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Entrevista a Javier Calvo

Fuente: Rubén Darío Fernández. Enero, 2017. | Publicado: 11-04-2020
Primero de todo, una vocación, que viene de antes de que yo empezara a hacerlo de forma profesional y que espero seguir desarrollando toda mi vida. En cualquier caso, la profesionalización de la traducción me parece muy importante dentro de la vida cultural de un país, aunque le reconozco aspectos tanto positivos (la creación de un contingente de traductores literarios experimentados y capacitados para hacer de vehículo entre dos tradiciones literarias) como negativos (la industrialización del proceso que viene de forma casi inevitable).
Derechos: Javier Calvo.
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Javier, ¿qué representa para ti el hecho de traducir?

Primero de todo, una vocación, que viene de antes de que yo empezara a hacerlo de forma profesional y que espero seguir desarrollando toda mi vida. En cualquier caso, la profesionalización de la traducción me parece muy importante dentro de la vida cultural de un país, aunque le reconozco aspectos tanto positivos (la creación de un contingente de traductores literarios experimentados y capacitados para hacer de vehículo entre dos tradiciones literarias) como negativos (la industrialización del proceso que viene de forma casi inevitable). En otro orden de cosas, pienso que la traducción literaria es posiblemente a día de hoy la mejor escuela de escritura que existe. Yo abogaría por usar la traducción literaria como método principal de formación para el autor de literatura, que de hecho es algo que tiene una tradición larguísima, se remonta al mundo clásico. En mi caso ciertamente creo que ha sido mi gran escuela de escritura.

¿Es el traductor en realidad autor… o, podría considerarse como tal según el caso? A mí personalmente me gusta mucho aquello de “texto interpretado –en tal idioma– por...”. Aunque bueno, siempre depende mucho de la complejidad y carisma del texto y del lenguaje empleado, pero qué opinas sobre esto.

No, yo no creo que el traductor sea el autor del texto traducido. Me parece una exageración terrible y un menoscabo para el verdadero autor. Creo que el traductor literario debe de contar con más margen para ser creativo en su trabajo del que le permite hoy en día el sistema editorial, pero creo que ese margen tiene que servirle justamente para encontrar soluciones que le sirvan para ser más fiel al original. Fiel no en la letra, sino a todos los niveles del texto.



En mi experiencia, el traductor debe encontrar una distancia óptima con el texto original, una distancia que le permita usar sus propios recursos y llegar a los lugares adonde no puede llegar con un tipo de traducción más literal. Esto nunca se hace al servicio del traductor, sino siempre del autor traducido.



Después, mirando un poco más, muchos textos son traducidos por varias manos, primeras traducciones, luego revisores, tanto de correcta sintaxis como de estilo, convirtiéndose así en un trabajo en equipo realmente elaborado. Creo que has vivido esta experiencia de varias maneras, ¿cómo es el proceso desde dentro?

Puede ser muy frustrante, la verdad. Es cierto que el texto de las traducciones que se publican es el resultado de un trabajo colectivo, donde el traductor hace la mayor parte del trabajo y después los editores, correctores y demás departamentos de la editorial intervienen en distintos momentos.



El problema, en mi opinión, no es este trabajo colectivo en sí. La lógica que hay detrás de estas prácticas me parece saludable, y se resume en la necesidad de paliar las limitaciones y los errores del traductor individual. En la práctica surgen varios problemas. Uno es que el traductor casi nunca puede trabajar estrechamente con los correctores, ni trabajar con un corrector de confianza con el que tenga un buen entendimiento o una buena comunicación.



Lo mismo pasa con el editor: entre editor y traductor tendría que haber un contacto estrecho y un diálogo continuo. No lo hay porque no hay ni tiempo ni dinero para ello. Tanto el traductor como el corrector trabajan además con prisas y con restricciones importantes de plazos. El otro gran problema es que el proceso de edición está industrializado y casi “mecanizado”, y se utilizan normas de estilo y de corrección dictadas por instituciones como la RAE. Aunque esto no se perciba mucho, en realidad estas normas lo que hacen es uniformizar y limar las diferencias entre textos, generando un “idioma de traducciones” que tiende a ser neutro y algo pobre.

Has traducido, del inglés al castellano, casi toda la obra de David Foster Wallace, es una labor impresionante, la verdad. Por un lado, ¿cómo ha influido en tu propia literatura? Y por otro, retomando la primera pregunta, pero más en concreto ¿cómo fue traducirle, cómo lo has vivido?

Bueno, más que una influencia lo veo parte de un aprendizaje. Es difícil dejarte influir por un autor que traduces. En primer lugar porque estás todo el tiempo traduciendo a autores distintos con estilos completamente discordantes y mundos personales opuestos. Yo creo que la gran influencia que ejercen los autores que traduces es precisamente inmunizarte contra la influencia. Aprendes a ser transparente, una especie de medio o vehículo para estilos distintos. A fin de cuentas, no puedes escribir influido por todos. Lo que haces finalmente es flexibilizarte, deshacerte un poco de tu “ego”. Por otro lado, hay autores como Wallace que tienen un estilo tan avasallador que resultan completamente inimitables sin hacer el ridículo. Pero uno aprende con todos los autores que traduce y yo por ejemplo he aprendido muchísimo con muchos de ellos: Don Delillo, Denis Johnson, Iain Sinclair, Alan Moore, J. M. Coetzee, David Peace, Lovecraft, etc.

Está casi establecido tácita y académicamente el que hay que traducir al idioma materno, pero el hacerlo a la inversa creo que también puede dar buenos resultados, y siempre dependerá mucho del traductor en concreto, pero no sé, por divagar un poco, ¿qué pros y contras percibes en cada dirección?

Prácticamente nadie traduce a un idioma no nativo porque el aprendizaje es muy largo y costoso, y la adquisición de un idioma que no es tuyo desde la infancia casi siempre se detiene un paso o dos antes del nivel requerido para la traducción literaria.



Esto solamente se puede contrarrestar con circunstancias vitales muy concretas, que son las mismas exactamente que se requieren para empezar a escribir tu obra original en un idioma adquirido y no en uno natal. En cuanto uno se vuelve competente para escribir en un idioma adquirido, ya puede traducir en ese idioma, obviamente.



Y aunque no es una circunstancia muy habitual, cabe pensar que lo será cada vez más porque el mundo es cada vez más global y la gente cada vez cambia más de país y de tradición.

Ha salido hace poco tu ensayo “El fantasma en el libro”, que abres de una manera muy bella y potente: “La Historia de la Traducción puede leerse como un cuento. Su argumento sería bastante tradicional: la historia de una Caída. De lo sagrado a lo profano. De lo heroico a lo cotidiano.” Y sigues con los Setenta Traductores, es buenísimo. ¿Cuál es el fantasma que descubriremos, qué nos ofreces en esta obra sobre el mundo de la traducción y los traductores?

Es un libro que puede parecer de divulgación, aunque supongo que en realidad es más bien un libro de tesis basado en mi experiencia y mis opiniones personales. Supongo que se ha leído como un libro más divulgativo o didáctico porque hace una crónica de la historia de la traducción muy orientada al público lector que está interesado en la literatura pero no necesaria o particularmente en la traducción.



En este sentido todo el argumento está hilvanado a base de ejemplos de autores y autoras del canon que todo el mundo conoce o al menos de quienes todo el mundo ha oído hablar. En última instancia, sin embargo, el libro funciona a partir de la contraposición entre el tiempo en que la traducción literaria era una modalidad de la creación literaria y el tiempo en que la traducción literaria se convirtió en una actividad industrial basada en la competencia idiomática.



Es un texto abiertamente nostálgico, que incluye un diagnóstico del presente en términos no demasiado positivos, aunque tampoco me parece un libro pesimista. En cualquier caso, siempre pensé que debía existir un tratado sobre la traducción literaria al alcance del gran público, en una gran editorial y que se centrara en el idioma español. El problema con la literatura sobre la traducción, en mi opinión, es que o bien suele restringirse a un discurso académico (en mi opinión estéril) o bien es difícil de encontrar o incluso está orientada básicamente a escritores. Por ejemplo, algunos de mis libros favoritos sobre traducción, de Octavio Paz, César Aira o Marcelo Cohen, salieron en editoriales pequeñas y son muy difíciles de conseguir. Supongo que en cierta manera, aunque mi interés personal no está necesariamente alineado con lo masivo ni lo comercial ni la escena de las grandes editoriales, quería con este libro ir un poco por ahí.


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Javier Calvo

Javier Calvo

Javier Calvo, Barcelona, 1973. Es desde sus inicios un narrador curtido en las más oscuras trincheras literarias (su pasión por H.P. Lovecraft y toda la narrativa gótica del XIX, la superstición, el victorianismo, el momento en el que Viejo y el Nuevo Mundo se confundían, se superponían, buscaban aliados aquí y allá, queda más que patente en cada uno de sus escritos), pero también, un narrador universal, por lo que tienen de singulares sus historias, que consiguen extraer de la realidad una parte para analizarla en un mundo paralelo, tan parecido al real que resulta incluso más real que el que pisamos. Curtido y respetado traductor (lo ha sido de Ted Hughes, Ezra Pound, David Foster Wallace, Chuck Palahniuk, J.M. Coetzee, Donald Ray Pollock y un largo e impresionante etcétera) y guionista ocasional (suyo es el guión de Remake, de Roger Gual), Calvo debutó como narrador en 2001, con la recopilación de lisérgicos relatos Risas enlatadas, a la que siguió su primera novela, El dios reflectante (2003). En 2005 volvió a los cuentos, con la brillante Los ríos perdidos de Londres, y dos años después publicó la novela que lo llevaría a organizar lecturas en librerías norteamericanas: Mundo Maravilloso. Traducida al inglés, el francés, el alemán y el italiano, y publicada, con un enorme éxito de crítica, en otros tantos países, la novela fue finalista del premio Fundación José Manuel Lara en 2008, y relanzó al autor, que sus contemporáneos habían vinculado sin su consentimiento a la llamada Generación Nocilla, situándolo en un nuevo escenario, el de la mejor y más personal narrativa española de los últimos años. En esa línea apuntaba su anterior trabajo, Corona de flores, novela en la que el espíritu zapping de sus primeras obras dio paso a un entramado dickensiano narrado con un envidiable (y siempre muy propio) pulso narrativo. Pulso con el que también está construido El jardín colgante, novela en la que Calvo alcanza una nueva cima en su narrativa, propia de un narrador en mayúsculas. Acaba de publicar el ensayo sobre la traducción El fantasma en el libro (Seix Barral, 2016).

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