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Entrevista a Eloy Tizón

Fuente: Rubén Darío Fernández. Julio, 2016. | Publicado: 21-03-2020
Creo que es bastante evidente que la memoria es, antes que nada, un relato. La capacidad mnemotécnica del ser humano tiene una sustancia narrativa; la estructura de una historia. Construimos nuestra propia identidad a base de ficciones –o retazos de ficciones– que sirven para explicarnos a nosotros mismos quiénes somos, quiénes son los demás y dotar de sentido al mundo.
Derechos: Eloy Tizón.
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Eloy, ¿cómo definirías lo que sea la memoria?

Creo que es bastante evidente que la memoria es, antes que nada, un relato. La capacidad mnemotécnica del ser humano tiene una sustancia narrativa; la estructura de una historia. Construimos nuestra propia identidad a base de ficciones –o retazos de ficciones– que sirven para explicarnos a nosotros mismos quiénes somos, quiénes son los demás y dotar de sentido al mundo.



Proust hablaba de dos niveles de memoria: la memoria voluntaria, armada con tesón y mantenida a pulso, que nos incita a escribir nuestra autobiografía o a llevar un diario; esa es la memoria combativa, política, que depende de nosotros y que se puede entrenar. Y luego está esa otra memoria involuntaria, alternativa y lírica, un fogonazo musical que irrumpe sólo cuando se le antoja.



Viene a través de un aroma o una música y nos sobresalta con una incursión al pasado en forma de magdalena mojada en té o de tropezón en una baldosa desnivelada, lo cual nos permite desdoblarnos para estar en dos lugares distintos y dos tiempos a la vez: Venecia y París. Esa es la memoria del cuerpo, la memoria del corazón, física, táctil, la máquina del tiempo. Por eso, Kavafis comienza su poema con las palabras acertadas: «Recuerda, cuerpo».

¿Se podría decir que somos sólo recuerdos? Es decir, estaba pensando un poco en esto, de manera radical, digamos, y por ejemplo, cuando uno muere ¿qué garantía habría de que todo sigue ahí y no se ha esfumado con nuestros recuerdos...? Para darle vueltas al tarro y divagar…

Se podría afirmar, sí, que cuando falla nuestra memoria, falla nuestra identidad. Algo se apaga. El cerebro en sombra. Las conexiones neuronales tachadas. Olvidamos quiénes somos. Los enfermos de alzhéimer pierden su posesión más valiosa: su relato personal. En ellos no hay biografía, no hay nombres, no hay discurso, son las personas más solas del mundo. Es el silencio y el blanco absolutos. La nada.



El caso contrario, casi igual de aterrador, sería el de Funes el Memorioso, el personaje de Borges incapaz de olvidar nada y ni siquiera de dormir, puesto que dormir es distraerse. Recordarlo todo, hasta el mínimo pormenor, equivaldría a vivir en un infierno.



Borges ha jugado mucho con las paradojas de la memoria, como en ese otro cuento en que un personaje recibe como herencia una memoria ajena: empieza a vislumbrar recuerdos que no son suyos, conversaciones ajenas en un idioma antiguo, de otro siglo, hasta que poco a poco averigua que en su mente ha anidado la memoria –nada menos– de William Shakespeare.

Bajando un poco a lo esperado, a que todo sigue ahí después de que uno muere y la vida es como creemos, un sumatorio de vidas que van recordando cada uno lo suyo... ¿qué papel juega el lenguaje en nuestra memoria?

Es el actor principal. Si admitimos que la memoria es un relato, entonces también cabría decir que es un suceso verbal, dado que por lo general contamos con palabras. Las imágenes también sirven para contar historias, desde luego, y están por lo tanto muy asociadas a la memoria (como en el cine), pero nuestro vehículo de transmisión más constante y asombroso es el idioma, dentro de cuya red vivimos y morimos. Fuera del lenguaje, ¿hay algo? Es dudoso. Esto nos conduce a la conocida sentencia de Wittgenstein: «Los limites de mi lenguaje son los limites de mi mundo», con la cual estoy de acuerdo. Por expresarlo de otro modo: decir es ser.


¿Nuestros recuerdos del pasado –en fin, siempre son del pasado...– son realmente maleables con el paso del tiempo y van cambiando con nuestras nuevas experiencias o sólo varía la forma o el sentir sobre lo sucedido?

Obviamente, la memoria es una energía artística. El pasado no es algo fijo, monolítico, sino un tapiz fluctuante, cinematográfico, que vamos perfeccionando –añadiendo y suprimiendo pinceladas– a lo largo de las décadas.



Ese relato que nos contamos a nosotros mismos y a los demás a lo largo del tiempo acerca de quiénes somos y qué nos ha ocurrido, no se mantiene inmutable, sino que se transforma, evoluciona, se expande o contrae. Es nuestra novela portátil, en permanente proceso de recapitulación.



Para salirnos por otro camino... ¿qué piensas de la Inteligencia Artificial?

Sé muy poco de eso, lo reconozco. Me hace pensar en el caso de los replicantes de Blade Runner, ¿te acuerdas?, a los que se les había injertado recuerdos artificiales que ellos tomaban por auténticos, apoyados en álbumes de fotos familiares. ¿Puede ser todo mentira? ¿Incluso nuestra memoria sentimental, las fotos con nuestros padres y abuelos, aquel verano en el mar? Sin embargo, exagerando un poco, podemos decir que todos manejamos recuerdos modificados. Todos somos, en cierto sentido, un poco replicantes.

¿Cuál es tu mejor recuerdo? ¿Y el peor?

Es difícil precisarlo. El peor, sin duda alguna, la muerte temprana de mi hermana mayor, con tan sólo 30 años. Fue un suceso, como cualquiera comprenderá, de desgarro y aturdimiento totales; un duelo muy doloroso.
Los mejores (hablo en plural) tienen que ver con esos instantes de plenitud en que nos sentimos de golpe reconectados al mundo, totalmente presentes, agraciados y casi bendecidos por una oleada de dicha y gratitud tanto física como mental. Las causas pueden ser múltiples: una jornada productiva de escritura o la conciencia feliz de estar en el momento adecuado con la persona adecuada.


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Eloy Tizón

Eloy Tizón

Eloy Tizón (Madrid, 1964) es autor de tres libros de relatos: Técnicas de iluminación (2013), Parpadeos (2006) y Velocidad de los jardines (1992, 2017); y de tres novelas: La voz cantante (2004), Labia (2001) y Seda salvaje (1995). Ha sido incluido entre los mejores narradores europeos en la antología Best European Fiction 2013, prologada por John Banville. Sus obras han sido traducidas a diferentes idiomas y forman parte de numerosas antologías. Colaborador asiduo en medios de comunicación desde joven, durante cuatro años mantuvo en El Cultural una columna titulada Vértigos. En la actualidad es profesor de narrativa en el centro el centro educativo Hotel Kafka y editor en Relee.

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