra escrita. También, aunque en menor medida, a través de otros lenguajes, como el pictórico y el musical. En efecto, lenguaje e identidad son conceptos estrechamente interrelacionados. “Mi patria es mi lengua”, escribió Pessoa, y el escritor rumano Norman Manea afirmó que su lengua es su hogar. Creo recordar que Juan Gelman dijo que en su exilio la lengua era su única patria. Son muchos los escritores que han afirmado lo mismo. Yo opino como ellos. Mi verdadera patria es la lengua en la que me expreso, lo cual no quiere decir que desdeñe otras lenguas y que rehúse aprenderlas. Ojalá fuera un políglota.

Voy a rescatar otros versos tuyos, están geniales:

“La casa seguirá aquí,
mis antepasados sufrieron mucho por ella.
La casa se resiste inútilmente bella como
la que soñamos.
Ella me protege de mí mismo
y me ofrece una identidad”

¿En qué medida somos nuestro pasado, nuestros antepasados, nuestra familia, o es sólo un suelo necesario, a veces, para armar nuestra propia vida pudiendo tener unos cimientos ya dados, un punto de partida?

Te agradezco el comentario, Rubén.


Como he dicho anteriormente somos en cierta medida nuestro pasado. La nostalgia, tan denostada por los nuevos sacerdotes de la felicidad como sentimiento reaccionario y estéril, nos hace humanos, nos distingue de los animales. El animal vive en continuo estado de supervivencia, en un eterno presente inhóspito. El hombre es capaz de regresar al pasado y de anticiparse al futuro. La nostalgia es una añoranza del bien perdido o de lo que no nos fue dado vivir, y también de lo que deseamos alcanzar, de aquello que esperamos y no estamos seguros de conseguir. Lo importante, yo creo, es no mirar siempre hacia atrás, no padecer el síndrome de la mujer de Lot. Cuando esto ocurre la nostalgia resulta petrificante.


Por otra parte, hay que tener en cuenta que el pasado también tiene sus cavernas; aunque tendemos a idealizarlo, nos puede jugar una mala pasada enviándonos oscuros emisarios. Tratamos de quedarnos con lo mejor del pasado y creemos que el olvido nos libera de las oscuridades y por eso revivimos todo lo bueno que fue; mas el olvido es un imposible: siempre acabamos tropezando con los despojos de quienes fuimos. Las malas hierbas de la memoria también nacen en los jardines de la placidez.



Nuestros antepasados, nuestras familias, influyen en la creación de nuestra identidad a través de dos vías: la genética y la educativa. Nadie puede decir “Yo soy mi dueño y señor”, porque en cierto modo nunca logramos independizarnos del todo de quienes nos dieron la vida, ni de nuestros antepasados, especialmente de los más directos, los que llegamos a conocer. Pero, insisto, solo influyen parcialmente en nuestra personalidad. No quiero decir que ellos sean responsables directos de lo que somos.



En mi caso, escribí los versos que citas (pertenecen a mi poemario Sin lugar seguro) durante una crisis personal agravada por una repentina precariedad económica que hizo temblar todos los cimientos de mi identidad cuando más seguro e independiente me sentía. Mi libro refleja aquellos duros momentos, pero también mi lucha por salir adelante apoyándome en un rescate de mis recuerdos de la infancia, con la casa de mis abuelos maternos como metáfora de mi vida. Sin lugar seguro me salvó de caer en el abismo.


José Luis, para terminar, como poeta que eres, ¿cómo crees que afecta tu poesía a tus lectores en la formación de su identidad, en su vida en general? ¿Qué te haría sentir pleno cuando se leen tus versos?

No puedo responder la primera pregunta. Honestamente no sé si mis versos pueden llegar a influir en la formación de la identidad de mis lectores. Lo que sí sé es que tengo algunos lectores generosos y atentos que me han estimulado con sus comentarios. No son muchos, pero sí son fieles.


Días pasados he releído Defensa del fervor de Adam Zagajewski. El autor polaco reivindica esta palabra, fervor, que significa hervir y tiene la misma raíz que fiebre. El autor no renuncia a la ironía, pero cree que un poeta no será tal si no se deja poseer por el fervor, así de claro, aunque suene cursi. Yo reivindico ese fervor en mi poesía y me gustaría que mis lectores sintieran esa intensidad que yo trato de transmitir en mis poemas, y que respondieran las preguntas que yo me hago. A los anemotivos que se acercaran con cierta aprensión a mis poemas les diría –al menos yo así lo veo y trato de llevarlo a la práctica- que no hay que limitar la experiencia poética; que se puede lograr un acuerdo entre lo racional y lo instintivo, entre el pensamiento y la revelación; que uno puede buscar el sentido de la vida en sus propios sentimientos y emociones y en lo expresado por otros poetas, interrogando a la realidad, abarcando sus horrores, maravillas y sinsentidos.


Por otra parte, siento a veces que la poesía es un ejercicio fútil que a nadie puede importarle ¿Quién va a atender a lo que me conmueve, si cada cual se inclina hacia su propia soledad? Mi fe en la poesía está llena de plenitudes y dudas, y cuando estas últimas se manifiestan como un ejército al asedio, ganas me da de dejar todo lo que tenga que ver con la escritura poética. Pero pronto salgo de mi extravío para seguir perseverando en una labor tenida por inútil que a mí me resulta inevitable. Como dijo Georges Bataille “Nadie puede acusar al poeta de no ser multitud”. Me basta con que alguien venga a sentarse junto a mí. Alguien que, leyéndome, escarbe en mis raíces y justifique mi entrega a la poesía.


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José Luis Zerón Huguet

José Luis Zerón Huguet

Nace en Orihuela el 28 de octubre de 1965. Fue miembro fundador y director de la revista literaria Empireuma. Su producción poética consta de dos plaquetas: Anúteba, conjunto de poemas suyos y de Ada Soriano (Ediciones Empireuma, 1987), y (Pliegos de Poesía del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1997); Y los libros Solumbre (Ediciones Empireuma, 1993), Frondas (Ayuntamiento de Piedrabuena y Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, Ciudad Real, 1999), El vuelo en la jaula (Cátedra Arzobispo Loazes, Universidad de Alicante, 2004), Las llamas de los suburbios (Fundación Cultural Miguel Hernández, Orihuela, 2010), Ante el umbral (Instituto de Cultura Juan Gil Albert, Diputación de alicante, Alicante, 2009) y Sin lugar seguro (Ed. Germanía, 2013). Hay poemas suyos en varias antologías y ha publicado ensayos, artículos, cuentos y poemas en numerosas revistas nacionales e internacionales. En 2016 la madrileña editorial Polibea publicó su poemario De exilios y moradas, y este año Perplejidades y certezas en la editorial Ars Poetica. Ha obtenido, entre otros, los siguientes galardones literarios: Premio Nacional de Poesía “Nicolás del Hierro”, Ayuntamiento de Piedrabuena (Ciudad Real), 1999; Premio Nacional de Poesía Ciudad de Callosa, 2000, Ayuntamiento de Callosa de Segura. Fue finalista del Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández, Fundación Miguel Hernández año 2000. Su libro El vuelo en la jaula (Universidad de Alicante, Cátedra Arzobispo Loazes) fue seleccionado para el Premio de la Crítica del año 2004 por los miembros de la Asociación Española de Críticos Literarios y los componentes del jurado.

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