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Entrevista con el Dr. Emiliano Bruner

Fuente: Excodra | Publicado: 02-02-2018
Derechos: Emiliano Bruner. © Luz Calleja de Castro.

Emiliano, por comenzar, para situarnos en tu campo de estudio, ¿de qué se encarga la Paleoneurobiología de Homínidos? Es sin duda una rama del conocimiento apasionante, sobre nuestros orígenes.

El cerebro moldea la cavidad interna del cráneo, la cavidad endocraneal, y así deja un rastro que puede darnos informaciones sobre su misma anatomía en las especies extintas. Es posible considerar el tamaño cerebral, evidentemente, pero también las proporciones de los distintos distritos cerebrales, o sus patrones de surcos y giros. También se puede observar algo de las arterias y venas que corren entre cerebro y hueso. Ahora, está claro que estos datos son parciales, porque desde un “cerebro” a un “endocráneo” se pierde mucha información. La cavidad endocraneal sólo puede proporcionar evidencias sobre los aspectos anatómicos y morfológicos del cerebro, sus formas y medidas generales, y en particular sólo sobre los rasgos de su superficie, y además sólo sobre aquellos rasgos que llegan a moldear el hueso. Así que en realidad solamente se puede manejar una parte muy específica de esta anatomía cerebral perdida.



Pero es la única información directa que disponemos del cerebro de especies que ya no existen, así que a pesar de ser una información limitada, es muy valiosa. En realidad hay que ampliar un poco el horizonte para hacer un buen trabajo paleoneurológico, es decir, incluir en el estudio también el resto del cráneo. Cráneo y cerebro evolucionan juntos, tienen que acoplarse en sus estructuras y en sus funciones, así que el resultado (la cavidad endocraneal), no sólo se debe a cambios cerebrales.


Habrá variaciones anatómicas que se deben a la evolución del cerebro, pero otras serán consecuencias de la evolución del cráneo y de sus vínculos arquitectónicos, y sólo un estudio integral de estos dos componentes nos puede decir si, cuándo y dónde realmente ha habido cambios anatómicos en la evolución de nuestro sistema neural.

Y tengo una curiosidad enorme, para redondear vuestros enfoques, ¿qué aporta la arqueología cognitiva? ¿Y cómo puede hacerlo, por costumbres inferidas de los yacimientos arqueológicos? Cuéntanos por favor, suena realmente interesante.

La arqueología cognitiva intenta evaluar lo que queda del comportamiento de una especie o de una cultura extinta a la luz de las hipótesis y de los conocimientos en ciencias cognitivas y neuropsicología. Aquellos seres han dejado rastros de sus acciones, así que es posible buscar evidencias que nos indiquen si una población que ya no existe encajaba o no encajaba en los criterios que estructuran las teorías cognitivas. Es decir, no puedo observar el comportamiento en sí mismo, y entonces busco trazas de aquel comportamiento (cultura material, estructura social, capacidad de gestión de los recursos, etc.). Está claro que todo es inferencia, porque al no disponer de una máquina del tiempo nunca podré evaluar si aquellas teorías aciertan o no. Pero es también verdad que si consigo poner juntas evidencias paralelas e independientes de campos diferentes y con métodos distintos puedo considerar “si y cuánto” la evidencia arqueológica apoya o no apoya una cierta hipótesis cognitiva. En realidad en arqueología cognitiva se trabaja como en cualquier otro campo de la ciencia: se propone una hipótesis y luego se recogen datos para ver si y cuánto aguanta. Claro, como en todos los sectores de la ciencia, hay que usar las debidas cautelas. Como que son temas llamativos e inocuos, en estos campos evolutivos a veces se abusa de especulaciones y opiniones personales, sin garantizar luego un proceso de evaluación científica serio y profesional. Pero esto es un límite de las personas, no de la disciplina. Evidentemente una fuente importante de experimentación es la que se hace con humanos modernos como modelos cognitivos para testar respuestas fisiológicas y psicológicas a determinadas condiciones que simulan el comportamiento arqueológico que queremos estudiar. En este caso el límite es que un humano moderno no piensa como un Neandertal. Pero también esto es un límite intrínseco de todas las ciencias: no olvidemos que en biología molecular a menudo se utilizan como modelo para los humanos… ¡los ratones!

¿Por qué somos capaces de pensar? Es decir, ¿qué son el pensamiento, la conciencia, la mente, y qué papel tienen nuestro querido cerebro y sus neuronas? Que no son el único actor, las neuronas, en este proceso, como se creía, ¿qué otras estructuras y factores intervienen y cómo se relacionan?

Desde luego no tenemos una respuesta. En general pensamos por imágenes o por palabras, es decir, simulamos escenas en un espacio imaginado o utilizamos un monologo interior. La imaginación visual requiere una unidad de medida y un contexto, y en general la unidad de medida es nuestro cuerpo, y el contexto es el ambiente. Áreas cerebrales dedicadas a la integración entre cuerpo y visión o entre ojo y mano (como el precúneo o el surco intraparietal) son particularmente complejas y desarrolladas sólo en los humanos, y posiblemente sólo en Homo sapiens.



Entonces ya se puede sospechar que el cerebro no trabaja solo, y necesita por lo menos dos componentes más: el cuerpo y el ambiente. Es posible que el cuerpo tenga un papel en el proceso cognitivo, y no sea solamente un armazón.


Y, en el caso del ambiente, no olvidemos que para nuestra especie, “ambiente”, quiere decir también y sobre todo cultura, incluso la cultura material, la tecnología. El cerebro tiene un papel fundamental en el proceso cognitivo, pero cabe la posibilidad de que sea únicamente uno de los elementos involucrados. Si es así, a lo largo de mucho tiempo no nos hemos enterado de que estábamos considerando sólo una parte del sistema. Las teorías sobre cognición extendidas reconocen un papel crucial al cuerpo y a la extensión tecnológica como parte del proceso cognitivo. Falta todavía entender roles y responsabilidades, pero si estas teorías están en lo cierto entonces la “mente” no es el producto del cerebro, sino un proceso, que arranca gracias a la integración y a la interacción entre cerebro, cuerpo, y tecnología.

La evolución… en líneas generales, ¿por qué evolucionamos? ¿Qué factores entran en juego para este constante cambio de la vida, del modo de existencia y, más en concreto, cómo evolucionan nuestro cerebro y nuestra cognición?

La selección natural es un proceso muy complejo que sin embargo se basa integralmente en un principio muy sencillo: el número de hijos. Si un cambio aumenta la capacidad de hacer hijos, la selección lo premia. Si lo disminuye, lo penaliza. Si no lo afecta, la selección ni se entera. Ahora bien, el problema es que entre miles de genes y de caracteres y la sensibilidad al ambiente que influye en su expresión, somos “paquetes” complejos, donde cada elemento tiene efectos y vínculos sobre muchos otros más. Así que si cambias una cosa, como consecuencia cambiarán muchas más. Si cambia un gen no cambia sólo un carácter, porque aquel gen afectará a muchos caracteres y a muchos otros genes. Y si quieres cambiar un carácter tienen que cambiar muchos genes, que influirán en muchos otros aspectos de la biología de una especie. Mueves un hilo, ¡y se te mueve todo el tinglado! Y entonces la selección no evalúa un carácter u otro, sino todo el “paquete”.



Si el paquete es conveniente, se premia. Es así que por ejemplo caracteres muy malos se cuelan en paquetes que siguen siendo ventajosos porque tienen caracteres muy muy buenos. Entonces algunos cambios evolutivos serán adaptaciones, que aumentan la capacidad reproductiva. Otros serán simples consecuencias, que pueden ser buenas, malas, o simplemente neutras.


Todo esto ya es complicado cuando hablamos de la forma de una pata o de la fisiología de un pulmón, pero cuando hablamos de cerebro y de comportamiento la cosa se hace mucho más enmarañada, y ya se pierde la seguridad de saber qué es ventajoso y qué no lo es, qué es genético y qué es ambiental, dónde acaban las causas y dónde empiezan las consecuencias. Además nuestra capacidad cultural y tecnológica ha aumentado los elementos en juego, porque a esta altura la capacidad reproductiva no depende ya sólo de garras o estómagos, sino también de los elementos tecnológicos que construimos nosotros mismos y que luego entran a ser parte de nuestro mismo sistema cognitivo. Y hay que añadir otra dificultad, porque nuestra cultura nos ha llevado a un nivel de autoconciencia y de conocimiento que por primera vez parece haber alterado algunas reglas cruciales: lo que nuestra cultura interpreta como “mejor” casi nunca coincide con un elevado éxito reproductivo. Es decir, para muchos de nosotros, hacer cuantos más hijos posibles ya no es el objetivo principal.

Siempre me ha llamado mucho la atención el juego entre necesidad, morfología, anatomía, función y adaptación, entonces, ubicados en el cerebro, con unas morfología y anatomía increíbles de tan complejas, ¿cómo se relacionan forma y función en nuestro Sistema Nervioso Central? ¿Aún queda mucho por explorar…?

Me atrevería a decir que queda casi todo... Siempre cito una frase de El planeta de los simios: sabemos todo del cerebro, ¡menos cómo funciona! Ignoramos cómo se forman sus pliegues y por qué, y qué relación hay entre forma y función.



La mitad de las células de un cerebro son glía, células “de soporte”, que en realidad están implicadas en funciones que desconocemos. Sobre el sistema vascular del cerebro o su termorregulación no sabemos casi nada. El cerebelo es tan pequeño comparado con el cerebro, pero tiene cuatro veces sus neuronas, y no sabemos por qué.


Hace un siglo pensaban que todo se pudiera entender estudiando la forma de la cabeza o de la nariz… luego ha sido el turno de los tejidos, luego de las células, ahora buscamos verdades absolutas y totales en secuencias moleculares. No niego la importancia de los genes, pero parece que estamos volviendo a hacer los errores de entonces, sólo a un nivel siempre más microscópico, pensando que existe una clave única y fundamental y un mecanismo sencillo y lineal. Seguimos amontonando resultados con unos detalles moleculares cada vez más precisos y puntuales, pero que no llegan a explicar el proceso en sí. Y en todo este afán reduccionista nos hemos olvidado que, a nivel de anatomía básica, todavía desconocemos qué hay detrás de los demás rasgos cerebrales, los surcos, las arterias, cómo se forman, cómo han evolucionado, a qué sirven, o qué diferencias hay entre individuos, géneros o razas. Así que queda todavía mucho por hacer, ¡y unas cuantas cosas no requieren ni una tecnología muy compleja ni recursos económicos asombrosos!

Emiliano, otra curiosidad, para tus estudios, ¿qué has echado en falta encontrar en los restos fósiles que te hubiera ayudado enormemente para extraer conclusiones, aquello que dirías, caray, si hubiera esto, tal parte, sería perfecto?

El registro fósil es mucho menos completo de lo que la gente se piensa... Si hablamos sólo de homínidos extintos, estamos hablando probablemente de decenas de especies, que han vivido en tres continentes ¡a lo largo de cinco millones de años! Una franja de tiempo y de espacio extraordinaria. Y de todo aquel fervor evolutivo tenemos sólo los restos de unas pocas especies, y sólo de unos pocos de sus individuos, y sólo de su sistema esquelético, y sólo de algunos distritos, ¡y sólo fragmentos a menudo incompletos y deformados! No sé si me explico... Los paleontólogos sueltan frecuentemente frases tajantes y llamativas únicamente porque el tema es inocuo, y si uno se equivoca no pasa nada... Pero con este registro tan limitado habría que tener cuidado con afirmaciones demasiado firmes y concluyentes. Si tengo que pensar en “algo que falta” es precisamente el registro de nuestra propia especie: aparece hace unos 100-300 miles de años, y luego hay sólo pocos individuos que nos dicen cómo hemos cambiado después de nuestro supuesto origen. Pero si somos tan diferentes, es posible que algo importante haya pasado precisamente a lo largo de nuestra evolución como especie. De hecho, a esta altura está bastante reconocido que los primeros Homo sapiens no tenían un cerebro con forma de cerebro moderno. Es decir, hace unos 150 mil años ha habido humanos modernos... ¡sin cerebros modernos! Y luego ha pasado algo.

Últimamente ando pensando que hemos buscado mucho “fuera” cuando tal vez muchas respuestas las tengamos “dentro”, es decir, pensaba en el desarrollo embrionario, ¿qué podemos aprender de nuestro propio desarrollo, de esa vida intrauterina, ahora que somos capaces de observarla, sobre la evolución de nuestro cerebro y de la conciencia, incluso? Es increíble pensar cómo de la fusión de tan sólo dos celulitas, luego, salimos nosotros, todo el proceso que hay en el desarrollo, cuéntanos sobre esto por favor.

Poco te puedo contar, porque no es un tema que controlo. Sí que te puedo decir que es impresionante, y que sigue siendo un misterio. Hemos dado nombres y etiquetas a muchas moléculas y a muchos genes, pero no queda claro cómo al final todo encaja en un ser tan igual a los demás y a la vez tan únicamente diferente. A nivel paleoneurológico hay un debate abierto sobre la evolución de nuestra específica estructura cerebral.



Tenemos una forma del cerebro única, con grandes áreas parietales y un cerebelo redondo, y todo esto se desarrolla en una etapa del crecimiento que tenemos solamente nosotros, no la encontramos en los neandertales ni en los chimpancés.


Pero hay quien afirma que esta etapa se desarrolla justo después del parto, y quien dice que en cambio estas diferencias ya están presentes al nacimiento. Fíjate, algo tan macroscópico ¡y los “popes” de la disciplina siguen defendiendo hipótesis opuestas! Como para meterse en asuntos de más detalle...

Los avances tecnológicos de las últimas décadas son impresionantes, están abriendo los campos de conocimiento, reescribiendo a pasos de gigante nuestros saberes, ¿cómo sientes el futuro de estos avances, todo el universo digital, por ejemplo, y qué tecnologías crees que vendrán que revolucionarían todo de nuevo?

Bueno, el avance tecnológico es brutal, y esto está cambiando totalmente nuestras capacidades cognitivas. La tecnología es nuestra telaraña: es algo externo al cuerpo, que pero producimos nosotros mismos, pensamos con ella, sentimos con ella, decidimos con ella, y sólo podemos vivir gracias a ella. El cerebro delega capacidades y responsabilidades a la tecnología, aumentando la capacidad cognitiva del sistema cerebro-cuerpo-ambiente. Nuestra capacidad mnemónica, de cálculo, de decisión, de previsión, de control, de gestión individual, económica y social, depende íntegramente de nuestras extensiones tecnológicas. Dicho esto, tampoco hay que olvidar que nuestra sociedad industrial no representa muy bien al ser humano como especie. Una parte importante de nuestra especie sigue viviendo con recursos mucho más sencillos, y según principios mucho más lineales. Y no sabemos si nuestra alternativa tecnológica podrá lidiar con una especie que a esta altura ha poblado todo el planeta, y vive según criterios muy distintos, generalmente poco tolerantes y centrados en intereses básicos y locales. Son pocos los que están detrás de nuestra increíble tecnología o de nuestros avances culturales y morales. La mayoría de los seres humanos siguen acudiendo al primordial objetivo de la reproducción sin más, a menudo dentro de principios sociales y cognitivos todavía anclados a setenta millones de historia natural de los primates, principios basados en agresividad, hambre, territorio, y recursos a corto plazo. Decía el entomólogo Edward Wilson que los humanos tenemos tecnología divina, administraciones medioevales, y emociones paleolíticas. Una mezcla desastrosa, y probablemente inviable.

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