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Palabras al lienzo: VII. Caspar David Friedrich

Fuente: Fran Norte | Publicado: 19-10-2017
Derechos: El caminante sobre un mar de nubes, 1818. Caspar David Friedrich.

Hay algo en los cuadros de Caspar David Friedrich que le hace a uno perderse en ellos, interiorizarse en sus paisajes, fundirse con sus imágenes, una especie de abismo que nos atrae y que seguimos hacia su profundidad sin hacernos preguntas, sólo llevados por cierta emoción, más bien conmoción, ante la intensa inmensidad que reflejan sus obras. Podemos pasear por su interior, meter un pie en su dibujo y transitarlo a lo largo de días. Hay además una historia que nos cuenta, un relato con aires de ancestralidad que imaginamos ante sus cuadros, con un realismo casi mágico que nace en lo probable, en lo tangible, y que sin embargo, inmersos en el realismo de sus creaciones, sabemos que nunca podremos acceder a los paisajes que recreaba. Más que idealizados, son entornos soñados, pero reales, caminables.



Cuando se habla de Caspar David Friedrich se habla de lo sublime, y con razón. Se habla de la inmensidad de la naturaleza que nos rodea y engulle, se habla de la fuerza y el vigor de la vida en estado natural, salvaje, con el ser humano como sencillo espectador, abrumado por la tierra que late bajo sus pisadas y la extensión inabarcable del mundo que observa. Sus horizontes son tan lejanos como un misterio. Dibujaba lo indescifrable de la naturaleza. La soledad. La quietud, la inquietante calma de las lejanías.


Nació en 1774 en la ciudad de Greifswald, en la actual Alemania, pero bajo dominio sueco en su nacimiento, y murió en 1840, en Dresde, ciudad en la que residió desde 1798. Su madre moriría cuando él tenía siete años pero llegaría a tener un total de nueve hermanos, aunque tres de ellos fallecieron a edades tempranas. La muerte estuvo muy presente en sus primeros años de vida. Su hermano Johann Christofer, de doce años, un año menor que él, murió cuando trataba de rescatarlo del agua, tras haberse hundido Caspar entre los bloques de hielo de la superficie de un lago, según cuentan algunas versiones, en otras, él habría caído del bote en que navegaban juntos. Su hermana Elisabeth murió de viruela en 1782 y su hermana Maria, de tifus, en 1791. Tener diecisiete años y haber visto morir a tres hermanos y a tu madre tiene que partir, necesariamente, algo muy profundo dentro de una vida. Una de sus pinturas, fechada en 1799, retrata un funeral en una costa: un joven abatido se deja caer en el regazo de una mujer que lo consuela, recogiéndolo y arropándolo con uno de sus brazos, ella sostiene su cabeza ladeada con la otra mano. Están recostados en un árbol viejo y sin hojas. Otro joven está tumbado en el suelo, con un bastón y un sombrero a sus pies, la cruz que preside la tumba se eleva solitaria a su derecha. Un pequeño perro junto a ellos mira la lejanía. Está amaneciendo, o anocheciendo, no se sabe, el sol está casi hundido en el mar de fondo.



Es de las pocas pinturas en que las personas que dibuja se muestran de frente y se les puede ver el rostro, y están en primer plano y a tamaño normal, mientras que en la mayoría de su producción artística las personas serían casi pequeños puntos del paisaje o estarían de espaldas en actitud contemplativa. Se hace representativa esta pintura. Mirar este cuadro, muy diferente al resto de sus obras, es como leer un cuento en el que se detalla su tristeza.


La inamovilidad de los acontecimientos naturales. Puede ser que en gran medida fuera la muerte la reflejada en los paisajes que pintaba, la naturaleza, la muerte como parte de la misma, incontestable, sin posibilidad de cambio, la vastedad del mundo en el que vivimos, inmenso e invariable como la desolación que produce la muerte de nuestros seres queridos. Caspar David Friedrich remite a la melancolía, sus cuadros provocan melancolía, una especie de dolorosa certidumbre teniendo delante lo que no podemos cambiar.


De su vida llama la atención la amistad que tuvo con Goethe, y su posterior enemistad, así como el reconocimiento de su arte por parte de la realeza y de la alta burguesía, como Federico Guillermo III de Prusia y el Zar Nicolás I. Se desprende de su biografía el que estuvo en contacto con las altas esferas de poder, así como con las intelectuales y artísticas, pero sin llegar a formar parte activa de ellas, casi como una presencia silenciosa, pasiva, siguiendo su propio camino, no muy afín a los devenires políticos de su época, lo cual le suscitaría más de una crisis nerviosa. De joven ingresó en la Real Academia de Arte de Copenhague, y fue miembro de la Academia de las Artes berlinesa y de la Academia de Dresde, donde impartiría clases, así como de la Sociedad Sajona de Arte. Parece ser que su arte llegó a tener relevancia durante su vida, con algunos altibajos e incluso con algunas críticas destructivas, pero con cierta notoriedad, llegando sus cuadros hasta cortes reales.



Después de su muerte se hizo el silencio sobre su obra, hasta el siglo veinte en que volvería a adquirir viva resonancia. Ahora es considerado como uno de los principales representantes del Romanticismo alemán.


Deja el sentimiento de una vida solitaria, pero no en soledad. En 1818, a sus cuarenta y cuatro años contrajo matrimonio con la joven Caroline Bommer, con quien tendría tres hijos, y matrimonio que de alguna manera fue también un punto de inflexión en el carácter de algunas de sus obras. De ese mismo año es una de sus pinturas más icónicas, representante tanto de su obra como del mismo Romanticismo: El caminante sobre un mar de nubes. Es una pintura absolutamente increíble. Es una obra que refleja el poderío de la naturaleza, pero también el poderío del ser humano para lograr vivir en ella. Mirándola nos embriagan infinitas sensaciones, podemos pensar en la soledad, pero también en la consecución de nuestros deseos tras múltiples y fatigosos esfuerzos, podemos pensar en la belleza que nos rodea, en cómo somos capaces de admirarla a pesar de los sufrimientos, podemos quedarnos en total silencio frente a lo que nos representa, el infinito inalcanzable, los horizontes que nunca alcanzamos de nuestros sueños, la firmeza y determinación que hay que cultivar paso a paso para arribar a las cumbres de nuestras inquietudes, la majestuosa belleza del mundo que habitamos, el sosiego tras la lucha, la claridad que nos envuelve día a día y la oscuridad que lastramos, la perfecta armonía de la naturaleza, podría seguir hasta el infinito, es un cuadro que es una obra maestra, lo contiene todo, nos hace estallar por dentro. Cuando se habla de genios de la pintura, de hombres excepcionales con cualidades únicas, sólo hay que mirar este cuadro para entenderlo. En Caspar David Friedrich se daban encuentro una técnica minuciosa y delicada con una sensibilidad arrebatadora. Nos pone en contacto con la vida, nos acerca sus abismos.


Murió en 1840, tras haber sufrido cinco años atrás una apoplejía que hubo de mermar sus facultades. Se dice que murió en la pobreza, mantenida su familia principalmente por las ayudas de sus seres cercanos. Igualmente consiguió tener las nubes a sus pies.


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