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Palabras al lienzo: IV. Caravaggio

Fuente: Fran Norte | Publicado: 12-08-2017
Derechos: David y Goliat. Caravaggio.

Recuerdo la primera vez que vi una pintura de Caravaggio, siendo aún bastante joven, saliendo de la infancia, en el escaparate de una librería al pasar por la calle yendo de salida con la profesora y los compañeros de clase. Imagino que sería un libro sobre él, no lo sé, pero tenía el cuadro de David sosteniendo la cabeza de Goliat como portada. Sería unos años más tarde cuando supiera qué representaba esa escena. Me impresionó muchísimo el realismo que transmitía, parecía una fotografía, muy antigua, pero muy real, tremendamente cercana, de una decapitación con espada, algo muy bestia, pensado en frío. Y además siendo un niño el que tenía la cabeza de un adulto en una mano y una espada en la otra. Es una pintura extrema… y más todavía cuando la observa una mente joven que aún va descubriendo el mundo a cada paso. Unos años después, a partir de los últimos años de instituto, comencé a interesarme mucho por la pintura y descubrí el cuadro de nuevo haciendo un trabajo para una asignatura, la de Filosofía, creo recordar. Ahí ya supe quién era, qué representaba la escena que había dibujado, y me lancé de cabeza a buscar libros en que apareciera él, sus pinturas. De aquélla Internet no estaba extendido, estaba comenzando, y para buscar algo tenías que tirar de enciclopedias caseras y de paseos a la biblioteca, pasillo arriba, pasillo abajo, sacando libros de las estanterías como quien descubre tesoros. Pura magia. Te sentías un explorador. El recuerdo de ver sus pinturas en los libros no se me borra de la memoria, estaban vivas, venían de otro mundo pero eran de éste, impresionaban. Cómo ha cambiado todo en muy pocos años. Luego en la Universidad ya me empapé bien de Caravaggio y de muchos más. Pero Caravaggio fue el primero que me hizo entender el inmenso poder que puede tener una imagen, un simple dibujo, determinada escena.



Él nació en 1571, en Milán, con el Renacimiento dando sus últimos coletazos, y murió bastante joven, aunque para la época no era sumamente extraño, en realidad, con treinta y ocho años, en 1610. Michelangelo Merisi da Caravaggio, era su nombre. Los Merisi eran una familia de cierta relevancia en la ciudad de Caravaggio, a treinta y cinco kilómetros hacia el este de Milán.


En Milán murió el padre cuando él tenía cinco años, a causa de la peste, y la familia regresó a donde tenía sus raíces, a Caravaggio. Con trece años retornó a Milán como aprendiz, al taller de pintura del artista Simón Peterzano. Ahí comenzaría su educación artística, basada en el manierismo, movimiento del que pronto saldría de su órbita y de sus preceptos para transformar la pintura con el estilo que terminaría llamándose con el tiempo como Barroco, estilo que nacería fruto de las reformas que estaban ocurriendo en el seno de la Iglesia Católica, inmersa en la búsqueda de acercar su religión al pueblo, promoviendo un arte en el que la plebe pudiera verse más reflejado, acortando las distancias entre lo sagrado y lo cotidiano, rebajando las representaciones idealizadas y aristocratizadas para renovarse en un arte de rostros identificables por el pueblo. Buscando justamente lo que hizo que de niño me sorprendiera tanto con esa imagen de David y la cabeza de Goliat, la semejanza con cualquier joven que paseara por la calle, un rostro normal, con la cabeza de un adulto normal en su mano.



El Barroco, y Caravaggio, más que nadie, consiguieron que el populacho pudiera verse reflejado en las escenas mitológicas, religiosas, se reconocía en ellas, se veía en ellas como quien se mira al espejo, como quien mira a la gente corriente en torno suya.


Era el nuevo mecanismo de la Iglesia Católica para atrapar aún más fuerte a sus fieles, humanizar las representaciones de sus creencias. Bajaron la idealización al suelo, a pie de calle, de calle embarrada, de ropas sucias y rotas, de rostros tristes, marcados y endurecidos por vidas ásperas, embrutecidas. Caravaggio fue maestro en este naturalismo. Él y Annibale Carracci serían las dos figuras más representativas del Barroco italiano. Fueron sin embargo de estilos contrapuestos. Carracci era luminoso, clasicista, idealizador, revitalizador del arte de la Antigüedad Clásica, retornando al Renacimiento. El de Caravaggio fue un estilo naturalista y lúgubre, sombrío, expresivo hasta el exceso, donde sus juegos tan medidos de luces y sombras y la naturalidad de los rostros que pintaba intensificaban todavía más el drama de sus escenas, haciéndolas siempre reconocibles por el vulgo.


Saliéndonos de lo que pudiera representar el Barroco y su función original, y perdiéndonos en la vida de Caravaggio, es realmente entretenida y vibrante su biografía, casi sacada de un poema épico de la antigüedad o de una novela negra de la actualidad, llena de violencia y peleas callejeras, palizas, asesinatos e intentos de asesinato, pues mató a un hombre a puñaladas, a Ranuccio Tomassoni en una pelea durante un partido de pallacorda, y tiempo antes casi a otro, a Mariano Pasqualone, a hachazos en la cabeza, pero éste sobrevivió, perseguido por la justicia y por los enemigos que se iba creando, condenado a muerte por decapitación, huyendo fugitivo de una ciudad a otra, refugiado por familias poderosas, nombrado Caballero de la Orden de Malta y expulsado después por pelearse con otro de los caballeros de la orden, alejado por amigos que dejaban de serlo por su carácter sin remedio, bisexual, amigo y amante de prostitutas y asiduo de la vida de los bajos fondos de las urbes, tratando de buscar el perdón al final de sus días. Caravaggio era, según parece, enérgico en demasía y bravucón, una fiera fuera de su entorno natural, desmedido, violento, un desesperado de la vida, tenebroso como su pintura lo reflejaría. Su biografía se correspondería más con la de un salvaje agresivo al que obligan a vivir en una sociedad medio civilizada que con la de un pintor que decoraba iglesias… pero fue como fue e hizo lo que hizo, un talento fuera de lo normal en una vida fuera de lo común, de fábula tremendista.



Fue realmente curioso su paso por la vida. Se dice que nunca se encontró su cuerpo, pero que murió de fiebre, por pulmonía o disentería, solo y tirado en las playas de Porto Ercole, según anunciaron publicaciones privadas de la época, cuando viajaba hacia Roma para recibir el perdón del Papa por el asesinato de Ranuccio Tomassoni.


Meses antes parece ser que recibió una tremenda paliza, tal vez encargada por el caballero de la Orden de Malta con quien se había peleado años atrás, según se cuenta. En ese lapso de tiempo, y desfigurado su rostro por los golpes recibidos, además de otras pocas creaciones, pintaría su David con la cabeza de Goliat.


Vivió en Caravaggio, en Milán, en Nápoles, en Malta, en Sicilia, Siracusa, Messina, Palermo, pero sobre todo en Roma, donde fue encarcelado varias veces por peleas, y finalmente perseguido por la justicia por su crimen, partiendo de ahí su huida a ciudades donde la jurisdicción de Roma no alcanzaba. Pero fue en Roma donde recibió los encargos más importantes de su vida, para la nobleza y para la iglesia, teniendo presencia sus cuadros en multitud de iglesias barrocas, como la relevante Capilla Contarelli, en la iglesia de San Luis de los Franceses, la cual haría de trampolín para su reconocimiento. Sin embargo no todas las facciones de la Iglesia aceptarían los trabajos que le encargaban y muchas de sus obras terminarían siendo adquiridas por particulares tras el rechazo, como por el mismo Rubens.



El naturalismo que ofrecía Caravaggio era total, sin concesiones, y para pintar vírgenes y santos, escenas religiosas, utilizaba sin reparo como modelos a prostitutas, chaperos, gentes de la calle, y así quedaban reflejados en sus pinturas, sin omitir detalles ni embellecer, la vida al natural y al máximo de expresividad representando la santidad.


El efecto era lógicamente provocador, más allá del acercamiento al pueblo que buscaba la Iglesia Caravaggio rebasaba lo buscado, era en extremo realista, llegando a lo grotesco de la vida circundante, para representar lo religioso, las alegorías, las escenas mitológicas. Caravaggio estaba muy por encima de lo que su época necesitaba y le requería, con un talento inusual, desmedido como su carácter y su vida. Pinturas tan increíbles como su San Jerónimo escribiendo o las espectaculares La incredulidad de Santo Tomás, El sacrificio de Isaac, Crucifixión de San Pedro, Judit decapitando a Holofernes, El martirio de San Mateo, muestran cómo el pueblo más llano ascendía a los cielos desde los pinceles de Caravaggio. Convertía en carne lo más espiritual. Era inconmensurable, Michelangelo Merisi da Caravaggio. Creó escuela en su tiempo y hasta hoy, cuatrocientos años después, que en realidad no son tantos, llega el asombro al mirar cualquiera de sus lienzos. Fuerza, precisión, dedicación, un pintor de raza, de calidad radical, genio y figura, claro, así era Caravaggio.


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