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Entrevista a Antonio Maura

Fuente: Rubén Darío Fernández. Marzo, 2017. | Publicado: 02-05-2020
Derechos: Antonio Maura.

Antonio, para ir comentando sobre qué sea la descendencia, dando un paso más a lo puramente biológico, ¿qué es para ti una generación, cultural, o histórica, digamos, cómo se acota o tendemos a acotarlas y qué nos lleva a hacerlo así y sentirlas como tales?

Una generación nunca podría definirse desde dentro. Son siempre apreciaciones externas. Se habla de la Generación del 98 o la del 27, en la España del siglo pasado, o de la Generación del 30 o del 45, en Brasil. Pero son clasificaciones de orden escolar, para diferenciar una forma de literatura o de arte sobre otra. Ahora bien, yo me pregunto: ¿qué tienen que ver Unamuno con Ortega, Baroja con Valle Inclán, Azorín con Machado? Muchos críticos buscarán elementos unificadores, pues los hay entre todos los escritores, pero son tremendamente imprecisos. Es decir, realmente no creo en las “generaciones”. Creo en las “edades”. No es lo mismo tener 20 que 60 años, ser un niño o un adulto. Sólo que en ese proceso vital, muchos niños parecen viejos, y hay ancianos que tienen la ilusión de niños.



En verdad, la vida sobrevuela las edades y las generaciones. Tal vez estemos más cerca de Heráclito o de Nietzsche, de Cervantes o de Shakespeare, que del vecino que nos encontramos en el kiosco o en la panadería, o del que comparte el espacio laboral con nosotros.



Me resulta muy difícil creer en las generaciones de una forma global o precisa. Sirve, como digo, como punto de orientación, de referencia: “ese hombre era de la generación de mi padre” o “estos muchachos son de la misma edad que mi hijo”. No preciso, distingo entre estratos de tiempo. Pero, acaso, ¿no es el tiempo un puro fluido?

Conoces ampliamente la literatura brasileña, pero también su cultura e historia en general, ¿cómo has sentido a lo largo de tus años la recepción de la literatura por parte de los jóvenes brasileños y los españoles? ¿Se vive de manera diferente el hecho literario en Brasil y en España? Por comentar un poco, por extensión, cómo influye o se absorbe el legado literario entre diferentes regiones geográficas, entre diferentes culturas y Estados, en este caso.

En Brasil, pienso, sucede un poco como en España: hay más escritores que lectores. Las nuevas tecnologías, las redes sociales, la edición digital y los blogs han diluido aquella censura, no siempre bien intencionada, de los antiguos editores, que decidían en qué gastarse su dinero y que libros les interesaban y cuales no. Ahora hay una sobreabundancia de palabra escrita. Muchas voces, pocos oyentes. A veces me parece que es un guirigay en medio de una plaza, donde todos gritan y nadie es capaz de oír. Habrá voces, sin duda, que se levanten y prevalezcan, pero el ruido es tan atronador que es imposible distinguir los sonidos. Y esto vale tanto para España como para Brasil. Al menos, a mi manera de ver. Y también semejante al mundo ibérico, Brasil son muchos brasiles, como España muchas españas.



En la literatura lo que importa son las lenguas, no la economía ni las fronteras. Se escribe en español o en portugués, no sé es de una determinada región a no ser que esa región sea el fundamento mismo de la narración. Entonces Macondo es un lugar concreto como Celama, el condado de Yoknapatawapha o la Bahía de Jorge Amado. Son ámbitos oníricos, no regiones o países.



La Mancha del Quijote no es Castilla-La Mancha: es un paisaje universal que unos pueden visualizarlo como una tundra y otros como el sertón brasileño o como el desierto de Arizona. Es un lugar despoblado donde ocurren las historias, donde dos personajes proyectan sus sueños y frustraciones. Y, por ello, quizás sea más real que la propia realidad. Creo en los paisajes de la imaginación. Los geográficos son simples apariencias que sólo sirven a los que se creen sus propietarios. La tierra es más grande que las naciones y la vida mayor que las ambiciones personales.

Por otra parte, desplazándonos un poco en el tiempo, eres experto en Clarice Lispector, ¿podría darse, naciendo a día de hoy en el mismo lugar, la figura y relevancia de esta escritora, partiendo de este presente? Para reflexionar sobre las épocas, sobre el entorno diferente al que se van enfrentando cada nueva generación de personas al llegar a la vida.

Clarice es un ser universal. Era una auténtica jasidim. Sabía que la palabra era sagrada, que servía para denominar la Vida. Su propio nombre, en yidis, era Chaia o Haia (Vida). Ella siempre fue fiel a su nombre originario. Entendía que la palabra guardaba en su entraña otra u otras palabras, que su significado apenas es una corteza que oculta nuevos y más profundos significados. La verdad estaría en el núcleo de la vida, en la semilla ancestral. En este sentido era una “mística” como Teresa de Jesús o Hildegarda von Bingen, que entendieron la expresión literaria como fracaso, como ceniza de un fuego que, al brillar, les ha quemado. En este sentido, respondería a esta pregunta diciendo que ha habido muchos espíritus como el de Clarice y seguirá habiéndolos en todas las épocas, siempre que haya una mujer, o un hombre, que entienda que nuestras vidas son meras formas de una fórmula única y universal, un código genético, que no es otra cosa que una palabra biológica, una palabra cuya modulación fonética somos cada uno de nosotros, de nuestras breves e indispensables vidas.

Yéndonos un poco hacia la intimidad, ¿cómo nos afecta nuestra familia a cada uno de nosotros? Tanto en lo íntimo, me refiero, para el desarrollo de una personita hasta su edad adulta, pero también, cómo nos influye el propio modelo familiar actual, más o menos similar en las grandes poblaciones, pues no siempre ha sido así.


La familia es fundamental como nuestro entorno. No es lo mismo que las plantas crezcan en un páramo o en la selva. Somos semillas con significado y, como luciérnagas, alumbramos el espacio que nos ha tocado en suerte. Eso es la familia, el entorno en el que nacemos.



La familia como el lugar de nuestro nacimiento son los espacios que enmarcan nuestra historia. Pueden variar los paisajes y las anécdotas, pero no la profunda historia de cada uno: el héroe puede habitar en una  gran urbe o en un pueblo perdido, en tiempos de guerra y conflictos, o en medio de una paz enmarañada. Sin embargo, recorrerá su camino, perseguirá su objetivo y naufragará o saldrá ileso.



Claro que las familias, como el lugar geográfico y el momento histórico condicionan y contaminan nuestra vida, inevitablemente, ineludiblemente. Pero nuestra historia es nuestra y de toda la especie, nuestra búsqueda es individual y también colectiva, cósmica. Por otra parte, las grandes ciudades han originado una expresión propia porque varían los oyentes y la forma de percibir la voz. Pero el contenido último viene a ser más o menos el mismo por encima de los estilos y las épocas. Se trata de la pregunta que late en nuestro ánimo como en nuestra inteligencia. La gran pregunta que nadie ha sabido responder satisfactoriamente y que, una y otra vez, formulamos. Tal vez no exista una respuesta. Tal vez la respuesta seamos nosotros mismos.

Desde tu posición en la Academia Brasileña de Letras, pero también desde tu visión a nivel personal, ¿cómo se enfoca la representación y estructuración de una lengua para ser el terreno semántico, sintáctico y gramatical, lingüístico en general, en el que se desarrollan y desarrollarán nuestros hijos? Será con lo que formen sus pensamientos, ¿qué se busca y qué se consigue, o pretende conseguir?

Creo que las lenguas como las palabras son herramientas vivas. Las usamos, pero nunca las dominamos. Ellas nos llevan por caminos insospechados. Comenzamos a escribir, pero no sabemos el destino al que nos conducirá el texto. Las palabras son la corteza de lo sagrado que habita en nosotros. Por ello somos incapaces de controlar la lengua, que varía según los tiempos, que se modifica como las formas de la vida, que muda y se metamorfosea. El estudio etimológico es semejante a una pasarela de disfraces: vemos como una voz se transforma, viene incluso a significar lo contrario de lo que decía en un comienzo, cómo se trastoca, se contradice, se refuerza, se anula. Es semejante a una variación musical: conocer su origen no evita reconocer su rica variedad, su orfebrería de sonidos. La vida es única, pero infinita su variedad. Como el mar, donde las olas que lo surcan son siempre las mismas, aunque diferentes, expresiones diversas de lo mismo. ¿Qué dejaremos a nuestros hijos? Les dejaremos nuestra pequeña verdad, nuestra pregunta incontestable, nuestra lengua fugaz. Su vida les pertenece. La Vida misma les pertenece.

Me llama muchísimo la atención al viajar, como a tanta gente, claro, el entorno arquitectónico tan diferente en el que crecemos cada uno de nosotros a lo ancho del mundo. ¿Son la estética de las ciudades, de los núcleos de población en general, el esqueleto de nuestras emociones? ¿Cómo sientes que la integramos, o se nos integra, en nuestra vidas y cómo la van modelando nuestros descendientes?

El entorno, que llamas arquitectónico, es nuestro paisaje vital. Nacemos en una gran ciudad entre edificios circundados por calles como por laberintos. Algunos de esos monolitos de cemento, piedra o ladrillo, todos ellos habitados, son símbolos en nuestro camino. Detrás de ese edificio está nuestra casa, o siguiendo, a la derecha, nuestro lugar de trabajo. Vivimos en las grandes ciudades porque son nuestro mundo.



Si fuese la selva, nos adecuaríamos a ella. Sería aquel el árbol sagrado, la maleza del ritual, el grito del animal que nos acecha. Nosotros hemos cambiado esos árboles por letreros luminosos, esos senderos por calles, esos gritos por bocinas de coches. Por la selva circulan seres vivos a velocidad vertiginosa, por las ciudades son los peatones, los automóviles, el tráfago urbano. Viajar es cambiar de lugar: ya no reconocemos nuestra ubicación, el edificio de referencia, el café donde fuimos felices o desgraciados.



Son otros los cafés, los edificios, otras las costumbres. Pero, si nos quedáramos en la nueva ciudad, seríamos lo mismo, retomaríamos la urdimbre de nuestras vida en el mismo hilo perdido. Como decía el poeta, “la ciudad te acompañará siempre. Volverás a las mismas calles. Y en los mismos suburbios envejecerás.” La vida, cada una de nuestras vidas, tiene una trama única que tejemos en la oscuridad, ignorantes de nuestra labor, como sonámbulos de la existencia. Nos movemos por las ciudades como la sangre circula por nuestras venas: somos parte de ellas, somos ajenos a ellas, somos y no somos. Y continuamos tejiendo, como arañas, la red de nuestras vidas, sin saber… ¿Será la naturaleza entera, con sus desiertos y megalópolis, un organismo que habitamos y nos habita?

¿Y el legado artístico en general? La pintura, la escultura, la fotografía, la literatura, el cine, por ejemplo, ¿qué sientes que te ha aportado a ti para tu desarrollo y qué te gustaría aportar o que aportara tu legado, tus estudios y tus creaciones literarias?

Todo autor, todo artista, es una biblioteca, un catálogo vivo. Sólo somos capaces de crear sobre lo ya creado. Ellos, los que nos antecedieron, sus obras, son los rudimentos de nuestra expresión. Tardamos en comprenderlo, pero un día nos damos cuenta de que esa frase la tomamos prestada, que aquella idea fue desarrollada también por ese otro escritor, por ese artista que expresó un sentimiento que creíamos nuestro desde siempre.



Pensamos ser originales, pero, al fin, nuestra originalidad es un gesto, una forma de interpretar el mágico libreto de un autor anterior y genial. Todo nos aporta y nosotros aportamos, porque no hay un todo y un nosotros. Lo mismo que decía antes de las “generaciones”: son formas de orientarse, de diferenciar lo opaco de lo claro, lo ruidoso de lo callado. En el fondo es lo mismo, pues un fluido –la vida– lo atraviesa todo, y todo lo transforma y lo hace suyo. Trabajamos sobre telares, sí, que otros han tejido anteriormente. ¿Qué me gustaría aportar? El haber colaborado en la gran construcción cósmica, en la inmensa urdimbre del Universo.



Antes me dejé atrás a la música, pues creo que sientes una inquietud muy viva por ella, sobre todo por la ópera. Por enredar con su magia, ¿cómo interviene la música en la creación de la identidad tanto a nivel individual como colectivo y, cómo evoluciona o incluso cómo hace evolucionar, a las sociedades?

La música como el movimiento, la danza, nos acompañan desde siempre. Antes del relato estuvo siempre el canto, y el baile fue el primer gesto de la plegaria. Moverse, danzar, siempre ha ido acompañado por la melodía. Los pitagóricos pensaron en la inaudible música de las esferas: el Cosmos era una gran partitura polifónica. Los derviches danzan hasta caer desmayados en el seno de una totalidad que es la melodía pura. Numerosas son las tradiciones, como innumerables las ciudades, pero la música está detrás y antes que nuestros gestos. En cuanto a la ópera es un género musical más. Me gusta por la amplitud que abarca, porque todo cabe en ella: la palabra, el canto, la melodía, el movimiento, la danza, las artes plásticas. Y también porque es un maravilloso ejemplo de la creación compartida. Uno nunca vale más que otro, pues si el texto inicial podría compararse a un esqueleto, la composición debería ser la carne –la musculatura y los órganos internos–, la escenografía sería entonces la piel y la interpretación el movimiento. Y, al fin, de lo que se trata es de elaborar un organismo vivo, un ser que se mueva y aliente. Cada uno de los creadores de una ópera sabe que es tan sólo parte de un todo y que nada funcionaría sin el conjunto armónico de cada una de esas partes. En definitiva, la música de las esferas canta dentro de nosotros.


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