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Entrevista a Iván Humanes

Fuente: Rubén Darío Fernández. Octubre, 2011. | Publicado: 30-05-2020
Derechos: Iván Humanes.

Como Licenciado en Derecho: ¿Qué os enseñaron en la Universidad sobre qué es la justicia?

Bien, antes de nada valga decir que era un estudiante de Derecho algo atípico, y si el primer año acudía puntual a cada clase, más tarde encontré mucho más interesantes los bancos del parque de al lado de la facultad, y a Sartre o Camus, a Torrente Ballester, a Cela o Queneau que el mundo legal. Lógicamente tenía que cumplir con el estudio y reservaba el tiempo justo para ello, pero si recuerdo como dichoso ese tiempo es precisamente por la cantidad de escritores que me acompañaron durante ese tránsito. Dicho esto y removiendo en la idea de la justicia te diré que es posible que fuese, fundamentalmente, en las clases de Derecho Romano cuando más se estudió sobre el tema. El ideal de lo justo no deja de ser un concepto griego, filosófico, pitagórico. Si pensamos en el buen acto de justicia, lo justo debería servir para ordenar la sociedad de la forma más equilibrada y equitativa posible. Aplicando la moralidad. Trasladando lo justo desde esa esfera moral a la esfera legal, a lo práctico, subordinándola a los intereses de los ciudadanos. Y es el Derecho el compendio de lo que es justo una vez normativizado. El romano el que se aplicó en Roma y a sus territorios, al nuestro entre ellos, fuente de nuestro derecho privado.



Bien, el de justicia es un concepto, como puedes ver, perfecto. ¿Qué puede haber más dichoso para todos que una idea de justicia bien aplicada? Si observas, Platón diseñó una ciudad ideal en su República aspirando a la justicia del hombre en las relaciones. En otro orden, en el deífico, natural, Santo Tomás de Aquino hizo lo propio, su ciudad de Dios particular. Y así otros tantos filósofos. Es en ese paso de lo filosófico a lo práctico cuando el salto es erróneo, imperfecto.



No se conserva en ocasiones la ética para formular la norma, ni la justicia para su aplicación. Sí puede haber una justicia aplicada según normas establecidas, pero esas normas han sido resultado de otros intereses que están muy alejados de lo moral: intereses económicos y de dominación, políticos, de divisiones sociales, etc.

Y como escritor, en tu libro La memoria del laberinto, en el relato Elecciones, hay una frase que encierra completamente lo relativo de la aplicación de la justicia en una sociedad: “Por Orden Ministerial el asesinato dentro de este tiempo se acepta como una solución legítima para cualquiera de los dos bandos, fuera de él vuelve la pena al delito.” Lo curioso de esta frase es que el asesinato sigue siendo un delito, pero no se pena, no se castiga. Tu relato se desarrolla en una sociedad ficticia, pero ¿hay algún ejemplo de esta oscilación de las penas en nuestra sociedad?

El asesinato está presente como algo legítimo en nuestro tiempo. Mira la pena de muerte, utilizada según Naciones Unidas por todos los países del mundo durante su historia. En retirada progresiva en las últimas décadas. Mira el régimen de Siria. Mira el terrorismo de Estado. Mira el franquismo y las represiones dictatoriales de Sudamérica o de otros países que no han quedado con pena. Es un asesinato legalizado, normalizado. Que se condena desde altas instituciones, estandartes de lo justo, pero que se permite. El asesinato puede enmascararse de muchas formas, pero es asesinato siempre. La invasión de Irak y la muerte de civiles es asesinato. Los mapuches abatidos en Chile últimamente por la policía son asesinato. Jamás se ha desligado el poder del asesinato. Y lo peor del asunto es que un asesino sentenciado por un Estado europeo debería aspirar a su reinserción, su resocialicación, no sólo por la esencia del sistema penitenciario y del hombre, sino porque esa persona saldrá a la calle en un tiempo, y no debería estar más excluido aún por la sociedad tras su paso por la cárcel. Eso vuelve a revertir en la sociedad. Pero no hay medios para ello. Parece que no interese. Ya Beccaria en el siglo XVIII ofreció la reinserción como alternativa a la condena perpetua, hemos avanzado poco.

En mi búsqueda para entender la justicia, me he encontrado con que la justicia viene a ser un arma de control, de manipulación, por las religiones, por los estados. Para crear las sociedades que interesaban. La religión y los estados van perdiendo poder y con él sus justicias decaen y pierden crédito. Una sociedad puede vivir sin religión y sin estar enmarcada dentro de un estado como los actuales, pero ¿sin justicia? ¿cómo imaginas que sería?

Es imposible que sea así. Precisamente los estados actuales han elevado el control del individuo. Mucho más tras el miedo terrorista que provocó el 11-S. Jamás hubo más control que en estos tiempos: escaneados hasta el tuétano, controladas las comunicaciones, los datos personales. Y no creo que una sociedad pueda vivir sin religión. Y me explico. Una sociedad puede vivir sin instituciones religiosas que concentren el poder de la salvación de las almas. Más aún si son instituciones encorsetadas como las actuales, pues son inamovibles y comenten los mismos errores y barbaridades que quinientos años atrás. Pero no creo que la religión en sí suponga un mal. La esencia del cristianismo es la esencia de lo justo: ayuda al pobre, eliminar la explotación y la injusticia social... Y luego está todo el extrañamiento místico. La relación entre la creación del autor y lo místico, como camino hacia la esencia. No tiene nada que ver con la institución religiosa que se irroga la comunicación directa con Dios, con sus métodos medievales. Desconectada de la realidad y quebrantando constantemente los valores. Si los valores morales positivos son tomados como fundamento me da que existiría una mayor justicia universal que la actual. Dicho esto, como te comentaba, aspiramos a normativizarlo todo. Cualquier conducta parece que debe ser reglada. Y eso es construir un mundo totalitario bajo la apariencia de la libertad.



Al individuo hay que enseñarle las reglas éticas del juego en sociedad, de la convivencia. Si la educación fuese el pilar, y el conocimiento el primer objetivo de los gobiernos sanos, no se necesitarían un compendio de normas tan elevado. Pero aquí pesa lo económico. La construcción de un mundo, como el actual, donde los intereses económicos priman sobre la persona, donde las multinacionales y los bancos son los verdaderos gobernantes de nuestros destinos y donde los gobiernos son los garantes de las grandes primas y beneficios de sus mandantes necesita normas. Asustar al individuo. Coartar su libertad. Guiarlo por la senda de la rectitud económica y política.



El individuo es un desvalido al que hay que señalarle el camino. Un muñequito descerebrado. A los que no estén en esa línea, los excluyen. Pero tengo esperanza. Es posible que nos encaminemos a un cambio de conciencia occidental. Y eso será así porque el sistema ha fallado. Porque no puede sostenerse por mucho tiempo. Porque todo se basa en una ficción especulativa. Esperemos.

Y, ¿cómo se podrían resolver los conflictos de intereses sin el concepto de lo justo?

Mediante la educación de base, el conocimiento como objetivo del individuo y la aplicación de lo ético, del bien moral en caso de conflicto. No creo que deba decirse nada más.

Se me ocurre pensar en que la justicia se aplica o por sumisión o por la fuerza. Y me aterra pensar esto, en la participación de ese tercero que es el poder judicial (acompañado de sus hermanos legislativo y ejecutivo), supongo que no es casual el que a la señora justicia se la represente con una balanza, y con una espada en la otra mano... ¿existiría la justicia de estado sin el temor a ser castigados? ¿serviría para tal caso una diferente educación, que nos encaminara hacia la compresión y no hacia el temor?

La justicia bien aplicada no debería darnos miedo. Todo lo contrario. Si por justicia entendemos la aplicación de lo justo (fuera intereses económicos, políticos, etc.) Si yo parto de una buena educación moral y he realizado un mal acto que ha ocasionado daño en otro, ¿por qué debo tener miedo a ser castigado? ¡Debo ser castigado! Debería ir yo solito al castigo. El gran problema es cuando no sabes por qué estás siendo castigado.



Díselo al amigo Josef K. cuando es visitado por un par de funcionarios y es detenido en El proceso. Por qué, pregunta Josef K. No nos han encargado decírselo, le responden. Y cuando contemplamos el calificativo de justicia debemos hacerlo universalmente. No centrarnos en nuestro país o nuestra zona, sino saber que en el mundo son detenidos muchos Josef K. Precisamente viene Kafka a la entrevista, en un acto automático. Y es que Kafka escribió mucho y bien sobre la justicia, es el mejor cronista de lo justo y del desasosiego que invade al mundo de hoy en día.



Y cuidado, no hay que encorsetarse en la idea de lo negativo de la justicia. La justicia no es negativa. Lo son las normas injustas. Luego los jueces, que son independientes del poder legislativo, son los que aplican las normas. Y tampoco creas que tienen mucho margen de maniobra. En este sentido no señalaría al hombre que aplica la norma y la interpreta en un mundo occidental, sino al legislativo que diseña las normas. A veces no hay mucho margen de maniobra. Pero como bien dices una mejor educación nos encaminaría hacia la compresión de la norma. De la misma forma que nos encaminaría al diseño justo de la norma. Y a una sociedad donde lo ético y lo moralmente bueno eliminase ciertas actitudes que no pueden tener más que un castigo. Me refiero a las penas denominadas personalísimas, el atentar contra otra persona. El que atenta contra otra, por mucho que nos incomode la norma, debe recibir su pena. Con todas las garantías, por supuesto. Sabiendo que lo que va a enjuiciarse es un hombre y su conducta, preguntándonos qué queremos para nuestra sociedad: excluidos perpetuos o individuos con capacidad de reinserción.

En tu novela La emboscada hay un fragmento harto interesante sobre la justicia y su modo de aplicación: “Las prohibiciones menores deben dar paso a la figura de los jueces en las calles, ejecutores de sus propias sentencias en el acto”. Esto está enmarcado dentro la ficción de Mega-City Uno y el Juez Dredd, pero me dejó pensando en que primero es la capacidad de aplicar la justicia, y después la justicia en sí misma. Es decir, siento que lo justo nace en el momento en que puede aplicarse y se aplica. Lo justo requiere de la acción, de ejecutarse, si no, queda en el plano de lo insatisfecho, de lo inexistente, del ideal, pues al no resolverse el acto como justo, no hubo acción justa, no hubo justicia. Entonces, te pregunto, y fuera de los ideales, ¿existe la justicia que satisface igualmente a las partes implicadas o lo justo vendría a responder a la ley de lo que se impone por su propio peso, Darwin y Nietzsche mediantes?

No puedo decirlo mejor. La justicia requiere a ejecutantes. Necesita de ellos para que la justicia teórica pase a ser una justicia práctica. Cuando pasa a la práctica es porque ha sido interpretada y se ha ordenado su aplicación por los jueces. En el capítulo de la novela los jueces no sólo dictan sentencia, sino que aplican el castigo, como en Mega-City One. Y es una mezcla de lo que preguntas. La buena justicia (y entendamos por buena justicia la “buena justicia que parte de la buena moral”) debería satisfacer a las partes implicadas. Lo extraño sería que no satisficiera a las partes implicadas.



Pero, ¿qué nos encontramos hoy en día? Educados en la cultura de la propiedad, de la tenencia, del éxito, del interés, del odio y la individualidad; con hechos en la sopa de cada día como el maltrato a mujeres, la intolerancia sexual, al extranjero; con poderes represores que son protectores del sistema y una crisis voraz pero con la gente en sus casas viendo el Sálvame diario y sólo unos miles (para lo que está cayendo) luchando por el cambio... Bien, ¿crees que hoy en día estamos en posición de aceptar lo justo?



Si apenas podemos soportar al vecino porque hace ruido con sus llaves al entrar en casa, ¿voy a aceptar una sentencia que reparte mis bienes? No. La intolerancia y el individualismo hacen que el sentenciado no pueda aceptar que se le arrebate una parte por la aplicación de lo justo. Más allá de la injusticia que realmente puedan suponer algunas normas o el ordenamiento completo. Por lo que la justicia debería ser aceptada por las partes si es una buena justicia, basada en buenos principios, y el ejecutado debería sentirse satisfecho con la ejecución, pues debería asumir lo justo. Y luego está el sentido común. Las normas tendrían que aplicarse con sentido común. Ese sentido común pertenece ya al derecho natural, a la justicia natural. Que es una justicia opuesta a la nuestra, que una justicia positiva y las normas están tipificadas. De hecho, fíjate, nuestro Código Civil nos dice que la equidad (el sentido común) debe ponderarse al aplicar una norma. Pero luego remata: “si bien las resoluciones de los Tribunales sólo podrán descansar de manera exclusiva en ella cuando la ley expresamente lo permita”. Como ves solo una norma puede dar paso a la aplicación de la equidad. Y se hace en contadas ocasiones.

Y ya poniéndonos más en el terreno de la literatura, sobre tu novela La emboscada, en ella cuentas una historia detectivesca desde diferentes planos de la realidad (ficción, sueños, recuerdos, pensamientos) ¿cómo surge la idea?

Surge de la necesidad por experimentar y llevar a la novela el extrañamiento. Antes de escribirla me preguntaba por la identidad. Era la pregunta que me llevó a escribirla. La emboscada es la suma de todos los elementos que rodean la construcción de la identidad. Si yo quería entrar dentro de la mente del policía o del criminal debía entrar primero en la del escritor que escribe la ficción. Y por ello la historia está narrada con técnicas diferentes en los capítulos en los que el escritor narra en forma de diario y los que constituyen la novela que crea el escritor. Pero incluso ahí hay conexiones. Si la novela que escribe y el diario del escritor se mueven en la confusión y el azar, no tendría que estar tan claro que las historias sean independientes, sino que puede una historia filtrarse en el desarrollo de la otra, alimentarse. Partir de categorizaciones en la literatura es falsear la ficción y convertirla en un producto estandarizado, evidente. Y por ello la intención era dejar que las dos historias tomaran su vida y que conquistaran espacios. No había otra forma, para mí, de explicar el motivo de la identidad. Porque es un motivo inaprensible, maleable, imposible de taquigrafiar. Difícil de comprender.

En la novela comentas sobre el mundo editorial ¿cómo lo encuentras a día de hoy? ¿qué futuro le espera al negocio de la literatura?, ¿podría acabar siendo de libre acceso en la red?

No ha cambiado mucho mi idea sobre el negocio editorial. Porque al fin es eso, negocio. Salvo en contadas excepciones en las que se convierte en una especie de mecenazgo. Hoy en día ese mundo se ha abierto y hay un buen número de editoriales independientes y recién nacidas en las que hay bastantes oportunidades para publicar. No podemos quejarnos. Están las independientes que son dependientes pese a ese halo de independencia.



Las que de verdad no dependen de nada y publican lo que consideran lo mejor que les llega. Las otras, que son las de siempre, grandes casas comerciales. Y luego Internet. No me preocupa la publicación, pues al final siempre hay espacio para publicar, o en las editoriales independientes o dependientes o en Internet. Con mayor o menor esfuerzo. Me preocupa más bien el grupo. Los grupitos. Los diferentes lobbies literarios. No tengo la sensación de que exista un espíritu objetivo, sino que al final o se acaba publicando en un lugar u otro o se acaba con una buena crítica o una mala dependiendo del grupo a que pertenezcas.



Para bien o para mal no estoy integrado en ningún grupo determinado. Eso puede deberse a mi horror al sarao, al encuentro y a los juegos de cama de más de dos. Pero espero superar la timidez pronto. Y entonces pertenecer a alguno de estos grupos, que debe ser muy divertido. No te digo si uno se hace el carnet de dos que sean antagónicos. Una fiesta. Y en cuanto a Internet, Internet ha sido el maná para el escritor novel. Más aún para el solitario. Eso sí, no me imagino un futuro con libre acceso a la obra. El libro es un artículo en el mercado que mueve dinero, y mientras sea así todo seguirá igual. Es un producto con un valor determinado más su IVA correspondiente. Será un futuro con más obras digitales, pero se complementará una y otra cosa. Aunque en el fondo no me importa el formato, es una cuestión más bien práctica. Me importa la obra que leo. Y me da igual cómo leerla. Si todo se convierte en un espejo digital así me evito las horrorosas manchas de café o vete a saber qué en los libros que presto.

Tu próximo libro se titula Los caníbales, en La emboscada hay un par de momentos en que anticipas este título ¿ya lo tenías en mente? ¿por qué Los caníbales?

La emboscada y Los caníbales están íntimamente ligados. Si bien en Los caníbales abandono la intertextualidad y los relatos que se recogen en el libro no guardan relación con la obra policiaca, sí que la novela me llevó al libro de relatos y el libro de relatos es reflejo de la novela.



La emboscada, pese a que se publicara en 2010 la escribí cinco años atrás. Los caníbales recopilan relatos escritos en el momento de la publicación de la novela y poco antes. Con cinco años de separación parece extraña su relación, pero una cosa llevaba ya la semilla de la otra. Es más evidente aún si te digo que yo planteé para mí La emboscada como una novela abierta y uno de los relatos del libro Los caníbales, precisamente el que da título al mismo, puede verse como un capítulo que es continuación o cara B de La emboscada, con los mismos personajes y la misma estructura. Un paso más en la novela.



Pero que el que no ha leído la novela puede, perfectamente, leerlo sin que sea necesario establecer una relación con la novela, pues es completamente autónomo. Así que la novela y el libro de relatos están secretamente (o no tanto) ligados. Y Los caníbales fue el título elegido porque representaba el relato final del libro, el más largo y el que considero como el más evidente del hacer caníbal, y el que también establece esa unión con la novela y, claro, porque en el resto de relatos se circula alrededor del canibalismo. De una u otra forma. Hay un canibalismo evidente que es el carnal, el de sangre y cuchillo. Pero también hay otras formas de canibalismo. La familia, el gobierno, la empresa, el pasado, las relaciones sentimentales, etc. son caníbales. A su modo devoran al individuo, acaban con la identidad, la deforman. Y todo eso procuro llevarlo al libro en los diferentes relatos desde el humor negro y mediante lo fantástico en lo cotidiano.

Para terminar, una pregunta que no puedo dejar escapar, considerando el entorno de esta revista y de que tengas un ensayo a dos manos sobre el malditismo... ¿qué es para ti lo maldito?

Es lo marginal, lo que la sociedad aparta del camino, lo proscrito, lo no aceptado, lo que se envuelve bajo el halo de lo raro porque molesta y se condena. Porque no se entiende y se condena. Pero es que lo raro resulta que es lo singular, lo excepcional, lo único dentro de su categoría. Lo maldito es un término que algunas editoriales utilizan como un calificativo inquietante para vender más libros. Y es que lo maldito también se ha convertido en una marca registrada.


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