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Palabras al lienzo: VIII. Salvador Dalí

Fuente: Fran Norte | Publicado: 28-10-2017
Derechos: Carreta fantasma, 1933. Salvador Dalí.

Dalí es Dios. Fin de la reseña.

Cuando iba a comenzar a escribir sobre Dalí, al tener la hoja en blanco, por dar un pie y romper el vértigo inicial a la escritura de un texto, escribí lo de arriba, como una gracia para animarme a escribir. El caso es que mientras iba revisando sus cuadros y leyendo curiosidades sobre su vida, vi que había sido portada de la prestigiosa revista estadounidense TIME en 1936, y no sé por qué imaginé, al ver después su joven rostro como portada en el número del 14 de diciembre de ese año, que si las únicas palabras que hubieran puesto como reportaje fueran: “Dalí es Dios. Fin de la reseña”, y luego una selección de sus cuadros, Dalí se habría sumado al festival y habría dicho algo así como que ésa era la reseña más redonda, perfecta, certera, sobre su arte, sobre su vida, y lo habría dicho muy en serio. Lo más curioso es que no es nada descabellado que esto hubiera podido suceder, ni por parte del TIME, ni de Dalí. Este simple hecho, que pudiera imaginar algo así, me venía a mostrar lo que Dalí representaba en vida, lo que evoca su historia. Dalí no sería Dios, pero sí creaba mundos. Mundos nuevos con sus pinturas, con su imaginación tan particular y su profundo y cuidado nivel de detalle.



Sacó al subconsciente fuera de la caja de piel que habita y lo extendió sobre los lienzos para que pudiéramos verlo. El surrealismo era él, dijo cuando le echaron del grupo surrealista de André Breton, y no iba desencaminado. En julio del 36 comenzaba la Guerra Civil española, en agosto fusilaban a su amigo Federico García Lorca, en diciembre él salía como portada en TIME. Curiosidades, surrealistas.


Dalí estuvo en muchas partes del mundo pero nació y murió en Figueres, viviendo desde 1904 a 1989. Sobre él se ha escrito muchísimo en múltiples medios, no sólo fue un enorme pintor sino también una figura mediática que aparecía con frecuencia en los medios de comunicación y en todo tipo de prensa. Se puede decir tranquilamente que fue de los primeros, de los pertenecientes, a los personajes que irían fijando lo que hoy día es dominio del conocido mainstream, personaje público reconocido por las masas e influyente en ellas, extravagante al máximo con sus bigotes afilados apuntando al cielo y de mirada con los años más desorbitada y de brillo extraño, de mundo interior inquieto y vasto, de vida agitada por las esferas de la millonaria alta sociedad. Hay cantidad de destellos en su biografía que son muy llamativos, coloridos, mirando fotografías suyas es curioso verlo con todo tipo personas, desde John Lennon a Frida Kahlo, pasando por Walt Disney, con quien haría el guión del que luego sería un cortometraje, Destino, o verlo con Alice Cooper, Harpo Marx e incluso metido en una caseta del Zoo de Barcelona junto al gorila Copito de Nieve. En su juventud fue de esos artistas que hoy ya forman parte de la Historia desde la Generación del 27 tan potente que dio nuestra geografía, estudiando y conviviendo con Lorca y Buñuel, entre otros, en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Lorca y él serían grandes amigos, y con Buñuel el tiempo los acabó distanciando, pero harían juntos el guión cinematográfico de una de las perlas del surrealismo: Un perro andaluz. Años más adelante, ya consagrado como pintor y figura pública, diseñaría la escena onírica de la película Recuerda, de Alfred Hitchcock. Llegó también a conocer en persona a Sigmund Freud, fuente de inspiración del movimiento surrealista nacido de la mano de André Breton. Diseñaba desde joyas a escenarios de importantes compañías de ballet en New York.



La lista aún es más extensa, como haber realizado ilustraciones para ediciones de libros que forman parte de la historia universal de la literatura como El Quijote, La Divina Comedia, Macbeth o Los cantos de Maldoror. También fue escritor y llegó a filmar documentales. Era todoterreno y casi ubicuo a lo largo del siglo XX, pero sobre todo, y gracias a ello, más allá de figura, fue un genio, fue un pintor de una calidad impresionante, de una creatividad absolutamente personal, con muchísimo poder de atracción, que crearía escuela y abriría una nueva puerta para interpretar y desarrollar el arte de pintar.


La primera pintura suya que he encontrado es del 1910, de cuando tenía seis años, es curioso, ya se veía maña, y con quince años ya tenía cuadros de muchísimo talento, con diecisiete, ya hacía obras maestras, como su autorretrato de cuello alargado. Comenzó siendo básicamente impresionista, luego coqueteó con el cubismo, hasta encontrar el sello que lo definiría y por el que todo el mundo lo reconoce, su particular surrealismo a partir de 1925, aproximadamente, con sus veinte años abriéndose camino. De 1925 también es su Muchacha en la ventana. Es un cuadro de una belleza tremenda, realista, una poesía de contemplación, del sentirse solo, de inocencia, sosiego. Ese mismo año pintaría una serie de cuadros sobre Venus, y en ellos se puede tocar con la punta de los dedos la semilla de lo que sería el surrealismo que crearía poco después.



Tenía 21 años e iba a comenzar su historia. Antes de cumplir los treinta ya había creado gran parte de sus obras que ahora son universales, como El gran masturbador o La persistencia de la memoria. En sus cuadros de juventud podemos ver a muchos otros autores, vemos a Picasso, a Juan Gris, a Cézanne, a Gauguin, al impresionismo en general y a cierto cubismo, decíamos, imitando a autores, aún sin encontrar su personalidad en la pintura, y fue con el surrealismo con el que tocaría el techo de la grandeza.


Luego se hace llamativo cómo en los años 60 cambió tanto su estilo, a una pintura casi apresurada y tal vez hasta indiferente, aunque a partir de los 70 y hasta el final de sus días lo recuperaría, su surrealismo cuidado con mimo y tiempo, aunque más espiritual y siempre con su mujer Gala como principal abanderada. Dalí vivió una vida larga y pintó durante toda ella, a diferencia de muchos de los grandes maestros de la pintura, que murieron jóvenes o no llegaron a la vejez. Con Dalí podemos ver el transcurso de setenta años de pinturas salidas de los mismos pinceles y de la misma mente, asombra poder observar cómo fue mutando su arte con el paso inquebrantable del tiempo pero sin perder su savia. Percibir los cambios de una vida a través de su arte.

Pintaba los sueños, les daba forma cierta, describía el mundo onírico en el que vivimos gran parte de nuestras horas al dormir. Pintaba la metáfora. Mostraba sus miedos y deseos, lo simbólico de ciertas representaciones comunes, la sexualidad, la soledad, la belleza imaginada, creaba quimeras divertidas y sensuales, jugaba con las ilusiones ópticas, fragmentaba la vida y la volvía a recomponer habiendo robado algunas piezas y añadido otras arrancadas de otros contextos muy alejados, era un forjador de sueños. Siempre me ha llamado mucho la atención cómo dos de sus pinturas más realistas, Muchacha en la ventana y Carreta fantasma, han sido las que más me han impactado, las que más me hacían sentir, las que me desprendían más emociones. Su surrealismo, tan minucioso, tan genuino, provoca la sorpresa, genera ilusión, hace que te pierdas en él y en su infinidad de detalles, sucumbes a su fantasía, y curiosamente con estas dos pinturas de corte realista bajaba a tierra y nos hacía sentir todo lo mundano, el día a día de nuestros sentimientos. Su surrealismo era estratosférico. Sus pocas creaciones realistas emocionantes. Es un efecto, un contraste, que siempre me deja pensando en todo lo que puede transmitir una simple imagen concreta. La poesía de un reloj que se derrite.

Ahora sí, fin de la reseña.


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