Excodra Barcelonra

Entrevista a Albert Lladó

Fuente: Rubén Darío Fernández. Noviembre, 2014. | Publicado: 22-02-2020
Hablábamos antes de dos vértices más o menos evidentes del triángulo del poder; el político y el económico. El menos evidente, el tercero, es el de la función. El rol que nos han asignado –padre, profesor, periodista, hijo, vecino, etcétera- parece que sea nuestra identidad. Y no lo es. No únicamente.
Derechos: Albert Lladó.
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Estimado Albert, para definir a grandes rasgos, pero con contundencia: ¿Qué es el poder?

El poder es de esos conceptos escurridizos a los que es más efectivo acercarse desde lo que no-es que desde una definición enciclopédica. También porque el poder, pese a que lo solemos identificar con las grandes esferas y con señores con copa y puro, lo ejercemos todos en algún momento. Como padres, como profesores, en el trabajo, incluso como presidentes de escalera. Qué sé yo. Lo que ha pasado con el poder es que, como no hemos sabido definir bien los límites entre autoridad y autoritarismo, ha creado mecanismos cada vez más sutiles de control. Entonces, ¿cuándo desactivamos el poder? Cuando logramos ser diferentes e iguales, cuando convivimos con esa hermosa paradoja. Somos individuos singulares, identificables en la masa, y sin embargo tenemos un compromiso adquirido con la comunidad. Ahí el poder se sabe débil. Y tiembla.

En este nuevo número de la revista estamos tratando de indagar en las diferentes formas de poder, desde el poder de la política para construir escenarios donde nuestra vida social se desarrolla hasta el poder de una mirada que conlleva un sometimiento. Vayamos poco a poco, ¿cómo es el poder en política?

Las formas tradicionales del poder dibujan una especie de triángulo. El vértice más evidente es el poder político. Quién y cómo dice cómo organizamos la polis. La única forma de enfrentarse a él, si se quiere ser honesto y no hacer un mero intercambio de sillas, es multiplicarlo al máximo. Dividirlo. Una sociedad más justa es aquella que divide todo lo que puede los poderes, no quien renuncia a ellos.



Me parece obvio que España, donde el poder político y el poder judicial están mezclados de una manera obscena, sufre esa concentración como una de sus plagas.



Otra cosa esa aquella gente que intenta convencernos, muchas veces con tono paternalista, que si ellos tuvieran el poder todo sería mejor. Que necesitan el máximo poder. Que lo deleguemos en ellos porque su idea es más pura que las otras. Es, aunque con otras máscaras, una forma más de dogmatismo. El poder deseable es una constelación de poderes, todos autónomos pero pertenecientes a una misma galaxia, no un astro único y solar.

¿Por qué, actualmente, y a nivel histórico, el dinero es poder?

El dinero es el segundo vértice, también evidente, del triángulo del que hablábamos. Cuando hemos convertido prácticamente todo en fetiche, el dinero es la única forma de relación. Quien tiene más, tiene más poder de relación. En eso el marxismo fue brillante. En el diagnóstico. Las soluciones, sin embargo, fueron catastróficas. Unos piden que cedamos la libertad a cambio de mayor seguridad. Otros, que cedamos la seguridad a cambio de mayor libertad. Encontrar el equilibrio es el auténtico reto de las sociedades contemporáneas.

Trabajas en varios medios de comunicación y divulgación, como La Vanguardia o Revista de Letras, coméntanos por favor sobre el poder de los medios de comunicación para generar opinión, porque, consciente o inconscientemente, la generan, tienen el poder para hacerlo. ¿Cómo se gestiona este poder y cómo se relaciona con otros poderes -el político, el económico-?


La prensa, en realidad, debe actuar como contrapoder. Por eso es imprescindible en una sociedad abierta. Es una parte de la balanza. Y la justicia, no lo olvidemos, se suele representar con la imagen de la balanza. Pero evidentemente la prensa, para ser sostenible, se suele estructurar a través de empresas (públicas o privadas). Y eso hace que el juego de equilibrios sea complejo. No nos tendría que asustar.



Cada medio de comunicación tiene todo el derecho –sobre todo si es privado– de tener una línea editorial propia, una forma determinada de mirar e interpretar el mundo que le rodea. Pero otra vez la idea de límite es fundamental. Límite entre el objetivo periodístico y el interés económico o político.



Si se tiene claro cuál es, si se es honesto, la diferencia garantiza la pluralidad. Si no, nos convertimos en propaganda. Por suerte, hoy las redes sociales también pueden fiscalizar eso, apuntar los excesos, y funcionar de contrapoder del contrapoder. Así la balanza sea hace aún más efectiva…

Vayamos un poco hacia otros planos... el poder de lo erótico, del deseo de seducción, del de conquista, el poder del sexo, del desear tenerlo ¿te lanzarías con una reflexión sobre la influencia del deseo sexual sobre el deseo de obtener poder, por ejemplo político, económico, social?

Hablábamos antes de dos vértices más o menos evidentes del triángulo del poder; el político y el económico. El menos evidente, el tercero, es el de la función. El rol que nos han asignado –padre, profesor, periodista, hijo, vecino, etcétera– parece que sea nuestra identidad. Y no lo es. No únicamente. Eso es banalizar lo que en realidad somos, ciudadanos que debemos proteger nuestra libertad individual y colectiva. Tú eres mucho más que el rol que te han asignado.



No puedes argumentar “Hice lo que me tocaba hacer”. Eso nos deshumaniza, nos convierte en cobardes, y en simples máquinas ejecutoras. Todo ello se puede desactivar de distintas maneras, pero el deseo y el sexo son, sin duda, una de las estrategias más potentes. El erotismo es, en esencia, subversión de roles.



Puedes ser una cosa hoy y mañana otra. Puedes dominar y ser dominado en unos roles que son, por suerte, siempre intercambiables. Puedes, en el pacto de la intimidad, ser uno y múltiple. Por ello es tan triste, y peligroso, cuando también se instrumentaliza el deseo con roles estancos, rígidos, unificadores.

Una cuestión más sobre el poder antes de pasar a tu obra, a tu profesión, a tu día a día, háblanos sobre el poder de la palabra en la generación de pensamientos -y acciones-, sobre los significados, sobre el cambio de connotaciones de una misma palabra con el paso del tiempo, con cómo se podría desde la política y los medios de comunicación -o desde una obra de un autor...- tratar y/o conseguir que una palabra cambie su significado. Sé que te encanta la filosofía, por favor, llévanos por ahí...

Es evidente que hay una burocratización del lenguaje. Un secuestro, consciente, de determinadas palabras. Se quiere descodificarlas para vaciar su significado. Cuando según qué pájaros hablan de libertad cada día tú tienes ganas, inmediatamente, de dejar de utilizar esa palabra. Han pervertido su noción última. Es por eso que en lo que hago me interesa que sean las palabras mismas las que crean la acción, y que la acción no sea simplemente el relleno de una trama. Lo que pasa entre el inicio, el desarrollo, y la conclusión.

Albert, cuando uno se mete en tu web, se encuentra con los epígrafes: Periodismo, Filosofía, Literatura y Dramaturgia. Es una pasada, la verdad, poder encontrar a alguien que se dedique a todos estos ámbitos del saber, de la comunicación y del arte, y más en estos tiempos que corren. ¿Qué te ofrecen y cómo gestionas, a nivel personal, cada uno de estas vertientes de tu vida?

Son lenguajes muy distintos pero, sin embargo, me he ido dando cuenta de que lo que yo hago, sea en un artículo o en una obra de teatro, es responder a dos o tres obsesiones muy concretas. Son instrumentos, pues, para intentar responderme a mí mismo qué pienso, haciéndome preguntas que me saquen de la zona de confort. Un combate contra los propios prejuicios, en definitiva. Que no son pocos.

Acabas de publicar La fábrica, con la editorial La Garúa. Aún no he tenido tiempo para leerlo, pero ya sólo por esta frase que aparece en la sinopsis lo estoy deseando: La Fábrica es el retrato de un fracaso. El de la voluntad de escribirlo todo. Es algo tremendo y que realmente te define por todos los campos en que te mueves. ¿Qué nos encontremos en la lectura de La fábrica?

Es una lucha interna sobre esa burocratización del lenguaje. A mí me gusta decir que es el libro que he escrito mientras no escribía.



En ese sentido, es escritura desde los márgenes. Tiene que ver con la pintura porque intento que, a través de aforismos, notas de viaje, columnas de opinión, o juegos de palabras, construir imágenes con la palabra.



Y en ese sentido es donde el fracaso, que siempre nos han vendido como paralizante, se convierte en matriz, en motor de escritura. Es un fracaso premeditado porque no se intenta seguir una estructura fijada, sino que la escritura, como si fuese un organismo vivo, va dibujando la estructura a medida de que crece. Es, creo, querer creer de nuevo en el asombro.


La mancha... no digo más. ¿Qué es? Cuéntanoslo todo por favor...

La mancha es una obra de teatro que, a partir de una situación aparentemente simple (una mancha de humedad que nadie quiere o saber arreglar), intenta hablar del triángulo del poder que comentábamos antes.



De las posibles respuestas al poder económico, político o de función social. A través de distintos arquetipos (inquilino, propietaria, arquitecto, técnico, etcétera) los personajes ejercen el poder que supuestamente les toca.



¿Y cómo escapar de allí? Hay tres opciones, otro triángulo como respuesta, que muchas veces nos presentan como idénticas, pero que son muy distintas en realidad: la resistencia, la rebelión y la revolución. El hombre rebelde, pues, dice no, pero es consciente de sus límites. La violencia es siempre el límite.

Para cerrar, y como curiosidad, ¿cómo es un día en tu vida? De la mañana hasta la noche, para conocerte.

Tengo una vida bastante ordenada. Eso intento. Por la mañana trabajo en la redacción de LaVanguardia.com. Allí intento manejar el ruido de la información, jerarquizar las prioridades, pensar cómo ofrecer las noticias del día a día de manera atractiva y efectiva, y, cuando encuentro brechas, escribir temas que intenten esquivar un poco la espiral del silencio. De alguna manera, ofrecer una agenda propia. Luego, a la tarde, intento escribir una o dos horas. O editar textos en los que estoy trabajando, sean periodísticos o literarios. Y a la noche voy siempre que puedo al teatro, a alguna exposición o concierto, algo de deporte, o simplemente cenar con amigos. Y luego, disfrutar de la intimidad de la casa. No hay nada como no hacer nada para resetearnos. Para recordar que no somos simplemente lo que decimos que somos.


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Albert Lladó

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de ‘Revista de Letras’ y escribe en el suplemento Cultura/s de ‘La Vanguardia’. Es autor, entre otros títulos, de la novela ‘La travesía de las anguilas’ (Galaxia Gutenberg, 2020), del ensayo ‘La mirada lúcida’ (Anagrama, 2019) y de las obras de teatro ‘Ícaro’ (Tantarantana, 2018) y ‘La mancha’ (Teatre Nacional de Catalunya, 2015). Es profesor de Escritura Creativa en la Escola d’Escriptura del Ateneu Barcelonès, docente del posgrado Escrituras de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, y forma parte del comité asesor del Teatre Lliure, donde coordina la Escola de Pensament, junto a Marina Garcés. Foto © Jordi Vera.

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