ExcodraBarcelona, ciencia y arte

Entrevista a Sergi Bellver

Fuente: Rubén Darío Fernández. Julio, 2014. | Publicado: 07-01-2020
Derechos: Sergi Bellver.

Sergi, ¿qué es para ti el lenguaje?

La ventana por la que el mundo entra en mi casa y lo descubro, aunque no olvido que hay siempre otras ventanas, algunas mucho más diáfanas. También es la puerta desde la que salgo al mundo, aunque siempre habrá una puerta trasera por la que escapar de otros modos de mí mismo. Una manera de talar las certezas que nos acechan y, tal vez, ver el bosque. Un reflejo necesariamente difuso e incompleto de la vida. Un mapa del naufragio. Una forma de supervivencia. Una embajada inmaterial en la que pedir asilo político para la identidad, cuando ya apenas quedan fronteras por blindar. Y mi medio de vida, literal y literario: escribo para intentar ganarme el pan sin perder el sentido de lo que entiendo por vida, pero también para olvidar el camino marcado por otros, para ser libre, para hacer pie en algunos de los paisajes del prójimo y para entrar en su casa con algo del mundo a cuestas. Sin todo eso, para mí, el lenguaje quedaría en mera herramienta y la literatura en poco más que artesanía, producción y mercado.

¿La existencia es sólo lenguaje? Entendiendo como existencia un concepto que se articula, nace y se hace mediante el lenguaje. Sé que me sigues. ¿Qué somos, mero discurso, simple pensamiento?

En todo caso, si nos ceñimos a la convención de lo que es el lenguaje, hablaríamos apenas de la existencia humana, pero podríamos acotar aún más esa noción si pensáramos en las vidas de tantas personas condicionadas por su estado físico y mental, por el entorno en que les haya tocado desarrollarse o contra el que traten de sobrevivir. ¿Es más pobre la experiencia vital de alguien que la apoye en otro sistema de relación con el mundo y con los demás? ¿La de alguien que viva en soledad o que, entre semejantes, esté privado del lenguaje hablado y escrito? Hubo un caso apasionante, el de Helen Keller, una mujer que nació en el siglo XIX y que con apenas año y medio de vida quedó ciega, sorda y muda por una enfermedad. Cuando creció, aprendió a comunicarse con el exterior gracias a una cuidadora y a través de un rudimentario sistema de signos trazados al tacto en la palma de su mano. Murió casi nonagenaria, habiendo «dictado» varios libros sobre su vida y admirada por personajes como Mark Twain.



Un ejemplo como éste, para mí, demuestra dos paradojas en el tema que nos ocupa: que el ser humano no es sólo lenguaje pero lo necesita desesperadamente para ampliar y profundizar en su experiencia del mundo a través del conocimiento compartido con los demás, y que, al mismo tiempo, el lenguaje humano, tal y como lo entendemos, es a menudo una herramienta muy limitada que no puede asimilarse al todo en la existencia ni aprehenderla.



Decía Wittgenstein, tantas veces citado por la intelligentsia posmoderna, que «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo», y en cierto modo es así, porque a veces parece que no podemos concebir lo que ni siquiera alcanzamos a nombrar, pero tampoco hay que tomar esta cita por axioma, pues somos receptores sintonizados en un solo punto del dial, cuando ese mundo nos está bombardeando con miles de ondas en frecuencias distintas que no siempre vamos a saber decodificar sólo con el lenguaje, y sin embargo están ahí, vibrando, formando también parte de la existencia. El problema, creo, viene cuando pretendemos abarcar la existencia sólo con el pensamiento y su primo hermano, el lenguaje. No sólo es absurdo, también es imposible.

Mareemos un poco la perdiz con aquello de que lo primero fue el verbo. ¿Te animas a discurrir sobre ello?

Seguramente lo primero fue bajar de los árboles, levantarnos sobre nuestros cuartos traseros, otear por encima de las hierbas altas en la sabana, desarrollar un pulgar oponible, construir herramientas, empezar a despreciar la carroña, pasar de ser presas a depredadores, comer un montón de carne fresca, asarla en un buen fuego y cebar así nuestros cerebros generación tras generación hasta el litro y pico de capacidad. Y gruñir un poco durante el proceso, imagino, con cualquier forma cada vez menos primitiva de lenguaje. De ahí que el verbo no fuera exactamente ni el huevo ni la gallina. Teorizar sobre todo esto me queda muy lejos, pues yo apenas soy un contador de historias y, a veces, quizá, un aprendiz de mago, pero tengo claras dos cosas. La primera, que, precisamente, perdernos en una maraña teórica nos lleva a actitudes como la de Derrida, por ejemplo, cuyo discurso seguro que todavía sirve para impresionar a alguna tierna estudiante de Filosofía y Letras, pero que con su dialéctica insufrible de la deconstrucción y la negación constante parece convertir el lenguaje y el pensamiento en armas arrojadizas, en vez de tender puentes reales para la comunicación entre los seres humanos. La segunda, que hay múltiples formas de lenguajes en otras especies, algunas muy complejas, como la de los cetáceos, pero que el cerebro humano ha desarrollado una estructura esencialmente narrativa: nos contamos historias a nosotros mismos para procesar y comprender la realidad, reconstruimos la memoria con retazos de ficción que tomamos por reales y reelaboramos nuestro pensamiento consciente cada noche, cuando soñamos, mientras asistimos a una película de la que nuestro cerebro supraconsciente es el audaz guionista. Me quedo con ello, con esa íntima necesidad humana por las historias, digan lo que digan los intelectuales, y con el lenguaje como vehículo para contarlas. No puedo decir más sin empezar a parecer una hormiga tratando de filosofar sobre lo que habrá o no más allá del parque. No soy ningún intelectual, sólo un escritor, una hormiga con alas, si acaso.

Lenguajes hay varios, no sólo con la palabra como componente primero pero después siempre como vía donde rueda el entendimiento. Con el DRAE me llevo a morir, pero esta acepción sobre el lenguaje me gusta mucho: 6. m. Conjunto de señales que dan a entender algo. El lenguaje de los ojos, el de las flores. ¿Qué lenguaje te llena más? Háblanos también sobre el lenguaje del agua (luego volveremos sobre esto).

Como te comentaba hace un momento, y según esa acepción que señalas, el lenguaje no es patrimonio exclusivo del ser humano. Todo es en cierto modo lenguaje entre los seres vivos, desde el rastro químico entre los microscópicos a los códigos cromáticos entre flores e insectos o al canto de los pájaros y las yubartas. Lo que parece diferenciarnos del resto de especies es la capacidad para aprehender y reproducir conceptos abstractos en signos y comunicarlos a terceros, esto es, para multiplicar la experiencia del individuo a través de la memoria global de la especie y viceversa.



Cada manifestación personal relevante se anuda al discurso de todo el género humano. Esto es así en cada campo y actividad, empezando por la tecnología, pero también en lo poético y literario, y no puedo evitar recordar precisamente ahora aquellas palabras de Walt Whitman en boca del desaparecido Robin Williams: That the powerful play goes on, and you will contribute a verse.



En mi caso particular, desde muy niño tuve la necesidad de expresarme de un modo, digamos, artístico. Primero fueron el dibujo y la pintura. El cine apareció como sueño inalcanzable, y hasta llegué a crear y dirigir un corto de animación en el colegio. Más tarde lo intenté con la música, ese lenguaje absoluto y universal, pero sin ningún talento. Desde el principio la escritura estuvo siempre ahí como actividad secundaria, subalterna de las demás, o como una discreta compañera de viaje, luego la dejé en el dique seco una larguísima temporada, y fue sólo hace siete años cuando me tomé en serio dedicarme por completo a la literatura. Quizá porque me di cuenta de que, negado para la música, con un talento corriente para el dibujo y sin medios para estudiar ni hacer cine, la ficción literaria me permitía comunicar al menos una parte de mi visión de las cosas. Aunque las palabras a menudo no basten y lo inefable sea siempre un pez escurridizo, ya no se me ocurre otra manera de estar en el mundo que sumergido en el lenguaje literario, persiguiendo a ese pez con las palabras, a veces disolviéndome en el agua al escribir, como aquel otro poisson soluble de los surrealistas.

Juntando las piezas del puzzle de las preguntas anteriores, y aquello de que lo que no se nombra no existe, y de cómo introducir significados en las palabras para manipular a las personas, las sociedades, ¿recuerdas 1984, de George Orwell, la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza? Te lo dejo así, para que lo lleves a nuestro día de hoy, para que nos reflexiones aquí sobre el lenguaje y la política.

No sólo recuerdo esa obra de Orwell, sino que la tengo tan presente que una de las citas que abrirá mi primera novela le pertenece. Lo que dijo Goebbels sigue vigente y las mentiras repetidas hasta la saciedad acaban instaurándose como verdades. La cosa ha ido a peor, y si esas mentiras vienen de ciertos poderes, hoy en día ni siquiera necesitan de la reiteración para ser tomadas como dogmas. El poder ha entendido, especialmente desde mediados del siglo XX, que dominar el lenguaje es dominar a las masas, y si en los años más terribles de los totalitarismos de cualquier signo, el nazi o el soviético, da lo mismo, ese dominio se apoyaba en la violencia, hoy en día lo hace de forma cada vez menos sutil en el control de la prensa, la manipulación de la economía y la dosificación del miedo. Del miedo al otro, al cambio o al desastre completo, es decir, a perder lo poco que nos queda. Así, acorraladas contra las paredes de su establo hipotecado, sin necesidad de la violencia directa, sino por su propio y atemorizado convencimiento, esas masas son todavía más manejables.



Hablando hace unos días en otra entrevista sobre el Holocausto judío, una de mis obsesiones como autor, decía que acabamos de ver cómo Israel ha masacrado a civiles inocentes de otro pueblo con la excusa de la lícita autodefensa frente a la amenaza terrorista. La semántica es muy peligrosa en manos de alguien con la habilidad y el cinismo suficientes, y del mismo modo que los nazis supieron jugar sus bazas psicológicas en una Alemania deprimida por la Gran Guerra para cosificar a un supuesto enemigo interno, el ser humano es capaz de justificar casi cualquier cosa en cuanto ve a sus semejantes como elementos informes de un todo y no como personas valiosas una por una. También lo hicieron los estadounidenses en Hiroshima, sólo que de forma automática.



Volviendo a Orwell y a otros aspectos de la actualidad, confundir venganza con justicia, ataque con defensa, bomba atómica con acción de guerra, prórroga para el crimen con resolución de la ONU, estafa financiera con crisis global, robo institucional con reajuste económico o tutela con democracia, ha pasado a ser una inercia aceptada de forma más o menos tácita por casi todo el mundo. En ese sentido, el lenguaje es un arma poderosa en manos del más hábil o el más perverso. De vez en cuando asoman voces de protesta entre la gente, especialmente en las redes sociales, ese penúltimo reducto para la libertad de expresión que más pronto que tarde terminará también por ser controlado y dirigido como lo están los medios de comunicación. Pero sin una verdadera reflexión detrás, sin una base real que parta de una información libre (si existe aún) y de una capacidad crítica con perspectiva, esas voces terminan siendo poco más que arrebatos, apenas el ruido de fondo de un eco perfectamente previsto, asumible y digerible por el sistema. Para combatir ese control ya no basta con el lenguaje del individuo, porque el poder modula su discurso a conveniencia, lo emite a mayor volumen y desde mil altavoces distintos a la vez. En fin, no conozco la solución, pero creo que me doy cuenta del problema.

No lo tengo ahora a mano, pero creo que era Ortega y Gasset quien nos decía que un nuevo lenguaje se imponía para poder cambiar nuestro presente. ¿Cómo comenzar a crear una nueva vida partiendo de la base?

Como digo, no estoy en condiciones de proponer una solución, aunque presiento que no va a bastar ya con el lenguaje. No soy un intelectual, repito, sólo un contador de historias, alguien que se sirve de la ficción para cuestionarse el mundo y motivar al lector a que se haga las mismas preguntas o, mejor aún, se plantee otras a raíz de lo leído. Soy un nómada que observa y regresa de sus viajes abrumado y con más dudas que respuestas. Decía también Ortega que «El lenguaje es por esencia diálogo, y todas las otras formas de hablar depotencian su eficacia», y es que el problema fundamental de este tiempo, en particular en España, reside en la falta de diálogo real, pues asistimos a un fuego cruzado de monólogos en el que nadie parece escuchar a nadie, sino estar más pendiente de su respuesta que del entendimiento mutuo. Y así volvemos al punto en el que se gripa el motor de la especie: cada verso individual ya no construye el eterno y grandioso drama de la cadena, sino que desaparece fundido en el discurso general que hace girar la máquina. Pero ya no avanzamos con ella: nos aplasta. En cierto modo, es como si hubiéramos pasado de nuevo a ser presas y carroñeros en la sabana, con la diferencia de que nuestra carne es ahora la de una manada de consumidores y nuestro alimento el forraje de mil ideas prestadas, masticadas y vomitadas por otros.


¿Tienes en mente el lenguaje del ditirambo? Esta frase de Nietzsche me arde: La más poderosa fuerza para el símbolo existida con anterioridad resulta pobre y un mero juego frente a este retorno del lenguaje a la naturaleza de la figuración.

Pienso en Paul Celan, por ejemplo, y en cómo para él la búsqueda de lo inalcanzable en el lenguaje constituía un camino poético en sí misma. Esa búsqueda literaria me conmueve, pero no me completa, pues no puedo dejar de lado la realidad y a mis semejantes en el proceso. Tal vez por ello trabajo más la narrativa que la poesía, al menos en esta etapa de mi vida y de mi actividad como autor. Es como si al buscar otros lenguajes por el mero concepto en vacío del lenguaje, algunos perdieran la facultad del habla, de comunicar de veras algo a los demás. Y, al menos en eso, soy de la opinión de Ortega: prefiero el diálogo al monólogo, por excelso que sea. En mi trabajo cuido muchísimo el lenguaje, tanto en lo formal como en lo simbólico, y me irrita la escritura desmañada de otros autores contemporáneos o actuales, pero la lingüística no es mi tarea primordial. Como pensaba Benjamin del oficio de traductor, quien, para él, esclarecía una lengua originaria al manejar otras, creo que, como narrador, mi propósito es aclarar un poco la verdad en lo real a través de la ficción, esto es, traducir la vida en ficciones y así, tal vez, esclarecerla un poco.



«La poesía es la unidad de destino del lenguaje», dijo también, más o menos, Celan. Pero Celan escribía en alemán, lo que le separaba de sus compatriotas rumanos y de sus correligionarios judíos, del mismo modo que a Franz Kafka, quien, como Rilke, escribía también en alemán, lo que les separaba a su vez de sus compatriotas checos. Lo que intento decir, torpemente, es que ni siquiera la más pura intención en el lenguaje impide las barreras, los muros y los guetos más cotidianos. Y eso a veces me descorazona.



Y por eso hubiera vendido mi alma al Mefistóteles de Fausto, por haber tenido talento para la música, ese verdadero lenguaje de lo inefable y lo universal. Pero tengo el oído musical de un gnomo de jardín, de los de barro, quiero decir. ¿Cómo empezar pues, y qué empezar, con el lenguaje? ¿Qué ética del lenguaje elegir en la creación literaria? ¿Figuración o abstracción? ¿Contar historias o arrojar conceptos? ¿Representar el mundo o instaurar el lenguaje como mundo aparte? No tengo ni idea. El irlandés Samuel Beckett escribió en francés, el ruso Nabókov fue un esteta del inglés literario y mi admirado Joseph Conrad, el polaco, narró en un inglés luminoso. Pienso en todos ellos y veo que ni siquiera en manos de los más grandes el lenguaje no dejará nunca de ser, al mismo tiempo, un puente y un lastre. Y ya tengo bastante con manejar eso como para enredarme en una diatriba conceptual sobre el lenguaje y sus utopías. Me viene grande. Se lo dejaremos a Barthes, a quien se le daba mucho mejor discurrir sobre todo esto, y quien dijo en El grado cero de la escritura que «las antiguas categorías literarias, vaciadas en el mejor de los casos de su contenido tradicional, que era la expresión de una esencia intemporal del hombre, se conservan finalmente sólo por una forma específica, un orden lexical o sintáctico, en una palabra, un lenguaje: la escritura absorbe en adelante toda la identidad literaria de una obra».

Sergi, tu escritura es muy potente y precisamente se carga de connotaciones, va más allá de lo que denota, y se expande mediante el símbolo que se abre, que permite la apertura a diferentes significados. Háblanos sobre lo que sientes sobre tu lenguaje, sobre la importancia del lenguaje para expresar justamente lo que deseamos expresar.

Hilaré una cita con otra, pues siempre tengo presente este párrafo de la imperfecta y tantas veces mal leída Rayuela, cuando Cortázar habla por boca de Etienne para decir que «[...] el escritor tiene que incendiar el lenguaje, acabar con las formas coaguladas e ir todavía más allá, poner en duda la posibilidad de que este lenguaje esté todavía en contacto con lo que pretende mentar. No ya las palabras en sí, porque eso importa menos, sino la estructura total de una lengua, de un discurso». En mi literatura, como he comentado antes, hay desde luego una consideración esencial por el lenguaje, por cuidar lo formal en tanto vehículo para comunicar el sentido de lo que escribo, pero también como fin artístico en sí mismo. Con todo, hay dos matices importantes: ese fin artístico no puede reducirse sólo al placer estético y aquel vehículo no puede ser más importante que el sentido de lo narrado.

Dicho esto, intento siempre manejar el poder simbólico de las palabras, cuidar las relaciones que establecen en un mismo campo semántico, apoyarme siempre en imágenes potentes, que haya algo de mí en lo escrito que me deje expuesto y en riesgo, distanciarme lo justo para evocar las emociones sin que lo dejen todo perdido de sentimentalismo, no dar demasiado masticado el texto y, sobre todo, disponer varias capas de lectura en él, para dejar que sea el lector inteligente quien cosa los últimos flecos. A veces creo que lo consigo, y la distancia entre mi tentativa y el resultado se reduce. O esa es la sensación que tengo después de ver con perspectiva lo que he publicado y de escuchar a personas más sabias que yo hablar de ello. Otras veces no alcanzo lo que me propongo y el texto acaba en la papelera. Pero en ocasiones, las mejores, se produce el milagro y el texto termina desvelándome detalles y sentidos que escapaban a mi plan original. Disfruto mucho cuando sucede esa suerte de epifanía, porque significa que he estado manejando material sensible y de buen calado. Tiene que ver con esos otros puntos del dial que te comentaba al principio, con cómo el rumor de la existencia nos llega a través de otras frecuencias y longitudes de onda, con cómo nos hace vibrar desde un lugar que no es ni puede ser siempre el intelecto.

Agua dura... ¿qué es?

Mi primer libro de relatos, mi estreno en solitario como narrador y la obra de un escritor en pleno proceso de aprendizaje. Del libro en sí prefiero no hablarte demasiado y que sean los lectores quienes descubran y valoren mi propuesta. Sólo añadiré que, en esa docena de relatos, y a través del agua y lo animal como metáforas un tanto oscuras y comunes a la mayoría de historias, abordo temas como la familia en tanto fuente de conflicto, la búsqueda de nuestro lugar en el mundo y la posibilidad de una segunda oportunidad para quienes han llevado una existencia al margen de la inercia general.

Llegué a ti por cierto conflicto literario que mejor dejaremos de lado salvo que quieras retomarlo... La cuestión es que, después de aquello, te impones y creas (o ya la habías creado, no lo sé, pero ya lo creo que creas) una colección de cuentos cojonuda, permíteme la coloquialidad. Siempre me gusta preguntar esto: ¿cómo surge? Y, ¿qué tal llevas la recepción tan buena que está teniendo, te está cambiando mucho?

Francamente, no sé ahora mismo a qué conflicto te refieres, aunque me rondan un par por la mente. En todo caso, seguro que ya no tiene la menor importancia y, sea el que fuere, los problemas que haya podido tener durante estos años en el llamado mundillo literario han venido siempre cortados por el mismo doble patrón: mi proverbial capacidad para ser un bocazas que dice lo que piensa y haberme topado en mal momento con una serie de personajes mezquinos, hipócritas y desleales, sin ningún otro talento que el de echar mierda sobre el trabajo de los demás.

Cuando al terminar el libro, hace ahora justo un año, le planteé su publicación a mis editores, Eduardo Riestra, del sello coruñés Ediciones del Viento, y Pedro Medina, de la editorial digital Sub-Urbano, de Miami, estaba convencido de poder defender la propuesta narrativa que Agua dura implica. Lo que no esperaba era que la acogida de los lectores y de buena parte de la crítica fuera tan positiva y generosa. De modo que ese primer paso en mi carrera como autor ha resultado mucho mejor de lo que podía imaginar.



Pero eso sólo te anima a seguir trabajando, tal vez con algo más de confianza, y poco más. No creo que me cambie demasiado el «éxito» que puedan tener mis libros de ahora en adelante, la verdad. Primero, porque empecé a escribir ya bastante mayor y, por decirlo así, con el carácter formado y en su sitio, haciendo las cosas sin prisa ni pausa. Segundo, porque ese «éxito» a nuestro nivel, es decir, a la escala de un escritor español prácticamente desconocido que publica en editoriales independientes, sigue siendo una cosa muy modesta y de andar por casa. Y, tercero, y el más importante, porque estoy más pendiente de seguir cierta ética personal que de subir o bajar escalones en esta fiesta loca, decadente y algo absurda del sector editorial.



Le tengo dicho a mis amigos que si alguna vez me vuelvo como uno de esos escritores «importantes» que sólo habla con otros escritores «de su nivel» y editores de copetín; que si alguna vez dejo de tratar a todo el mundo con el respeto que cada uno se gane, sean escritores, editores, lectores, camareros, mecánicos o temporeros de la fresa; que si alguna vez dejo de escuchar sin prejuicios ni galones a la gente, que por favor me den una paliza, por mamarracho, y luego quemen mi casa y aren mis campos con sal.

Desde tu facebook nos vas anticipando una trilogía de las que quita el hipo. Para terminar, cuéntanos aquí un poco más sobre ella por favor.

Una de las pocas cosas que he aprendido en estos últimos años es a no dar demasiados pormenores de los proyectos en ciernes, porque uno nunca sabe si se pueden estropear las cosas. De hecho, en mi Facebook personal nunca doy detalles concretos, sino muy de vez en cuando pistas generales, por compartir con mis amigos y lectores el proceso y mi entusiasmo al trabajar. Porque tampoco me parece natural que un escritor que vive para, por y en (todavía no «de», por desgracia) la literatura no hable jamás de aquello que le apasiona y en lo que emplea un montón de horas días tras día. Sería como un cirujano vocacional que sólo colgara en las redes fotos de gatitos y primeros planos de sus pies en la playa y no comentara nunca nada de su trabajo y su pasión por la medicina. Sí puedo adelantarte, en líneas generales, que serán tres novelas con un tema de fondo común, pero desarrolladas en tres momentos y lugares distintos. En la primera de ellas, plantearé una distopía en un futuro inmediato. En la segunda, toda la historia sucederá en un espacio natural aislado y en los años 70. Y la novela que cerrará la trilogía, la más densa y extensa de las tres, continuará ese viaje regresivo hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, adentrándose en los años de juventud de un personaje que aparecerá también, en su madurez y en su senectud, en las otras dos novelas. Y, de nuevo, el agua volverá a jugar un papel simbólico y determinante en toda la trilogía. De todos modos, estamos hablando de una tarea que empezó hace más de tres años y que me tomará por lo menos otros tres. Pero antes de terminar y publicar esas novelas es muy posible que tenga un segundo libro de relatos en las librerías. Esperemos que todo salga tan bien como con el primero.


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