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Entrevista a José C. Vales

Fuente: Rubén Darío Fernández. Noviembre, 2015. | Publicado: 12-01-2020
Derechos: José C. Vales

¿Qué es la sociedad?

Hace algunos días, en una reunión pública con escritores hispanoamericanos, el profesor, académico y novelista mexicano Élmer Mendoza y un servidor nos asombrábamos de que la prensa y muchos lectores nos preguntaran por los asuntos más insospechados, como si el ser novelista confiriera a los autores una inspiración divina o facultades especiales para evaluar cualquier asunto o resolver los grandes problemas de la Humanidad. “A la mayoría de los problemas que me plantean”, decía el profesor Mendoza, “tengo que responder que no tengo ni idea”.



Efectivamente, los novelistas tenemos que tener la humildad —y sobre todo la sensatez— de no hablar de lo que no sabemos y, puesto que ya hay suficientes opinadores, de opinar lo menos posible. Antaño los novelistas lo sabían todo —aún hay novelistas que lo saben todo y hablan como poseídos por la Gracia divina—, pero, en la actualidad, el personaje del novelista que todo lo sabe, de todo opina y todo lo juzga resulta bastante ridículo.



No quisiera ser ofensivo con quien tiene la amabilidad de preguntarme “¿Qué es la sociedad?”, pero esta cuestión me recuerda a aquel estudiante de doctorado que quería hacer su tesis sobre... ¡la poesía! Eso ocurrió hace treinta años, pero supongo que aún estará compilando materiales y bibliografía. Y como a Bécquer, sólo se me ocurre responder “Sociedad eres tú”.


Por supuesto, no he elaborado una teoría sobre lo que pueda ser la sociedad, dado que no es mi campo de trabajo, y por tanto mis opiniones al respecto no serían más que ocurrencias vanas. Puede que, como filólogo, mis ideas respecto a la literatura o la historia literaria tuvieran algún interés, pero jamás se me ocurriría hablar frívolamente de un asunto en el que decenas de especialistas están trabajando constantemente en universidades e instituciones académicas y científicas.
Puedo, sin embargo, remitirme a un libro del profesor Yubal N. Harari, titulado Sapiens —y que recomiendo fervientemente—, en el que describe las sociedades como redes humanas basadas en la creencia global en mitologías o constructos imaginarios, como la religión, el dinero, la república, la monarquía, los derechos humanos, la igualdad, la superioridad étnica, etcétera, que evolucionan a lo largo de los siglos y se reajustan para crear nuevas mitologías en las que todos los individuos creen y contribuyen a forjar.


¿Cómo interpretarías su vinculación con los Estados en los que actualmente dividimos nuestra geografía?

No era necesario que lo dijera el profesor Harari: todos sabíamos que los Estados son entes ficticios, como las naciones, los pueblos y otras generalizaciones semejantes. Las fronteras son hechos imaginarios y ficticios en los cuales creemos incomprensiblemente. Y creemos tanto en ellas que colocamos a aduaneros y barreras, aunque pueden moverse y trasladarse dependiendo de las épocas y los azares de la historia.



En realidad, las relaciones entre Estados, regiones, cantones, autonomías, provincias o pueblos son relaciones basadas en mitologías, y al final son relaciones territoriales que tienen más que ver con el comportamiento de los bonobos y las partidas de chimpancés que con los comportamientos que se esperarían de un ser inteligente. Los nacionalismos, por ejemplo, siempre me han recordado a ciertos tipos de felinos que esparcen su orina para marcar el territorio. Me temo que los documentales de National Geographic instruyen más sobre la política nacional e internacional que cualquier clase magistral en la facultad de Ciencias Políticas.



¿La política crea a las sociedades o la política es reflejo necesario de la sociedad de la que surge —o ambas, y cómo conviven—? Para darle algunas vueltas...

El hecho de que pertenezca a la sociedad —en la actualidad sólo hay una sociedad— no quiere decir que me interese especialmente: la observo como quien observa un teatrillo de marionetas, a medio camino entre la lástima y la sonrisa. Y, por otra parte, estoy acostumbrado al análisis de procesos literarios, de modo que generalmente observo la evolución del mundo en términos de longue durée. A lo largo de la historia la política se ha regido por fantasías e imaginaciones absurdas: por ejemplo, el hecho de que el poder se transmitiera de padres a hijos por línea paterna y en el primogénito; que un pueblo era el elegido por Dios; que los hombres son los que deben regir el destino de los pueblos, sin contar con las mujeres; que los ancianos son los más sabios y prudentes, y por lo tanto, deben dirigir la política; que una raza era superior a otra; el comunismo; el capitalismo; la socialdemocracia; los nacionalismos...



Todas esas fantasías, como Quetzalcóatl, Dios, Alá, los unicornios y los faunos, si se creen firmemente, sirven para estabilizar grupos humanos que de otro modo serían ingobernables. A partir de ochenta o cien individuos los grupos humanos empiezan a ser caóticos: para que cooperen, necesitan mitos en los que confiar absoluta y ciegamente, entes ficticios y creencias comunes, bien sea Catalunya, el Atlético de Madrid, o la esperanza de las setenta huríes de caderas sensuales. Sí: es bastante ridículo.



¿Hacia dónde sientes que se está encaminando a día de hoy la sociedad europea?

No sé si sería educado responder que no lo sé y, en realidad, tampoco me importa demasiado. La sociedad europea es la misma que la sociedad americana y la sociedad nipona. Sólo hay una sociedad porque no existen sociedades aisladas, y la comunicación genera interrelaciones —a veces violentas— que van unificando las mitologías, las creencias, los proyectos o las ideas hasta hacerlas comunes. (La creencia en sociedades diminutas, alejadas del imparable proyecto global, es seguramente la forma más limitada de comprensión de la realidad, pero también vale como mitología). Los astrofísicos hablan de la necesidad de ir buscando un nuevo hogar en el Sistema Solar o en los confines de la galaxia, antes de que el planeta se haga insoportable. Otros especialistas aseguran que la presencia del hombre sobre la Tierra no superará el próximo milenio. (Lo cual será un alivio para el planeta, desde luego).


Sociedad limitada, sociedad anónima, sociedad cultural, sociedad nacional, sociedad global, sociedad literaria ¿podrías ofrecernos qué te sugieren cada una de estas sociedades?

Bueno, algunas de ellas guardan relación con las estructuras económicas, y me temo que se formulan para evitar que determinados personajes que gozan de sus beneficios se eximan de las responsabilidades. Respecto a la sociedad global, creo haber sugerido algo en las cuestiones anteriores, y no tengo mucho más que decir. Sólo comentaré dos términos: “sociedad cultural” y “sociedad literaria”. Tengo para mí que ambos grupos —si es que existen— se rigen por las mismas pautas que cualquier grupo humano: el hambre, la vanidad, el poder, el sometimiento del otro y el control ideológico.



En España, tanto la sociedad cultural como la sociedad literaria (a las que les cuadra mucho mejor el despectivo apelativo de “mundillo”) han estado durante los últimos cincuenta años en manos de dos o tres sectores empresariales que han operado como mafias dominantes, imponiendo sus ideas, promocionando a sus secuaces, dirigiendo la industria cultural, coartando y coaccionando a los nuevos creadores...



El resultado es una sociedad cultural que lleva un retraso de veinte o treinta años respecto a la creación actual en el mundo. Aquí seguimos enfangados en un psicologismo obsoleto (apolillado hace más de setenta años), lloriqueando autoficciones y emocionalismos propios de la sección de autoayuda, adoptando posturas neohippies politiqueras y “sociales”, y abandonando el estudio de las Humanidades en favor de las ocurrencias personales y un supuesto espíritu artístico generalizado.


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