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Palabras al lienzo: XIII. Klimt

Fuente: Fran Norte | Publicado: 04-03-2018
Derechos: Dánae, por Gustav Klimt, de 1907.

Miro uno tras otro los cuadros de Klimt: Lo primero, la tristeza. Sensualidad y muerte. El horror y la belleza. La mujer. Hiperrealismo inicial. Aire de romanticismo alemán. Erotismo y sufrimiento. Influencia de las culturas de la antigüedad: Egipto, Roma, Grecia, Japón. Mezcla de sobriedad y descaro. Cierto toque aristocrático. Del naturalismo se pliega en un suave y medido simbolismo. Arquitecto de texturas. Juego con las mitologías. Mago de las formas. Cercanía expresionista. La deformidad, el gesto imposible como vehículo de emociones. Representaciones de lo terrorífico mezcladas con la insinuación erótica. El miedo y el sexo. La belleza femenina. Muy paisajista, casi como estudio del color. Rectitud conviviendo con lo caótico. Las etapas de la vida, la presencia cercana de la muerte y del sufrimiento.



Placer y dolor habitando en el mismo rincón de la existencia. Erótico, creativo, hay diversión en su arte, a pesar de todo el dolor que puede llegar a reflejar. Hay ternura, sensualidad, amor, originalidad, desgracia, vejez, la fuerza de la juventud y en concreto la que emana de la mujer, de su cuerpo desnudo, de su rostro expresivo, de la longitud valiente y firme de su cabello, de la profundidad inteligente y sensual de su mirada.


La mujer como símbolo del estar en la vida, recurso expresivo que aglutina, en el conjunto de su ser, de su esencia, todo lo que cabe en el transcurso de los años y en el imperio de la fantasía.

Klimt era un genio.

Nació en Baumgarten, en la actual Austria, en 1862. Murió en Viena, en 1918, por la gripe española que asoló Europa al final de la Primera Guerra Mundial. En ese espacio de tiempo dejó un legado que impacta al primer golpe de vista y ejercita la demolición cuando se piensa con calma en su arte, su talento, su manera de concebir a la pintura: genuina, dolorosa, mitológica, sexual, atrevida, colorida, viva, honda, enorme. Se focaliza en el universo de nuestros sentimientos más íntimos, más humanos. Sus creaciones llaman a la puerta de todas las casas, del corazón de todas las personas, abren nuestro pecho e indaga, incita, explora, muestra, derrumba nuestras barreras y nos hace sentir con plenitud. Son sus pinturas caricias de cada una de nuestras emociones. Hay hasta cierta profundidad psicológica en su trazo, en sus representaciones, abre caminos ocultos, da luz donde había noche, nos besa tanto como nos puede hacer llorar.



Klimt pintaba emociones de una manera tan cristalina. Nos atraviesa. A pesar de la complejidad de sus composiciones, aquéllas que recuerdan al collage, se nos muestran como sencillas, sentimos de inmediato intensas pasiones al observar sus pinturas. Nos embriaga con la fuerza del oro, de lo dorado, de lo brillante, como revestir de oro un sentimiento, siempre con el sexo, el amor y la ternura poblando nuestra mirada.


Componía sus cuadros como quien hace un puzzle, pero suave, cálida, cegadoramente. Trazaba melodías, orquestadas, pintaba y a la vez dirigía un concierto bellamente. Recreaba escenas con una muy alta emotividad, hay una historia en ellas, un mito, un relato, una invención, un símbolo que nos abarca por completo y nos cuenta nuestras propias experiencias. Casi se llegan a entremezclar lo onírico y lo real, hay mucho de sueño en sus creaciones, de representación simbólica soñada. Es como disparar a la imaginación con flechas. El inmenso poder de una cabeza ladeada.

Las pinturas del techo del Aula Magna de la Universidad de Viena, El Friso Beethoven, Dánae, Judith con la cabeza de Holofernes, Muerte y vida, Las dos amigas, El árbol de la vida, Pez dorado, Serpientes acuáticas, El beso y Las tres edades de la mujer son obras que permanecen en la retina a ojos cerrados, poseen una potencia descomunal, la vida se sale de ellas a borbotones, fantasía y realismo se dan la mano, se encuentran con la quimera y el símbolo, nos persiguen incansables, nos abaten, son obras maestras del arte, abren nuevos mundos que deseamos habitar por siempre y explorar de ellos hasta el mínimo detalle.



Gustav Klimt es como si nos envolviera con una manta, su particular y personal manta, hecha a retazos, cada uno de lugar diferente desde tiempos distintos y lejanos, tejía sus cuadros como se componen melodías inesperadas, danzarinas, juguetonas, ancestrales.


Hay algo que nos lleva hacia la raíz de nuestros instintos cuando miramos sus cuadros, cierta tendencia hacia lo salvaje y desmedido pero creado con armonía, la belleza de la fuerza, la fuerza de la belleza: irradiando desde la arquitectura de la mujer.

Fue maestro y admirado en vida y el tiempo lo sigue manteniendo a toda su altura. Y que nunca decaiga.


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