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Palabras al lienzo: IX. Paul Cézanne

Fuente: Fran Norte | Publicado: 08-11-2017
Derechos: Muchacho con chaleco rojo, 1889. Paul Cézanne.

Leyendo sobre Paul Cézanne me sorprende muchísimo el cierto halo de derrota que hay a su alrededor, como si hubiera sido un perdedor toda su vida, fracasando constantemente en la consecución de sus intereses, no logrando nunca satisfacer sus deseos, ni un mínimo aceptable para la mayoría, con una existencia de eternas fatigas y desvelos, casi como ejemplo clásico de genio adelantado a su época e incomprendido en vida y redescubierto y por fin valorado tras su muerte. Imagino que la línea que separa éxito de fracaso es realmente movediza. El resumen de una vida puede resultar muy ambiguo. Paul Cézanne, como el noventa por ciento de artistas que van permaneciendo a lo largo de la historia del arte y que son los que acabamos conociendo pertenecía a las clases privilegiadas del mundo. Las que podían dedicarse al arte y no al campo, la mar o la fábrica, por ejemplo, y más en la segunda mitad del siglo diecinueve. Su padre era comerciante de sombreros, dedicado a su fabricación y exportación y cuando Paul era todavía niño su padre abrió un banco, el Banque Cézanne et Cabasso. Su posición económica y social era notable. Estudiaría en las mejores escuelas, y en el Collège Bourbon entabló una grandísima amistad con el escritor Émile Zola, quien años más adelante escribiría un libro inspirado en la vida de su amigo Cézanne. Entre otros muchos artistas, llegó además a conocer a Vincent van Gogh. Gracias a su posición social pudo evitar alistarse en el servicio militar del ejército y también tener que acudir a la Guerra Franco-Prusiana de 1870.



Participó en la primera y en la tercera muestra del grupo de los impresionistas. En la primera, la que dio nombre al grupo, además de Cézanne, estaban Monet, Boudin, Pissarro, Renoir, Sisley, Gautier, Morisot y Bracquemond. Un verdadero lujo histórico. Realizaría numerosos viajes que pudieron enriquecer su visión de la naturaleza y de la vida y en sus últimos años formaba parte de exposiciones tan importantes como la Exposición Mundial de París: Cien años de pintura francesa y el Salón de Otoño de 1904, lo cual supondría su consagración como pintor.


Expondría también en museos y salas de Berlín, Bruselas, Londres. Muchos artistas en aquellos momentos, como Gauguin, ya lo tenían como referente. Tuvo una mujer, Hortense Fiquet, modelo parisiense, y con ella un hijo, también llamado Paul. Hasta aquí, en una realidad bien inventada y paralela en la que se pudieran elegir las vidas que tendremos, diríamos que venga va, me pido ésta. Pero la línea que decíamos entre éxito y fracaso es de hecho movediza. Como es conocido, el nombre de impresionistas a aquel grupo de pintores viene de una crítica negativa a su primera exposición conjunta, que realizaron bajo el nombre de Sociedad Anónima Cooperativa de Artistas Pintores, Escultores y Grabadores en el antiguo taller del fotógrafo Nadar, como reacción y alternativa al Salón de París, que era el salón oficial de la pintura en aquellos momentos y representaba al arte de corte academicista, de corte clásico. El escritor Louis Leroy en la revista Chirivari sería quien usaría por primera vez el denominativo de impresionistas para referirse a ellos en la citada crítica, despectivamente, por su desviación de los patrones oficiales, tomando por referencia el mítico cuadro de Monet que llevaba por nombre “Impresión, sol naciente”. Las tres obras de Cézanne que estaban en la muestra parece ser que fueron de las que dejaron, precisamente, peor impresión, siendo motivo de mofa entre los visitantes y no dejando muy convencidos incluso a sus propios compañeros. No tuvo tampoco mucha suerte a la hora de entrar en los comentados círculos oficiales de pintura para exponer en sus salones y era rechazado casi por sistema hasta el final de sus días. Este rechazo y fracaso como pintor en París sería el que su antiguo amigo Émile Zola dejaría reflejado en su libro La obra, que giraba en torno a un pintor fracasado llamado Claude Lantier, que desesperado y medio loco por no lograr crear su gran obra maestra terminaría suicidándose, con el que Cézanne se sintió justificadamente identificado y desde la publicación de la obra no volverían a verse. Se escribe que en vida sólo vendió dos cuadros, uno en Bruselas y otro en Berlín. A la muerte de su padre, recibiendo una buena herencia, abandonó en París a mujer e hijo para retirarse a la Provenza, a Aix y al barrio de Jas de Bouffan, donde estaba la residencia de verano familiar, viviendo sumamente aislado de su entorno social dedicado en exclusiva a la pintura. Son sólo apuntes breves de una vida en la que parece ser que hubo tanta claridad como oscuridad, pero sobre todo una vida que dio para crear un nuevo camino, para abrir una nueva puerta, para extender otro horizonte en el que poder crear desde la pintura. Se escribe, y con razón, que fue un puente entre el impresionismo y las vanguardias, sobre todo con el cubismo. Se le enmarca dentro de la corriente postimpresionista. Dio un paso más. Si del arte clasicista de índole religioso y mitológico se pasó al realismo, que mostraba su entorno tal cual, llegaron los impresionistas para jugar más con la pintura y ofrecer la impresión emocional que desprendía la realidad, perdiendo nivel de detalle y elaboración, pero ganando emociones, color, imaginación, sintetizando desde las sensaciones, y Paul Cézanne continuó la progresión y creaba las formas únicamente con color, en sus propias palabras:



“El dibujo y el color no son diferentes, a medida que se pinta se va dibujando; cuanto más armonioso es el color, más se precisa el dibujo. Cuando el color es más rico, la forma está en plenitud. Los contrastes y la relación de las formas constituyen el secreto del dibujo y del contorno. La línea y el modelado no existen. El dibujo es producido por el contraste o por la relación de los tonos. El dibujo sin colores es una abstracción. Dibujo y color no son diferentes. En la naturaleza todo tiene color”.


Se dice de él que era pintor de pintores, y también con razón, porque ofrecía nuevas técnicas de creación que permitían a los nuevos artistas ampliar sus habilidades, enriquecer el proceso constructivo de imágenes, expandir por nuevas sendas la imaginación. De sus pinturas se desprende que tenía un carácter muy singular, fuerte, genuino, además de la sensualidad que emanaba de muchos de sus cuadros, como toda la serie de los bañistas, motivo pictórico que replicó hasta la extenuación y del que salieron varias joyas de la pintura. En su vida acabó siendo solitario, igual por su hosca personalidad, y tal vez por ello en su arte fue independiente, lo que le hizo innovador.



En cualquier caso avanzó hacia la búsqueda de la esencia de los cuerpos, lo que hace que sean lo que son, indagando en su geometría interna, sintetizó lo que se ve pero sin perder de vista la realidad. Arte figurativo a un paso de la abstracción esquemática de la naturaleza. Tenía técnica, y creó nuevas técnicas, pero sin perder la creatividad, la emoción de la pintura, la vitalidad que pueden representar determinadas escenas concretas y reconocibles.


Hay cuadros suyos que, como quien dice, son ya parte de la leyenda, sus jugadores de cartas, el fumador de pipa, sus autorretratos, la serie de los bañitas, los paisajes rurales con las agrupaciones de casas que van diciéndole al cubismo que puede entrar, pero hay dos cuadros en concreto que respiran de otros aires, que dejan ensimismados, al menos a mí, Tarde en Nápoles y Muchacho con chaleco rojo. El primero es pura sensualidad, con dos amantes desnudos en la cama mientras su sirvienta de color y medio desnuda también les ofrece una bandeja con lo que parece ser una jarrita de té. Los tres están de espaldas. Juega con el erotismo, con la tranquilidad, con la suavidad del momento, con el efecto del contraste del color de la piel de los cuerpos desnudos. El segundo es la melancolía hecha dibujo, la reflexión, tal vez también la pena, de ese muchacho sentado que sostiene con una mano su cabeza, la combinación de colores, con el rojo en el centro, arrastra hacia sí todas las emociones y las desencadena. La mirada baja, el puño cerrado, la espalda arqueada. Es un cuadro tremendo.


Paul Cézanne nació en 1839 en Aix-en-Provence, Francia, y allí también murió en 1906. En el camino fue construyendo puentes.


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