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Entrevista a José Ovejero

Fuente: Rubén Darío Fernández. Septiembre, 2015. | Publicado: 07-03-2020
Claro, también lo “fantástico maravilloso” está relacionado con lo que existe; es imposible escribir algo que no tenga que ver de alguna manera con la percepción humana de la realidad. Aunque escribas sobre el mago Merlín, aparecerán comportamientos abnegados o serviles, se hablará de traición o de fidelidad, de valor o cobardía. Pero vamos a acordar, para entendernos, que la fantasía tiende a girar sobre sí misma, a despegarse de la realidad para crear un mundo paralelo, mientras que la imaginación se aleja de lo real sin dejar de mirarlo por el rabillo del ojo.
Derechos: José Ovejero.
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Tengo un gran desasosiego con la palabra fantasía, con este término, como si cuando la gente pensara en qué es la fantasía, lo primero que le viniera a la mente son cosas irrealizables, que no pueden existir más allá de nuestra imaginación. Y sin embargo, la fantasía, es nuestra imaginación creando en su esplendor, pero no sólo imposibles, sino muy posibles con nuestra capacidad de abrir horizontes nuevos trabajando con nuestros recuerdos e imaginando lo futuro realizable. José ¿qué es para ti la fantasía?

Empezamos con un tema complicado, porque antes de ponernos a hablar de verdad tenemos que concretar un poco la terminología, es decir, dejar claro de qué hablamos. Yo no suelo usar la palabra fantasía cuando me refiero a mi trabajo, sino la palabra imaginación, precisamente porque “fantasía” me parece una palabra demasiado contaminada; bien se la considera cercana a lo infantil, bien a géneros literarios muy específicos que crean mundos alternativos –o, como los llamaba Tolkien, mundos secundarios–, o a la fantasía épica... Por supuesto, en cuanto hablamos de literatura fantástica aparecen nombres como Cortázar o Poe o Shelley –y yo incluiría algunas de las obras de Kafka–, pero, como dices, lo más frecuente es que la palabra fantasía haga pensar en mundos desligados de la realidad en la que nos movemos. Por eso, para no llevar la conversación por el mal camino, suelo preferir hablar de imaginación, es decir, del uso que tiene mi cerebro para crear imágenes de cosas inexistentes, pero relacionadas con las que existen.



Claro, también lo “fantástico maravilloso” está relacionado con lo que existe; es imposible escribir algo que no tenga que ver de alguna manera con la percepción humana de la realidad. Aunque escribas sobre el mago Merlín, aparecerán comportamientos abnegados o serviles, se hablará de traición o de fidelidad, de valor o cobardía. Pero vamos a acordar, para entendernos, que la fantasía tiende a girar sobre sí misma, a despegarse de la realidad para crear un mundo paralelo, mientras que la imaginación se aleja de lo real sin dejar de mirarlo por el rabillo del ojo.



Por dejarnos llevar un poco, ¿cómo crees que se desenvuelve, cómo funciona, cuál es su finalidad, de esta capacidad de crear con los recuerdos y fantasear, imaginar, crear en pensamientos lo que aún no existe más que como abstracción?

La imaginación puede tener una función conservadora y una liberadora. Imaginar puede permitirnos escapar a la realidad, olvidarla, negarla; esa es la función conservadora, la de quien imagina un refugio y se encierra allí para no enfrentarse a una realidad desagradable. Digo que es conservadora cuando se convierte en hábito; todos necesitamos un refugio en algún momento. Pero el uso de la ficción para olvidar la realidad tiene algo de enfermizo, manifiesta una resignación a la impotencia.
En su función liberadora, la imaginación crea espacios y situaciones inexistentes pero que remiten a aquellos en los que vivimos. Yo no he estado ni creo que quiera estar en las historias que se cuentan en La historia del ojo o El Astillero o Cosecha de huesos; sin embargo, desplazarme allí con la imaginación me ayuda a entender muchas cosas de mi vida o de lo que me rodea. Me cambia, en el sentido de que amplía mi percepción. Y si amplía mi percepción, amplía también mis posibilidades de acción.

Como historiador ¿cómo crees que nuestra capacidad de imaginar varía, ha variado, según nos situemos en distintas épocas de nuestra Historia o regiones geopolíticas?

La de historiador es una etiqueta que me queda demasiado grande; estudié historia, mis primeras publicaciones tienen que ver con la cultura egipcia... pero de eso hace mucho. Me ha quedado un interés por la historia y una comprensión de la realidad que siempre pasa por entender su evolución previa.



En cuanto a la pregunta sobre la evolución de la capacidad de imaginar, ésta siempre está limitada por nuestros valores, nuestros afectos y nuestro conocimiento, que son los tres filtros esenciales por los que miramos lo que nos rodea. Y estos tres filtros, aunque tengan características distintas en cada individuo, están muy condicionados por la época en la que vives.



El Quijote no podría haberse escrito en el siglo XIII ni La Regenta en el XVII, porque los autores no habrían sido capaces ni siquiera de plantearse esos temas y ese enfoque En La Regenta, como en La Señora Bovary o en Ana Karenina se están manifestando ya temas que tienen que ver con la opresión de la mujer y que por tanto anticipan la dinámica de los movimientos feministas. Al mismo tiempo, ninguno de los tres es capaz de imaginar un final mejor para su protagonista. Creo que en estas tres novelas se ve cómo el artista es capaz de usar la imaginación para articular lo que está latente pero no expreso en una sociedad, y al mismo tiempo su incapacidad para rebasar ciertos límites impuestos por el espíritu de la época.
Quizá uno de los cambios más significativos en el uso de la imaginación como herramienta artística es, que de estar vinculada a la religión y muy estrechamente sometida a la moral dominante, en las últimas décadas ha obtenido una libertad sin precedentes –que ya sé que no es absoluta–. Hoy puedes plasmar cosas que hace cincuenta años te habrían llevado a la cárcel o por lo menos a la prohibición de tu obra. Flaubert tuvo que defender La señora Bovary ante un tribunal, Lolita fue prohibida en varios países..., ¡incluso el Ulises de Joyce fue prohibido en Inglaterra! Así que lo que puede haber cambiado es que hay una mayor autonomía de la imaginación frente a las normas; por eso es posible que hoy el artista o el pensador se autolimiten menos, tengan menos miedo a imaginar lo inimaginable... aunque también son sujetos de su época.

¿Cuáles piensas que han sido las creaciones –a cualquier nivel, desde el político al artístico– que más han sorprendido por su novedad, por haber parecido salir de la nada, así, en un golpe de imaginación y lo cambiaron todo?

Dices bien “haber parecido salir de la nada”, porque es siempre una impresión. Toda creación, toda idea, tiene antecedentes. A menudo vemos la obra de un artista y nos parece completamente novedosa, pero es un espejismo causado por el desconocimiento: no sólo suele haber otros artistas haciendo cosas similares, aunque tengamos menos noticias de ellos, también el ambiente intelectual propicia esa obra supuestamente salida de la nada. En busca del tiempo perdido y el Ulises no serían concebibles sin el desarrollo y la vulgarización de las teorías psicológicas, sobre todo el psicoanálisis, a inicios del siglo XX. El flujo de conciencia no lo inventa Joyce, y de hecho ya existía como concepto cuando publica el Ulises. El gran mérito de esas obras rompedoras es que sacan a la superficie un magma que estaba en ebullición aunque casi nadie se hubiese dado cuenta.

El hecho del escritor es muy revelador para mostrar cómo funciona la fantasía, con esos fogonazos de lucidez creativa en nuestra mente que luego transcribimos con palabras. ¿Cómo es tu proceso creativo y cómo sientes que influye en el imaginario del lector?

Mi proceso creativo es muy sencillo: imagino una posibilidad y comienzo a trabajar para desarrollarla y ver qué sucede. Por ejemplo, imagino que a un hombre le llaman de madrugada para anunciarle la muerte de una mujer a la que no conoce. Así nace La invención del amor. O imagino que una joven tiene un defecto genético que hace que envejezca muy despacio y que no se ponga enferma; y casi al mismo tiempo pienso en un adorador de la Santa Muerte a quien parece un sacrilegio que alguien pueda vivir para siempre. Así nace mi última novela, Los ángeles feroces.



Son situaciones muy distintas, una más cercana a la realidad en la que yo vivo, otra que podría sugerir mundos distópicos; pero el trabajo imaginativo es similar: consiste en la construcción del entorno en el que se desenvuelven esos personajes, sus relaciones, y, sobre todo, cómo se sienten en la situación en la que viven y por tanto cómo reaccionan ante lo que les rodea.



En cuanto a influir en el imaginario del lector, eso es algo que escapa a mi control: cada lector interpreta lo que lee de acuerdo con su propia experiencia de la realidad, con sus prejuicios, con lo que busca leyendo. Yo construyo un mundo que el lector destruye en parte para construir el suyo.

Libros de Isaac Asimov, Julio Verne, el 1984 de Orwell, no sé, ejemplos a cientos, que los enmarcan dentro del género literario fantástico o del de ciencia-ficción, me hace un poco hervir la sangre, porque en cierto modo, siento que se las aleja de lo posible, de lo real, como si se les quitara su potencia -aristotélica- de ser. ¿Qué obras literarias te han sorprendido por hallarse marcadas bajo esos géneros y por qué?

Yo creo que están bien incluidos en esos géneros, aun concediendo que cualquier taxonomía exige una simplificación: no hay dos novelas iguales, sin embargo, ateniéndonos a ciertos criterios podemos meter algunas en el mismo grupo. Lo que no tiene sentido es pensar que la ciencia ficción o la literatura fantástica estén necesariamente alejadas de lo real. Las historias creadas por Philip K. Dick, por ejemplo, son más cercanas a lo real que la mayoría de las novelas románticas.



Una obra que me ha sorprendido, porque esperaba encontrarme con una de esas obras de fantasía distópica que entretienen con la creación de mundos tan ocurrentes como banales, ha sido el primer volumen de Los juegos del hambre. Puede parecer una novela distópica de aventuras, con tiranos y rebeldes, con historia de amor, peligro, heroísmo... y no me interesó tanto el mundo inventado, como las decisiones morales a las que están sometidos los héroes.



Hace poco, hablando en un instituto sobre la utilidad de la literatura, conversaba con los alumnos sobre cómo una obra así no habla de mundos ajenos sino del nuestro, más concretamente, del suyo, el de esos adolescentes que oyen de la mañana a la noche que ya no basta con ser buenos, que hay que ser el mejor, que hay que competir, destacar, triunfar. Y la novela plantea el dilema moral de cómo sobrevivir en un mundo así, en el que tienes que eliminar –física o metafóricamente– al contrario, sin convertirte en ese monstruo en el que debes ser; ¿es posible mantener un comportamiento ético en un entorno así? ¿Puedes adaptarte en parte o cualquier adaptación es una manera de rendirse?  ¿Es posible usar las herramientas que te da el poder contra el poder? Por todo ello me pareció un libro interesantísimo y sorprendente.

Sobre tu literatura, pues escribes absolutamente de todo, ¿dónde sientes que tu fantasía vuela más libre?

He atravesado diferentes fases. Hace años me sentía más libre en el cuento, menos maniatado por las exigencias que te va planteando una novela. Pero hoy me siento más libre con la novela. Y además creo que estoy evolucionando, incluso dentro de ese género, hacia una mayor libertad narrativa y hacia un uso mayor de la imaginación. Imaginación, que no es lo que predomina en la literatura española; estilo y tema son más importantes hoy que la imaginación.



Ahora mismo parece que la autoficción,  la metaliteratura, la novela psicológica y la novela que pretende retratar algún aspecto de la sociedad son las que priman. Por supuesto que en esos géneros y corrientes hay invención, hay ficción y por tanto imaginación, pero a menudo parece que ésta es una parte menor, una nota al pie de página de la realidad.



No sé si esto es bueno o malo, no creo que sea esa la cuestión, tan sólo observo esa tendencia y sus posibles rasgos conservadores. Supongo que tiene que ver con el desprestigio actual de la ficción, con la necesidad de que lo que escribimos esté “basado en hechos reales”.

Has recibido varios premios de gran importancia en los últimos años, ¿te están cambiando mucho la vida? Y enhorabuena por todos ellos.

Gracias. Los premios que tienen una buena dotación económica te cambian la vida en el sentido de que te dan libertad para trabajar un tiempo sin pensar en los ingresos. Por lo demás, ganar ciertos premios te causa mucha satisfacción: yo sé que ganar el Anagrama de ensayo no va a permitirme vivir desahogadamente ni tampoco me va a convertir en un referente del mundo del ensayo, sobre todo teniendo en cuenta la discontinuidad de mi trabajo ensayístico; pero me produce una enorme satisfacción que, precisamente porque no es mi terreno natural, me concedan un premio de ese prestigio en dicho género.



De todas formas, hay que ser consciente de que una novela que ha ganado un premio, si la hubieses presentado a otro, es muy probable que no lo hubiese ganado. Sencillamente has tenido la suerte de encontrar un jurado al que le ha gustado eso que escribes, o, más bien, que a parte de un jurado le ha gustado y han sabido convencer a los otros miembros.



Así que los premios te ayudan a vivir mejor, te animan de vez en cuando, dan mayor visibilidad a tu obra, pero tampoco hay que concederles más importancia. Porque lo que importa, al final, es la calidad de cada libro que escribes.

La ética de la crueldad... ¿la crueldad como vehículo para estimular la imaginación? Coméntanos sobre este libro por favor, muy al hilo de lo que hemos hablado.

En realidad, ya he contestado al hacerlo a la segunda pregunta. En La ética de la crueldad hablo de esa literatura que nos obliga a imaginar lo que preferiríamos desconocer, a asomarnos a lugares que pueden ser dolorosos o incómodos, a, mediante el uso de la ficción, entender y sentir lo que somos, aunque deseásemos no serlo. Y, como decía más arriba, al ampliar nuestro conocimiento amplían también nuestra posibilidad de actuar. En eso soy muy spinoziano: creo que conocimiento y voluntad son la misma cosa.

Para terminar: ¿Es la fantasía, realmente, el arma más cargada de futuro? ¿Cómo imaginas nuestras vidas, muy en general, dentro de veinte años? ¿Y dentro de cien?

Supongo que cuando preguntas por nuestras vidas dentro de cien años no te refieres ni a la mía ni a la tuya.



La fantasía no sirve para cambiar la realidad, pero sirve para imaginar posibilidades de hacerlo. Sin imaginación, la posibilidad de cambio ni existe, salvo los cambios que impongan las circunstancias. Tengo que ser capaz de pensar lo que no existe para dirigirme hacia ello.



Es la utilidad de las utopías: por definición son inalcanzables, pero de camino se puede llegar a lugares interesantes. Aquel eslogan que decía “sé realista, pide lo imposible”, no era tan paradójico como parecía. El realismo es la coartada de quienes prefieren que no cambie gran cosa.
En veinte años no imagino grandes cambios: seguiremos más o menos como ahora, algo más tecnificados, algo más aislados. La capacidad de absorción que tienen los sistemas políticos y económicos de los impulsos de cambio están muy desarrollados. También su capacidad de manipulación. Espero, sin embargo, que la tendencia a la destrucción de las libertades y del bien común como un objetivo de la sociedad se revierta.
De todas maneras, uno de los personajes de mi última novela, dice: “El futuro no existe. El tiempo es un invento de los poderosos.” Y tiene razón; lo importante no es imaginar el futuro. Lo que de verdad importa es imaginar el presente.


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José Ovejero

José Ovejero

Nací en Madrid en 1958. Buena parte de mi vida adulta la he pasado en el extranjero (Bonn y Bruselas) y hoy vivo en Madrid. Mi primera publicación fue un libro de poemas narrativos sobre Henry Morton Stanley. Luego vienen un ensayo sobre Bruselas, un libro de cuentos y una novela. Esas cuatro publicaciones marcan lo que va a ser un rasgo de mi trabajo: la exploración de los distintos géneros. Desde entonces he publicado novelas, libros de cuentos, poesía, teatro, libros de viajes y ensayos, por los que he recibido algunos premios, muchas alegrías y alguna frustración. Mis libros han recibido diversos premios, y quizá los mejores años en este sentido hayan sido el 2012 y el 2013. Mi ensayo La ética de la crueldad obtuvo en esos años el Premio Anagrama, el Premio Bento Spinoza y el premio Estado Crítico; y mi novela La invención del amor recibió en 2013 el Premio Alfaguara. En 2017 he recibido el premio Juan Gil-Albert de poesía por mi libro Mujer lenta. Mis artículos y relatos se publican en diferentes periódicos, revistas y antologías, tanto en España como en el extranjero. En la actualidad coordino la sección de cultura de la revista La Marea. He dado conferencias en universidades e instituciones culturales en España, Italia, Estados Unidos, Bélgica, Francia, Canadá, Australia, Argentina, Ecuador, México y otros países. También imparto regularmente talleres de escritura creativa en diversos centros y universidades españoles y extranjeros. En 2017 he realizado junto con Edurne Portela el documental Vida y ficción. He traducido ocho obras de teatro de Agota Kristof y la novela Los motivos de Aurora, de Erich Hackl. Mi última obra publicada es Insurrección, Galaxia Gutenberg 2019.

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